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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Papa y economía

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 27 de octubre de 2010, 06:40 h (CET)
La visita a Barcelona del papa Benedicto XVI el próximo 7 de noviembre ha desatado polémica. Los detractores del viaje se acogen a los dispendios que ocasionaran al erario público y los inconvenientes que creará en los ciudadanos las calles cerradas a la circulación y las estrictas medidas de seguridad que se aplicarán para garantizar la protección del ilustre visitante.

Por el contrario, los que son partidarios de la visita del pontífice romano presentan los cuantiosos beneficios económicos que reportará. Se cree que más de 2000 periodistas acreditados de todo el mundo seguirán el acontecimiento. Más de 150 millones de personas seguirán las retransmisiones televisivas en directo, lo cual promocionará turisticamente Barcelona por todo el mundo con las imágenes del bello templo de la Sagrada Familia de Gaudí. Los derechos de retransmisión del acontecimiento ayudarán a sanear las arcas vacías de la administración. La venta de recuerdos no se puede calcular. Si se considera que el coste del viaje papal será de unos 600.000 euros más extras, es una bagatela si se compara con los beneficios que se esperan obtener. Ante lo que se considera un saldo positivo en promoción turística y beneficios económicos, la visita papal se espera será un buen negocio.

Visto desde el punto de vista económico, bienvenida sea la visita papal, pero, ¿y los daños espirituales que comporta? Ante esta pregunta negativa el lector se preguntará: ¿Qué daño espiritual puede ocasionar la visita de una persona tan emblemática como lo es el papa de Roma? Pues sí. Desde la perspectiva cristiana bíblica, despojada de la Tradición que se ha ido añadiendo en el transcurso de los siglos, el papa enturbia la pureza de la doctrina bíblica. El corazón de la Biblia es el Unigénito del Padre que se hace hombre en la persona de Jesús. El antiguo Testamento mira hacia el futuro, el año cero de la Encarnación. El Nuevo mira hacia el pasado hasta el inicio de la era cristiana. La Biblia enseña la sumisión total del hombre al Padre de nuestro Señor Jesucristo. La doctrina papal despoja a Jesús de su autoridad suprema para depositarla en un hombre. Aparentemente, este desplazar la autoridad de Jesús para depositarla en el papa no tiene mucha importancia. Tiene más de lo que a simple vista nos podemos imaginar. Además de la trascendencia que tiene este traspaso ya que roba a los fieles la seguridad de la salvación que es por la fe en Cristo Jesús, ¡qué no es poca cosa!, tiene el efecto de crear pobreza. Extraño, ¿verdad? Me explicaré.

Las multitudes que vitorean al papa a lo largo de su recorrido por las calles de Barcelona, que harán ondear banderas vaticanas, que dormirán en la calle para poder disponer un sitio privilegiado que les permitirá ver a un palmo de sus narices al papa, ponen los ojos donde no deben ponerlos. La Biblia enseña que la plena confianza debe depositarse en el Señor. Esto repercute favorablemente en la economía. ¿Qué tiene que ver la gimnasia con la magnesia? Es muy sencillo. La confianza en el papa no favorece la integridad moral. Sin esta no nos debe extrañar la aparición de astronómicas corrupciones, políticas y económicas e incluso religiosas, que han contribuido en gran manera a generar la grave crisis económica mundial. Esta mega corrupción se da porque la religión cristiana es incapaz de poner freno moral en el hombre que tiene tendencia a la inmoralidad.
Cuando los ojos se apartan del hombre y se depositan en Jesús, la cosa cambia por completo. Entonces se sabe que los pensamientos más íntimos, el Señor los conoce. Que no se puede dar gato por liebre a quien lee las conciencias. En esta nueva situación no valen las excusas que justifican los sueldos desorbitados de los altos ejecutivos y cargos de la administración pública, ni los jornales de miseria que se pagan para no perder competitividad quienes se enriquecen a costa de aquellos que engordan sus cuentas bancarias. Con los ojos puestos en Jesús se implanta una sobriedad que permite que la riqueza sea más equitativamente distribuida. La fe en Jesús pone los cimientos de una economía saneada.

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