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Etiquetas:   El rincón del niño voltio   -   Sección:  

Willow Smith "Papá, yo quiero ser artista"

Fernando Nuñez
Fernando Nuñez
miércoles, 27 de octubre de 2010, 07:23 h (CET)
Tengo una gatita negra y despeluchada que se llama Pepilla. Llevamos ya algunos meses viviendo juntos y, aunque la quiero mucho, he de reconocer que es un poco rara. Pepilla salta como los conejos. Se revuelca por el suelo como los cerdos. Y duerme en el borde del sofá, panza arriba, con la cabeza colgando en el aire. Como los murciélagos. Creo que me tocó una gata con crisis de identidad. Si le digo palabras bonitas se emociona, da volteretas cual gimnasta olímpica y lame lo primero que tiene a mano. Ya sea el suelo. La pata de una mesa. La escoba. O el bidé. Además es alérgica al polvo. Y yo no sé si lo hace a propósito, pero siempre que la tengo encima me estornuda en la cara. Empiezo a pensar que es alérgica a mí…

Si le regaño me protesta. Si le quito las cacas de su cajón de arena me protesta. Y si le canto también me protesta. Porque Pepilla es hiperactiva. Y como dicen que la música amansa a las fieras, pues yo cuando la veo un poco desquiciada le canto una canción. Aunque de momento lo que se dice funcionar, pues como que no funciona demasiado. El que se inventó esa frase no conocía a mi Pepilla.

Empecé con ‘La Reina Berenguela’ de Rosa León. A mí de pequeño me encantaba. Güi, güi, güi. Hasta le hice una coreografía y todo. Trico, trico tri. Pero a Pepilla no le deben gustar mucho las canciones infantiles, porque su respuesta a mi número musical fue una absoluta indiferencia y un zarpazo en toda la cara. Lairó, lairó, lairó. Luego probé con algo más actual. Y me puse a mover las caderas en medio del salón al ritmo de Shakira y su nuevo tema ‘Loca’. Pero Pepilla dijo que para loca, ella. Y me soltó otro zarpazo. Lo intenté con El Fary. Con Abba. Y hasta con el carro de Manolo Escobar. El resultado siempre el mismo. Una garra con las uñas afiladas. Una cara de pánico. Un movimiento certero. Un grito atronador. ¡Zás! Zarpazo en la cara.

Un buen día, harto de las gasas y del betadine, decidí tomar cartas en el asunto. Estaba dispuesto a encontrar alguna canción que le gustara a Pepilla. Me puse mi traje de neopreno. Mis aletas. Mis gafas. Y con un movimiento grácil y saleroso me tiré de culo al océano de Internet. Durante mi travesía submarina encontré mucha basura. También redes sociales llenas de pececillos ávidos de notoriedad. Me topé con algún barco hundido por piratas musicales. Y con un calamar malhumorado que me escupió toda su tinta y se marchó refunfuñando. Pero al final, escondida en una gruta misteriosa, la encontré. Un cangrejo ermitaño la mar de simpático me contó que era la canción de moda en Estados Unidos. Y una sirena despistada me dijo que tenía una legión de seguidores en Youtube. Volví a casa. Se la canté a Pepilla. Y aunque en un principio levantó su patita amenazante, esta vez no me arañó.

La canción se titula ‘Whip My Hair’ y la canta la nueva sensación del panorama musical americano… ¡Una niña de 9 años! Su nombre es Willow y es hija del actor Will Smith. La pequeña, que ya se ha convertido en toda una estrella en su país, acaba de firmar un contrato millonario para grabar su primer álbum. Sus influencias, según ella misma reconoce, son Rihanna y Lady Gaga. Mmmm… Ya podía haber escogido otro espejo en el que mirarse. Porque si su ídolo es una señora a la que ponerse una mierda en la cabeza le parece lo más de la modernidad, mal empezamos. Aunque me parece que el veneno ya corre por sus venas. Y el daño es irreversible. Willow ya se ha dejado ver por las alfombras rojas con peinados marcianos. Trajes horrorosos. Uñas tuneadas. Y zapatos galácticos.

Nosotros, que somos más de tortilla de patatas y de toros bravíos, hace unos años también tuvimos a nuestra Willow particular. Esa niña que prefería estar muerta antes que sencilla. Y que se plantó en todos los pueblos de la geografía española moviendo el abanico con sus zapatos de tacón a lunares. Sí. Maria Isabel. La misma. Cierto es que la pobre tenía menos glamour que su homóloga americana. Pero bueno, ya se sabe que Spain is different. Y eso por no hablar de la de los gorilas… ¡Uh! ¡Uh! ¡Uh! Sin embargo, ya sean españolas, americanas o japonesas, lo cierto es que a mí estas niñas cantoras me dan miedo. Mucho miedo.

Me parece bien que los niños exploren sus cualidades artísticas. De hecho me parece hasta necesario para su desarrollo intelectual. Pero de ahí a convertirlos en estrellas del pop o del celuloide… Porque luego pasa lo que pasa. Y si no que se lo pregunten a la borracha de Lindsay Lohan. Que a sus 24 años está hecha un cuadro flamenco. Con sus batas de cola. Sus palmas. Y sus olés. Se supone que los niños deben jugar en el parque. Romperse algún diente que otro. Irse a la cama prontito. Y ponerse tontorrones cuando les castigas sin consola. Deben ser niños. Y no creo que el mundo del show biz sea lo más adecuado para ellos. ¿Verdad Lindsay?

Pero bueno, no soy yo el que debe preocuparse. Papá Smith sabrá lo que hace. Lo cierto es que la canción de la pequeña Willow es de lo más pegadiza. Y a mi gatita le gusta mucho. Mira. Voy a cantársela ahora mismo. Que me apetece. ¡Zás! Zarpazo en la cara. Parece que Pepilla no tiene un buen día…

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