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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Internacional

El escándalo de 2010

E. J. Dionne
E. J. Dionne
miércoles, 27 de octubre de 2010, 06:49 h (CET)
WASHINGTON -- Imagine unas elecciones celebradas en un país del Tercer Mundo en las que un selecto grupo de millonarios y multimillonarios gastara sumas importantes para decantar el resultado en el sentido de su gusto. ¿No expresarían de forma condescendiente muchos aquí cierta desaprobación hacia la interpretación de la democracia de "un país poco desarrollado" y lo deficiente de su sistema político?

Eso, por supuesto, es lo que sucede en nuestro país mientras usted está leyendo esto. Si usted recala en cualquier lugar en donde se celebren unos comicios reñidos a la Cámara o al Senado, se va a ver bombardeado por anuncios de ataque, contra Demócratas casi todos, financiados por colectivos que no están obligados a dar a conocer el origen de sus fondos.

Lo que sí sabemos del periodismo de investigación y la poca información que la ley obliga a hacer pública es que gran parte de este dinero es donado en grandes cantidades por un reducido grupo de individuos acomodados.

Y el New York Times informaba el pasado viernes que entre las 10 organizaciones que más han gastado este año, cinco son colectivos de orientación Republicana desconocidos hasta hace poco. Otros cuatro son los comités formales de cada formación para las candidaturas de la Cámara y el Senado. Uno de ellos es un sindicato.

Se trata de una cuestión histórica y épica, pero muchos en los medios han considerado el torrente de gasto como una crónica política usual y los argumentos hacia los riesgos que reviste como gemidos Demócratas partidistas.

Los hay que han llegado a sostener que en realidad el dinero no importa tanto en unas elecciones, lo que hace que te preguntes el motivo de que la gente que sabe mucho de política (viene a la cabeza Karl Rove) haya dedicado tantas energías a organizar estas iniciativas de promoción y recaudación de fondos.

El dinero exterior debería ser una cuestión a abordar por los Demócratas. Tendrían que preguntar, incluso de manera más directa de lo que vienen haciendo, qué esperan a cambio de su dinero estos donantes misteriosos. Puede estar seguro de que los mecenas no van a ocultar sus identidades a los congresistas que ayuden a salir elegidos. Sólo el votante desconocerá la información.

No obstante, la dimensión partidista no debe distraer del problema más extendido al que se enfrenta la democracia estadounidense. Los fondos cuyo origen no se obliga a hacer público son peligrosos. Los fondos cuyo origen no se obliga a hacer público corrompen. El dinero que no está sujeto a su divulgación es antitético a la transparencia que exige la democracia. Y el dinero acaparado por unas causas, que es de lo que estamos hablando, compra más influencia y privilegios que las pequeñas donaciones.

Los candidatos soportan límites al importe de las donaciones que pueden recibir y tienen que hacerlas públicas. Son responsables de los anuncios que contratan. Pero los colectivos independientes pueden decir lo que quieran sin tener que dar cuentas de ello. El bloguero del Washington Post Greg Sargent viene señalando de manera incansable la cantidad de anuncios emitidos por estas organizaciones misteriosas que se basan en medias verdades o mentiras descaradas.

Se dice a menudo que lo que están haciendo ahora los colectivos de alineación Republicana no es diferente a lo que han hecho en el pasado algunos grupos de orientación Demócrata. Existe una importante diferencia. Pero primero, déjeme decir que no me gustó que los Demócratas dieran el paso en esta dirección en el año 2004, y que fui crítico cuando Harold Ickes, uno de los agentes más curtidos de la formación, orquestó la entrada de dinero exterior en favor de John Kerry.

Consideré la maniobra "corta de miras", y dije por entonces: "Mi intuición me dice que a largo plazo, el país - y, sí, los Demócratas en especial -- van a lamentar utilizar esta nueva laguna del sistema de financiación de campaña". Los Republicanos, predije, "van a encontrar gente rica de sobras para financiar a grupos copiando el modelo de Ickes" y con el tiempo superar las aportaciones de los Demócratas.

Pero al menos el dinero Demócrata de 2004 se recaudó según las normas que obligaban a facilitar la identidad de los donantes. Ese es el motivo de que los Republicanos, que ahora denuncian las críticas a sus iniciativas, puedan verter sus incesantes ataques a la generosidad de George Soros.

En contraste, gran parte del dinero Republicano independiente se está recaudando este año obedeciendo una sección distinta del código fiscal (y bajo el reglamento impudentemente flojo de la Comisión Electoral Federal), de manera que no hay que hacer público el origen de los fondos que entran. También tenemos el fallo del Supremo en el caso Citizens United, que incrementó considerablemente la capacidad de las empresas de influenciar comicios.

Si todavía cree que estos fondos oscuros son problema de los Demócratas únicamente, considere las opiniones de Charles Kolb, secretario del Comité de Desarrollo Económico, un venerable colectivo privado. Kolb, que formó parte de la administración Reagan, cree que todos estos fondos son malos tanto para la democracia como para el sector privado porque socavan la confianza de la opinión pública en que la administración y el mercado siguen las mismas normas.

"Unas elecciones son un bien común, no un intercambio privado", dice. "Si yo quiero comprarle un coche, es un negocio entre usted y yo". Pero unas elecciones "no son un bien privado, los candidatos no son bienes".

Correcto: las elecciones hay que ganarlas, no comprarlas.

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