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Etiquetas:   La delgada línea roja   -   Sección:   Opinión

¿Cómo se fabrica una crisis?

Antonio Pérez Omister
Antonio Pérez Omister
@esapo1
jueves, 28 de octubre de 2010, 07:07 h (CET)
En 1929, pocos meses antes del “jueves negro” de octubre en Wall Street que desencadenó la Gran Depresión, la Reserva Federal aumentó en un 62% el dinero en circulación. Entonces la gente compraba y vendía, solicitaba créditos e hipotecaba sus bienes, pero repentinamente la Reserva Federal cortó el flujo de dinero, cayó la bolsa y toda la economía se vino abajo, la gente perdió todo lo que tenía, excepto los principales bancos que se habían retirado a tiempo y se quedaron con ganancias astronómicas.

En sólo cuatro años, Joseph Kennedy, padre del futuro presidente-mártir asesinado en Dallas en 1963, pasó de 4 a 100 millones de dólares en su fortuna personal. Los Rockefeller, Rothschild, Warburg y Morgan, entre otros, tampoco se fueron con las manos vacías. Todos los chicos listos se hicieron de oro. La estrategia hizo sucumbir a pequeños bancos y corporaciones, negocios enteros se derrumbaron y millones de personas se quedaron sin empleo y sumidas en la miseria mientras los grandes bancos se hacían con sus propiedades y valores en Bolsa. El Premio Nobel de Economía, Milton Friedman declaró muchos años después, que la Reserva Federal causó la Gran Depresión cuando tenía el poder, la obligación y la responsabilidad de haberla evitado. ¿Por qué no lo hizo? Pues porque la Reserva Federal no es una institución “Pública” sino “Privada” y funciona como tal.

Según un reciente estudio de la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, el crédito se ha convertido en el mejor medio de estafa “legal” en ese país, donde uno de cada seis ciudadanos es víctima de un fraude de este tipo. El estudio cifraba en más de 20 millones el número de norteamericanos afectados, que pagan servicios financieros para obtener créditos que después no reciben, o que se ven obligados a abonar comisiones excesivas por el uso de tarjetas de crédito, así como seguros de pago para éstas.

Según Howard Beales, director del Departamento de Protección al Consumidor, de esa inmensa cantidad de afectados por los abusos de las entidades bancarias, sólo una mínima cantidad presenta una denuncia formal ante las autoridades. De todos modos, éste es un “pequeño negocio” comparado con el de las hipotecas y los préstamos personales destinados al consumo.
En España, por ejemplo, cuyo sistema bancario pasa por ser uno de los más “sólidos” del mundo según los propios banqueros que los tutelan, los usuarios pagamos una gran cantidad de dinero por tener nuestras cuentas corrientes abiertas: comisiones y otros gastos por administración de cuentas, comisiones por mantenimiento, comisiones por servicio, comisiones por correo, gastos por reclamación de posiciones deudoras, incremento del interés en los créditos al consumo, en las hipotecas, cuota anual de la tarjeta (aunque sea de débito, para sacar su propio dinero), penalizaciones si se cancela el crédito antes del plazo establecido, penalizaciones y gastos si falla usted en el pago del vencimiento del crédito, comisiones por transferencia, y un largo, penoso y aburrido etcétera. ¿Por qué?

Primero nos obligan a cobrar nuestra nómina a través del banco, a domiciliar nuestros recibos, y después nos esquilman descaradamente. ¿Es lícito?
¿Quién decidió que cobrásemos nuestras nóminas a través de transferencias bancarias en lugar de percibirlas en metálico, como se hacía antes? ¿Por qué algunas entidades cobran una comisión por retirar mi propio dinero en los cajeros automáticos, incluso en los de la misma entidad bancaria?

Dese mucho antes de 1898 Estados Unidos ya despuntaba como una gran nación que crecía a un ritmo vertiginoso al tiempo que lo hacía su enorme influencia en el mundo. Era obvio que pronto sería demasiado grande para manejarla entre cuatro hermanos, o con cuatro socios, como venía sucediendo en Europa desde principios del siglo anterior con la familia Rothschild y sus asociados. Así que una serie de prohombres y banqueros destacados se propusieron crear una especie de Banco Central desde el que controlar la moneda y, mediante ella, como bien señaló Amschel Rothschild ya en 1810, los acontecimientos políticos de un país, primero, y de todo un continente después.

