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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Realidad de la muerte

Pepita Taboada (Málaga)
Redacción
martes, 26 de octubre de 2010, 14:34 h (CET)
En el mes de noviembre el mundo católico conmemora el Día de Todos los Santos para alegrarnos con su triunfo y pedir su intercesión y también todo el mes está dedicado por la Iglesia, a aplicar sufragios por las almas de los difuntos.

Todos tenemos familiares y amigos que pasaron ya a la eternidad donde se encuentran felices o desgraciados según hayan merecido por sus obras durante el tiempo que les haya tocado vivir. Al gozar todos los humanos de un alma inmortal -que nos hace diferentes del resto de la Creación- es obvio que tenemos un destino distinto que la Sagrada. Escritura se encarga de desvelar y que podemos resumir en cielo o infierno.

Realmente este es uno de los temas más difíciles de la teología católica. Cuando no se admite la elevación del hombre al orden sobrenatural, es decir, su ordenación a la amistad personal con Dios, resulta aún más difícil entender que exista un premio y un castigo.

El no creer en la existencia del diablo aparte de que se debe a una grave deficiencia en la formación religiosa de los católicos, conlleva también ignorar el fracaso de los condenados; eso de hacer el ridículo (por decirlo suavemente) por toda una eternidad, no debe resultar muy sugestivo.

La otra cara de lo que nos puede ocurrir después de la muerte es otra realidad bien distinta. En vez de fuego, tiniebla, llanto, rechinar de dientes… (Imágenes todas utilizadas por los evangelistas), aparece la paz, vida, luz, banquete de bodas, paraíso… y la frase tan expresiva de San Pablo: “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que le aman”.

Acostumbrados a no oír hablar del cielo tan metidos como estamos en las ocupaciones y disfrutes del mundo, no somos capaces de detectar las realidades gozosas del cielo que por fin colmará el anhelo del hombre. Allí no habrá aburrimiento, ni dolores, ni traiciones, ni tristezas… También el ver a Dios “tal cual es” debe ser…inefable. Y todo ello para siempre, para siempre, para siempre…

Parece que vale la pena ¿no?

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