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Etiquetas:   Entrevista  

"A la vida le falta ese puntito de épica que le aporta la ficción"

Álvaro Bermejo, escritor
Herme Cerezo
martes, 26 de octubre de 2010, 08:50 h (CET)
¿Qué buscaban los ejércitos del Tercer Reich en Creta? ¿Existió realmente el Rayo de Poseidón, un catalizador de energía de magnitud devastadora que provocó el final de la Atlántida? Utilizando como pretexto el diario de un espía, Víctor Barrantes, que se movió por Europa durante la II Guerra Mundial, y jugando con el tiempo, Álvaro Bermejo (San Sebastián, 1959) nos propone en su nueva obra, ‘El laberinto de la Atlántida’, XIX Premio de Novela Luis Berenguer, editado por Algaida, un thriller centrado en una historia emocionante, cuyos personajes principales, el arqueólogo Álvaro y su acompañante, Brian, tratarán de desentrañar el misterio o misterios que encierra el texto de Barrantes, escrito en 1944. El rey Minos, el Príncipe de los Lirios, el Minotauro y otros seres mitológicos, desfilan por estas páginas que destilan esoterismo, antigüedad milenaria, conocimiento, aventuras y un regreso al pasado.




Álvaro Bermejo.


Herme Cerezo / SIGLO XXI

Jugando con el título de su última obra, ¿escribir es para Álvaro Bermejo un laberinto?
Sí, por supuesto, adentrarse en un laberinto es lo más excitante para un escritor. Una literatura que no se arriesga a enfrentarse con su destino, no es literatura, es costumbrismo. La esencia de la literatura es descubrir el corazón de la vida y después convertirlo en un enigma. No importa el género, policiaco, amoroso o histórico, un libro tiene su propio laberinto y el autor ha de estar atento a todas las posibilidades que se le ofrecen mientras lo escribe.

El director de cine Gutiérrez Aragón dijo una vez que escribir una novela es la aventura más excitante que existe actualmente.
Totalmente de acuerdo con él, pero no sólo en el siglo XXI sino en todo tiempo y lugar. Aunque también hay novelas, que son precisamente las que se publican, que no corren ningún riesgo. Para mí un libro nuevo es un desafío, en el que trato de contar las cosas enfocándolas de un modo diferente, buscando una perspectiva que resulte desconcertante, que incluso incomode un poco al lector, porque el lector no debe nunca dormirse mientras lee. Un libro que ayuda a dormir es sólo un somnífero.

Con ese planteamiento, esta claro que nunca conoce el final de sus novelas, ¿no?
No sólo desconozco su final, sino que tampoco tengo claro nada ni en la vida, ni en la literatura. Me dan miedo las personas que lo tienen todo decidido, previsto. Una vida sin incertidumbre no merece vivirse. Precisamente, en ‘El laberinto de la Atlántida’ las últimas cincuenta páginas surgieron rapidísimas, las escribí en dos días, de un tirón, casi con piloto automático. De repente, acudió a mi mente otra voz que me ayudó a terminar el libro. No sé de donde llegó, pero desde luego era una voz distinta a la que me había guiado mientras escribía todo lo anterior. Y, al escucharla, se produjo como un vuelco de campana en el libro y todas las piezas encajaron por sí solas. Tal vez lo que ocurrió es que la propia novela fue quien generó su desenlace, del que me siento especialmente satisfecho.

¿El acto de escribir es como desencadenar la magia?
Sí, rotundamente, sí. Es todo un ritual mágico, chamánico. Mientras la gente hace cosas serias: los bancos hunden el país, los políticos nos venden motos o el lobby inmobiliario estalla [risas], tú estás solo, en casa, escribiendo, intentando conectar con un lector a quien no conoces, invocando a los dioses de la literatura. Cuando consigues entrar en el territorio de los personajes, ya no perteneces al mundo real sino a la dimensión épica que te aporta la literatura. Cuando después de escribir o de leer una novela salgo a la calle, me siento extraño, no me reconozco. A la vida le falta ese puntito de épica que le aporta la ficción.

El protagonista, "casualmente", también se llama Álvaro, como Vd., ¿tienen mucho en común creador y creado?
El poner el propio nombre del autor al protagonista es un modo de jugar con el lector, de confundirlo, y también un atrevimiento: la capacidad de imaginarse uno mismo en otras vidas. Es como un espejo del escritor. Además, creo que este detalle hace que el lector se implique un poco más y entre en el juego que le propongo.

En el cine y en la literatura, las parejas de protagonistas son frecuentes. En ‘El laberinto de la Atlántida’ hay una de ellas, pero es un poco peculiar: se trata de dos hombres, uno, Brian, homosexual, y otro, Álvaro, heterosexual, ¿cómo se le ocurrió esta mezcla?

Mentiría si dijera que lo hice premeditadamente. Al principio, creí que el acompañante de Álvaro iba a ser su pareja femenina, pero esta mujer perdió fuerza y se me fue muriendo por el camino. Entonces me encontré con un colega, con otro profesor, que era gay, que iba a ir a la Guerra de Vietnam y que, en lugar de enrolarse en el ejército, decide huir. Su aparición me resultó muy cómoda porque me daba mucho juego. Brian es una mezcla de personaje humorístico y mágico y, cuando la historia alcanza momentos imposibles, realmente es él quien decide el rumbo de la situación.