Pero había un pequeño problema: la sección VIII del Artículo 1º de la Constitución de los Estados Unidos dejaba bien claro que “el Congreso se reserva el poder de acuñar moneda y regular su valor como representante del Pueblo soberano”. De hecho, cuando un Estado soberano pierde, o renuncia a su capacidad de emitir moneda, de tener su propio Ejército o de expresarse un su propio idioma, ha perdido su independencia.

A principios del siglo XX la mayoría de banqueros, empresarios e industriales norteamericanos, así como la ciudadanía en general, estaban conformes con el modelo monetario en vigor desde el Acta de Independencia de la Nación en 1776 y eran reacios a cambiar. En consecuencia, una reducida élite de próceres decidió que estaban obligados a hacerles cambiar de opinión.

Diversos autores señalan a John Pierpont Morgan como el testaferro más importante utilizado por la familia Rothschild en esa operación. Él fue el encargado de tirar de los hilos para provocar una serie de “pánicos” financieros y bursátiles perfectamente planificados a lo largo de varios años, a base de retirar grandes cantidades de dinero del mercado y volverlas a colocar de forma aleatoria.

El senador Robert Owen explicó ante un Comité del Congreso cómo podía orquestarse esa cadena de desequilibrios financieros. Según Owen, a partir de 1893, los directores de las entidades bancarias recibían de sus superiores una orden que fue conocida como la “Circular del Pánico” en la que se venía a decir: “Retire la tercera parte de su dinero circulante”. Al reducir bruscamente semejante cantidad de dinero en circulación, la crisis estaba servida.

Exactamente lo mismo que sucedió en España a partir de mediados de 2007 cuando los bancos cerraron bruscamente los grifos de los créditos hipotecarios y entramos en barrena en una crisis que nadie sabía explicarse. ¿Cómo puede cambiar tanto un panorama económico en cuestión de días? Pues porque ésa, como todas las demás crisis financieras están debidamente planificadas y estructuradas y obedecen a propósitos muy concretos.

En 1907, uno de los peores años del Pánico, Paul Warburg empezó a escribir artículos de prensa y a dar charlas sobre la “necesidad inmediata” de una reforma bancaria para estabilizar la situación, que, dicho sea de paso, ellos mismos habían desestabilizado. Uno de los grandes aliados en aquellas provechosas tareas de propaganda y divulgación del pánico, fue un tal Nelson Aldrich, senador republicano por Rhode Island y estrecho colaborador de John P. Morgan, y cuya hija Abigail se casó con John Davison Rockefeller quien, por cierto, fue nombrado poco tiempo después jefe de la Comisión Monetaria Nacional por el Senado. Una vez más: el zorro al cuidado de las gallinas.

Y aún destacó otro ‘colaborador’ cuyo nombre conviene que recordemos: Frank Vanderlip, presidente del National City Bank of New York y otro de los hombres de confianza de Rockefeller. Frank Vanderlip fue uno de los “financiadores” de la Revolución rusa de 1917, actuando como agente delegado de John D.

Rockefeller, propietario de la petrolera Standard Oil, que seguía empeñada en hacerse con el control de los yacimientos petrolíferos rusos, cosa a la que el Gobierno zarista se oponía obstinadamente. De ahí que el honesto empresario pensase que ya era hora de que se produjese un “cambio” de Gobierno en Rusia. Y de hecho se produjo, aunque las cosas no salieron exactamente como el viejo “Rockie” las había previsto.

