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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Un caballo de Troya en la CEOE

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 29 de octubre de 2010, 22:00 h (CET)
El escritor moralista francés, Francisco de la Rochefoucauld, nos legó la siguiente máxima: “Muchas veces nos avergonzaríamos de nuestras nobles acciones si el mundo conociera los motivos que nos han impulsado a ellas”. He estado trabajando en el terreno de la empresa privada o relacionado con ella, toda mi vida profesional y, debo reconocerlo con humildad, todavía no he sido capaz de desentrañar qué chocantes mecanismos éticos, morales o profesionales son aquellos que emanan del funcionamiento de las neuronas de los mandamases del mundo empresarial. En realidad, cualquier empresario es un creador, una persona a la que se le ocurre una idea, intenta desarrollarla y llevarla a la práctica con el objeto de conseguir beneficio del riesgo que asume invirtiendo su dinero en su explotación. No obstante, no hagan mucho caso de esta definición, porque es lo que es probable que pensara cualquier persona que no perteneciera al mundo empresarial; al menos de lo que hoy entendemos por este complejo mundo de la producción en gran escala de bienes de consumo; pero que, no obstante, no ha sido capaz de comprender, en toda su complejidad, lo que constituyen las interioridades de este sector de la sociedad que se dedica a la importante función de proveer a los demás de aquello que precisa consumir, o de aquello que nadie pensaría consumir y que, sin embargo, por la fuerza de la propaganda, por el repiqueteo constante de estímulos sobre nuestro subconsciente o por las imágenes tentadoras que se nos ofrecen por doquier para invitarnos a gastarnos nuestros dineros, ya fuere para complacer nuestros caprichos o por el egocéntrico deseo de satisfacer nuestra vanidad humana, que nos impele a poseer algo que otro no puede obtener o algún objeto que sea mejor, más caro o más difícil de conseguir que aquel otro que posean los demás.

En fin, un grupo de personas que, a diferencia de las demás, tiene la virtud de saber hacer de aquello que fabrica, vende, expone, representa, u ofrece, una cosa deseable para el gran público, por la que estaría dispuesto a pagar una cantidad de dinero. Así se ganan la vida y así han sido capaces de convertir a la Humanidad, en un principio sobria y moderada en su consumo, en lo que ahora entendemos como un “mundo globalizado” en el que las transacciones se han convertido en el leitmotiv del funcionamiento de esta economía sofisticada dentro la que todos nos vemos obligados a movernos.

Será por esto que, el hecho de que un empresario catalán, un hombre de aspecto romántico y de figura beckeriana, don Juan Rossell, que ha conseguido ser reelegido para ser el presidente del Fomento del Trabajo –la patronal catalana que agrupa, bajo esta denominación, a la mayor parte de las empresas que ejercen su actividad en Catalunya –; quizá impulsado por la euforia de su exitosa reelección, acaso espoleado por su ambición o, quien sabe, si estimulado por otros motivos egoístas menos confesables o intereses políticos relacionados con el nacionalismo catalán; ha tomado la decisión de entrar en la contienda electoral para aspirar a la presidencia de la gran patronal española, la CEOE. Sin duda, este puesto de prestigio del mundo de las empresas comporta un importante plus de poder, de prestigio institucional y un evidente medio, a mi modesto criterio, de implantar una quinta columna catalana en lo que representa el centro neurálgico en el que se tramitan, exponen o negocian los acuerdos con los Sindicatos españoles y con la misma Administración del Estado. Que duda cabe que este empresario, de aspecto agradable, sonrisa simpática y talante negociador, sería un elemento muy valioso para Catalunya dentro de una organización de proyección nacional e internacional, como es la CEOE; porque deberemos reconocer que, el hecho de que un empresario catalán, no por serlo, evidentemente, sino por ser un señor que, no hace mucho, declaró públicamente que a él “sólo le preocupaban las empresas catalanas” y que, siendo presidente de la patronal El Fomento del Trabajo, manifestó su apoyo al Estatut catalán y su rechazo a la sentencia del TC –que recortaba algunos de los artículos del texto de la Ley Orgánica por la que fue aprobado – no nos puede inspirar demasiada confianza para ocupar el cargo para el que se postula. Y es que, no parece que los primeros pasos del señor Rossell para hacerse con el codiciado cargo de presidente de la patronal de patronales, hayan sido muy acertados si se contemplan desde el punto de vista de la ética cuando el candidato intenta “comprar” para su causa los apoyos del antiguo presidente, el señor Díaz Ferrán, a cambio de la presidencia de la Fundación de la CEOE. Un principio de campaña que ya nos indica por qué vericuetos y laberintos de juego sucio y chantajes se a van discurrir, con tal de procurarse los apoyos precisos para hacerse con el premio final: la presidencia de la CEOE.

El señor Rossell representa a la rancia estirpe de los empresarios textiles de finales del XIX y principios del XX, de derechas, por supuesto, aquellos que eran el alma de sus empresas y luchaban con sus obreros, regateando salarios, para ser más competitivos. No quiero decir que ello fuera malo, sólo expongo hechos. Sin embargo, nadie puede negarles su faceta catalanista y sus continuados esfuerzos en pro del autogobierno de Catalunya, sin cuyo apoyo es muy posible que este independentismo exacerbado que hoy se ha impuesto, en gran parte de los catalanes, hace ya años que hubiera dejado de existir. Porque, no se debe confundir independentismo con izquierdismo, otra de las características de una gran parte del pueblo catalán que en nada se parecen pero que han conseguido identificarse, por el interés de ambas facciones de hacerse con el poder en esta parte de España. No obstante, esta camarilla de capitostes que actualmente ocupan la dirección del Foment del Treball apoyados en un economista, el señor Pujol, una institución en dicha patronal, que es quien conoce de verdad el funcionamiento interno de esta compleja entidad, debieran de empezarse a percatar de que su poder ha quedado muy reducido ya que las grandes empresas, que todavía siguen ubicadas en Catalunya, ya han dejado de pertenecer a sus antiguos dueños catalanes, para pasar a manos de multinacionales o bien son nuevas empresas instaladas en esta autonomía como sucursales de sociedades extranjeras. Hay que hablar de las que quedan porque, el goteo de las que se van a otras regiones, especialmente a Madrid, es constante debido a la política errónea y descabelladas del Tripartit del señor Montilla, empeñado en ponerles trabas administrativas e idiomáticas que las impulsan a buscar emplazamientos más confortables para sus instalaciones industriales o comerciales.

Este intento de desembarco de los empresarios catalanes en la CEOE, no parece que sea lo que más le conviene a España ni a los españoles, porque tampoco les ha sido favorable el reparto de la financiación a las autonomías hecho por el Gobierno de ZP de los 11.000 millones que se presupuestaron de los que seis se fueron para Catalunya. Un señor, como el señor Rossell que demuestra su catalanismo frente a los intereses del resto del Estado español, no es la mejor garantía para las empresas y los empresarios españoles ni quien los va a representar mejor si, lo que está en juego, pueda beneficiar a la autonomía catalana y perjudicar al resto de las empresas españolas. Sería un gran error permitir que quienes desprecian a España, se muestran tan poco solidarios con el resto de las autonomías del país y tienen por objetivo principal el desarrollo del Estatut para llegar a conseguir el autogobierno; sean, a la vez, los que dirijan desde la cúpula de la CEOE en España, al resto de los empresarios con los que puede que, en los grandes temas de la economía y las finanzas, tengan intereses no sólo divergentes sino contrapuestos. Ya lo dijo J.Balmes “Es difícil opinar contra los propios intereses”

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