¿Hay mucho trabajo de documentación en la novela?
En todos mis libros, el trabajo de documentación en bibliotecas es importante y extenso. Invierto muchas horas en leer inmensos tochos, que luego transformo en ficción. Hago montones de papel. ‘El laberinto de la Atlántida’, fácilmente, habrá tenido más de cinco mil folios previos que luego destruí. Si no los eliminase, necesitaría un piso para guardar la documentación de cada novela. Mi trabajo, a continuación, consiste en convertir esos libros polvorientos en un vals, en contarle al lector todo lo que he leído, en este caso sobre el arqueólogo Evans en Creta. Con ello consigo momentos que rozan la inverosimilitud pero que son los más verosímiles. Y he de añadir que, a pesar de todo este trabajo y de todo este esfuerzo, me siento un privilegiado porque hago lo que me gusta: escribir.

En ‘El laberinto de la Atlántida’ confluyen dos historias: una, más divertida, que son las aventuras de los protagonistas; y otra, más seria, la del agente Víctor Barrantes.
Efectivamente, sí sólo hubiera contado la parte de Barrantes la novela hubiera resultado muy lejana para el lector. Necesitaba cómplices que me ayudaran: el arqueólogo, Brian, y las distintas novias de Álvaro que van desfilando por sus páginas. Brian es una figura que define muy bien el tiempo actual, es el personaje clave, porque el homosexual ha pasado de la clandestinidad al estrellato en todos los ámbitos y creo que eso es una forma de reflejarnos a nosotros mismos. Álvaro, el arqueólogo, vive embebido en su mundo y le falta la chispa que le aportan las mujeres y Brian. Ambas historias confluyen para darle un tono de actualidad, para que el lector sepa que la cosa va con él.

La obra navega también en el pasado, un término que hoy parece mal visto.
En efecto, hoy en día vivimos un presente continuo, no queremos saber nada del pasado y necesitamos una versión edulcorada para adentrarnos en él. En este país la única memoria histórica que existe es el guerracivilismo. Si alguna vez escribiera un libro sobre la Guerra Civil, lo haría desde el bando nacional, el de los rebeldes, que hoy en día son las verdaderas víctimas. No tengo nada contra la República, al contrario, mi abuelo murió defendiendo la bandera de la CNT, ni tampoco pienso que los buenos fueran los de Franco, pero creo que la literatura debe defender a los perdedores y dentro de los rebeldes seguro que hubo gente decente. Cuando había que denostar a Franco, que era cuando estaba vivo y gobernaba, la gente permanecía callada y eso que en mi tierra hubo mucha resistencia a la Dictadura. Pero Franco murió en la cama, tan tranquilo.

De vez en cuando, Álvaro Bermejo narrador, le da un toque de atención al lector y en mitad de un párrafo se dirige a él como si quisiera despertarlo, ¿para qué sirve ese recurso?.
Este recurso me sale solo. Soy una persona que me muevo en un mundo erudito, pero no quiero perder la perspectiva del lector que tengo enfrente y a quien me dirijo. Yo lo que busco es comunicar y deseo que cuando una persona llega a su casa cansada del trabajo, se entretenga con mis libros y me lea. Si me limitara a contar lo que sé sería un bobo, por eso escribo de todo aquello que me llama la atención.

¿Por qué se interesaban tanto los nazis por todo lo esotérico: el Arca de la Alianza, el Santo Grial, el Rayo de Poseidón…?

Es rigurosamente cierto que ellos se interesaron por ese mundo. El movimiento de base del III Reich era un movimiento espiritual y el esoterismo fue el motor. Los nazis desafiaron a los dioses, querían cambiar el sentido del cosmos. Por eso su esvástica es distinta y su giro es inverso al de la esvástica aria. Alemania salía de la I Guerra Mundial, derrotada y destrozada; Hitler se convirtió en un tótem, en un transmisor; y Ahnenerbe era una organización, ubicada en un edificio donde trabajaban miles de científicos, que buscaba talismanes de poder para ganar la guerra. En Creta trataron de localizar el Rayo de Poseidón, un catalizador de energía de magnitudes devastadoras que había destruido la Atlántida, en una operación denominada Martillo de Thor. Estuvieron con él tres o cuatro años hasta que un científico les traicionó y se pasó a los EE.UU. Allí se transformó en el Proyecto Manhattan y produjo el mayor genocidio de la guerra: las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. La de Hiroshima cayó sobre la vertical de un hospital, matando enfermeros, médicos, familiares y enfermos. Es claro que los nazis fueron quienes generaron el error, pero nosotros, los buenos, tampoco fuimos mancos.

Última pregunta: el general Student, un personaje secundario de la novela, alemán y nazi, escucha a Schubert, ¿escribe Alvaro Bermejo con música?
Antes no lo hacía, ahora sí. Pero escribo con música absolutamente hortera: Camilo Sesto, Dean Martin … De joven escuché mucha música clásica, pero me cansé de ella. Sin embargo, la música empalagosa y melosa me ayuda a escribir. No sé qué alquimia o qué magia generan en mi mente estas pachangas, pero a mí me funcionan.

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