El 22 de noviembre de 1910 un selecto grupo de ocho hombres ligados a las más altas instituciones bancarias de Estados Unidos se sentaron a la misma mesa en una de las salas de la mansión que Nelson Aldrich poseía en la isla de Jekyll, en la costa de Georgia. Junto al propio Aldrich y su secretario personal, el señor Shelton, estaban el subsecretario del Tesoro, Abraham Piatt Andrew, el banquero Henry P. Davison, representando a John P. Morgan; el presidente del First National Bank de Nueva York, Charles Norton; el presidente de la Bankers Trust Company, Benjamín Strong, y los ya conocidos Paul Warburg y Frank Vanderlip.
John D. Rockefeller fue el gran ausente de aquel aquelarre financiero. Todos ellos comprometieron su participación en el asalto definitivo al control financiero norteamericano y sentaron las bases para la creación de un Banco Central participado y dirigido por entidades privadas, aunque con apariencia “pública” así nació la Reserva Federal, que sustituyó al Bank of the United States, una entidad pública dependiente del Departamento del Tesoro.

En esa reunión también se elaboró el informe de la Comisión Monetaria que debía apoyar la idea, así como la llamada Ley Aldrich, que se encargaría de imponerla. La conjura, y los detalles de la misma, se mantuvo durante muchos años en el más estricto de los secretos y lo más probable es que nunca los hubiésemos sabido si Vanderlip y Warburg, dejándose llevar por su vanidad no los hubiesen revelado al escribir sus respectivas memorias.

Para hacernos una idea de la importancia que tuvo la imposición de la Reserva Federal debemos recordar que los primeros colonos no estaban sujetos a un sistema fiscal. Después de obtener su independencia de Gran Bretaña, los norteamericanos establecieron un Gobierno que rechazaba los impuestos directos y se limitaba a imprimir papel moneda para pagar las obras públicas y el mantenimiento de las infraestructuras y servicios públicos. A fin de mantener la estabilidad de los precios y el pleno empleo, el Gobierno se limitaba a controlar que el papel moneda en circulación no excediera en valor los bienes y servicios ofrecidos por el mercado, y con este sencillo sistema, los Estados Unidos alcanzaron una envidiable prosperidad en apenas ciento treinta años (1776-1910) beneficiándose de una política de precios estable en productos y servicios y con una escasísima tasa de desempleo.

Con la creación de la Reserva Federal impulsada por la Banca privada, el Gobierno perdía su capacidad de gestión en la política monetaria, que pasaba así a manos de banqueros “expertos” ajenos a los vaivenes de la política. Banqueros expertos en llenar sus propios bolsillos, habría que añadir, ya que a partir de entonces, cada vez que cualquier presidente norteamericano quisiese poner en circulación una cantidad concreta de dinero, tendría que solicitar permiso a la Reserva Federal, un “permiso” que esta institución privada, podía o no conceder, y que además el Gobierno, tendría que devolver con intereses. De ahí la constante obstinación de los lobbies próximos a la Banca de no subir los impuestos en Estados Unidos y refinanciar -hasta el infinito- la Deuda Pública: los intereses generados van a parar a los bolsillos de los “notables” banqueros privados que constituyen esa especie de Sanedrín financiero que es la Reserva Federal, que en la práctica es un “prestamista” del propio Gobierno de los Estados Unidos.

¡Cuánto más déficit más negocio para la banca privada! Tal vez por eso, no podemos asegurarlo, uno de los objetivos primordiales del Gobierno socialista de España, cumpliendo obedientemente las indicaciones de los titiriteros especuladores, haya sido llevarnos a una situación de déficit fiscal que muy pronto nos obligará a pedir dinero prestado a la gran banca privada. Cosa que el Gobierno conservador del señor Aznar se empeñó en evitar, saldando todos los créditos refinanciados de los anteriores gobiernos socialistas del señor González y toda su patulea de ganapanes, hermanísimos y maletillas. Los de la generación del pelotazo, ¿les recuerdan?

Una magnífica manera de alcanzar el déficit presupuestario es malgastar, desde luego, y regalar dinero a manos llenas a otros países acelera el proceso. De este modo, y por primera vez en nuestra historia, estamos en manos de los especuladores y de la banca internacional. Ya no tenemos moneda propia, nuestro Ejército es una ONG supeditada a la OTAN, y nuestro Gobierno Central es una mera pantomima sometida a los caprichos de los reinos de taifa autonómicos, por un lado, y a las arbitrariedades de la Unión Europea, por el otro.

¡Qué ilusión!

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