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De los truculentos trajines de Fernando Sánchez Dragó
Mario López
Fernando Sánchez Dragó nos ha venido a demostrar que el facherío, al igual que el sacerdocio, vive obsesionado con la infancia. El vetusto firmante del plomizo libro "Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España", cuya autoría se diluye en una pléyade de negros y documentalistas mal pagados por el susodicho firmante, se acaba de ver puesto en un brete que él mismo reconoce insólito en su ya larga existencia ("En mi vida me he visto en tal aprieto", afirma).
En su página web oficial, en referencia a las confesiones que él mismo dejó escritas sobre sus ilícitas relaciones con dos niñas japonesas, hace el siguiente alegato: "Esa anécdota ya había sido referida por mí, al hilo de los últimos cuarenta y siete años, en infinidad de conversaciones privadas, de entrevistas públicas y de algún que otro libro. Puedo demostrarlo. Mi familia, mis amigos y mis lectores ya la conocían.
Nunca motivó reproche alguno. Sólo risas"; en fin, poniendo el ventilador contra su entorno más próximo; allá ellos. Después de desmentirse a sí mismo, afirmando que no mantuvo ningún tipo de relación sexual con las niñas, y que estas bien podían ser mayores de edad, añade la siguiente reflexión: "También es cierto que me gustaron y me excitaron. ¿A quién no? Eran monísimas, simpatiquísimas y coquetísimas". Hay una diferencia importantísima, que no puede escapar a la inteligencia de un ser tan cultivado como Sánchez Dragó, entre la pedofilia y la pederastia: la primera es una pasión mal vista socialmente pero en ningún caso punible, y la segunda es un delito tipificado en nuestra legislación. Lo que nos queda claro, porque así lo reitera en sus últimas declaraciones, es que el presunto pederasta es un pedófilo confeso.
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