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Toros

Etiquetas:   Artículo taurino   -   Sección:   Toros

Conclusiones y fundamentos para renovar la fiesta

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
martes, 26 de octubre de 2010, 08:44 h (CET)
La ética y la moral están siempre referidas a la relaciones entre los hombres, no entre los hombres y los animales, así nos lo recuerda el profesor Wolf al decir sobre la ética en la plaza: “Es una moral aristocrática basada en la jerarquía, la reminiscencia de los mejores, la excepción, la generosidad, la munificencia, el don gratuito, la magnanimidad es la del combate de los héroes, de los príncipes conquistadores y de las princesas liberadas. Es la que hace soñar al niño que juega a los mosqueteros, no al que despierta al adulto que lee el periódico matutino”.

El gran filósofo francés nos alerta del riesgo de caer en la trampa y la sinrazón que supone la personalización animal. Entre los hombres cuando la relación es buena se dice que son éticas, pero con el animal solo existe y predomina la relación utilitarista, que es cuando el ser humano se sirve o hace uso, bueno o malo, de los animales para realizar una labor o tarea que le reporte bienestar. La ética está por encima de dicha relación. Algunos aseguran que la fiesta cumple una cierta ética entre sus procedimientos, aunque esto suponga la antropomorfización del animal. Los antitaurinos se equivocan de pleno al asegurar que el toro sufre y se le martiriza en cualquier momento de la Lidia, pues como bien es sabido por todos, al toro como a cualquier animal de la tierra no se le pueden atribuir cualidades humanas que no le pertenecen. Aunque también y de la misma manera quedemos en evidencia los taurinos al afirmar que al toro se le da la oportunidad de luchar o que el toro combate noblemente demostrando por ello una valentía extraordinaria, vuelven a ser argumentos basados en la antropomorfización, si bien lo usamos de manera figurada. No nos recreemos en la lírica y en la poesía tantas veces socorrida en estas lides y centrémonos por un instante en lo clásico y ortodoxo del ritual del toreo. El astado simplemente cumple la función que le ha asignado el hombre, por ello lo ganaderos de reses bravas lo crían y lo multiplican. No cabe la menor duda de que el toro es una creación humana, así lo afirma Boix, es un producto cultural sin la posibilidad de discernir ni escoger nada, sin esa selección, sin ese fin reflejado en las corridas de toros. Esta raza de lidia no existiría y desaparecería de nuestras dehesas, al igual que le sucediera al caballo de carreras o las razas finas de perros. Los toros no nacen debajo de las encinas, tras ellos se acumulan siglos de escrupulosa selección y cuidados, con la única finalidad de servir y vincularse a un espectáculo en concreto. Sin él, no tendría razón de perpetuarse dicha especie en los campos y haciendas de nuestra España. No puede interpretarse como una tortura o un acto de sadismo el asistir a una corrida, porque volveríamos a caer en la simbología humana, siendo un ritual donde el protagonista, es un animal que experimenta reacciones instintivas previamente manipuladas por el hombre.

Dos catedráticos brillantes, Esteve Pardo y Muñoz Machado, nos aproximaron el primer día a los derechos del toro y yo me pregunto aún cuales son. Todo derecho conlleva una obligación, una responsabilidad y creo que el toro como cualquier otro animal, repito, incumple en más de una ocasión desgraciadamente esta segunda parte. Es decir que cuando el toro cornea a un banderillero deberíamos juzgarle y meterlo en la cárcel como homicida. Otro ejemplo absurdo sería que cuando un semental muriera de viejo en la finca, entonces las vacas tendrían que cobrar una pensión de viudedad. Es un auténtico disparate atribuir y buscar derechos entre los animales; es más, cuando presenciamos en la plaza a algún aficionado ilustrado que nos recuerda que el toro debe lidiarse en puntas pues cercenamos sus derechos e integridad, lo que pretende decir y revindicar realmente es la calidad propia de un espectáculo singular desde el punto de vista de un consumidor asiduo a los festejos taurinos.

No caigamos en el juego de los animalistas de hablar de derechos del toro estableciendo al animal como sujeto de los supuestos derechos , ya que nos es más que atribuir al toro unas cualidades humanas de las que en realidad carece.

El toro, cuando acude a recibir el segundo puyazo no lo hace como acto de coraje, pundonor o razonamiento de tipo moral, lo hace simplemente por una reacción instintiva y nada más. Nació como un guerrero para combatir y morir combatiendo, el resto es todo adorno. El toro esta destinado para un fin determinado y créanme si les digo que es mucho más digno frente al deparado a los pollos broiler en interminables naves de engorde, las langostas en acuarios, los canarios en jaulas, los patos para foie y los ratones de laboratorio, entre otros.

Su muerte en la plaza es la menos siniestra y mísera de todas las acaecidas en las especies domésticas, desde el punto de vista de quien lo ve. Desgraciadamente muchos conservacionistas nos intentan presentar a los propios mataderos como si fueran casi hospitales de beneficencia y yo no recuerdo nada más sórdido que el proceso de ejecución de un animal en un matadero. Es lógico también pensar que todos los animales mueren en manos del hombre como así han trascurrido en todas las culturas y en todas las civilizaciones, pues si no el mejor adaptado a su vez nos haría pedazos. La hipocresía, los absurdos complejos y prejuicios de nuestro tiempo, no permiten afrontar la muerte de frente, enseñarla, mostrarla, cuando es lo más natural del mundo. Aunque se prohibiesen las corridas de toros se seguirán matando a los animales, es ley de vida y la vida es así de dura, y cruel.

A veces depende del animal o especie, Si es una rata no nos importa acabar con su vida de manera inmediata, es decir hay especies que nos molestan o que nos repugnan o que simplemente se permite que sean sacrificadas para comer. Nos hallamos ante una pura hipocresía, pues reconocemos que matamos a los animales pero algunos están dentro de los parámetros decentes y comprensibles y otros no, todo ello dentro del tan manido “políticamente correcto”. Si tuviéramos que darles derechos a los animales deberíamos hacerlos extensivos a todos, por muy asquerosos, peligrosos o apetitosos que nos resulten.

Si se prohibiese la tauromaquia, debería hacerse lo mismo con la equitación, la pesca, la caza, el tener animales domésticos en las casas, porque los animales no querrían estar en ese proceso de esclavitud o acoso. Lo verdaderamente escandaloso es que se haga, dicha exhibición de la muerte se haga en público. En el caso de Cataluña, aunque pongan pretextos animalistas, se ha hecho por causas y argumentos claramente políticos y partidistas. El hecho de que protejan de manera incongruente a los “correbous” del valle del Ebro deja palatina constancia que el toro bravo es lo que menos les importa.

El toreo ha experimentado una evolución en donde priman más los elementos estéticos, obviando otro tipo de elementos. La corrida primigenia del S. XIII estaba basada en el riesgo, la corrida del S. XIX estaría más basada en el dominio y la del S. XX, esta más basada en la estética, aunque todo esta en un equilibrio ciertamente tambaleante. De repente en una tarde cualquiera sale por chiqueros un barrabás de toro y le parte la femoral a un torero, ahí mismo se detiene y se acaba la estética, vuelven el riesgo y la muerte a ser protagonistas sin que nadie lo pueda remediar. En ese momento el toreo se aparta de todas las artes contemplativas y escénicas, pues ellas están basadas en una mera representación en donde en realidad no pasa nada. En el toreo todo tiene un cáliz opuesto, todo pasa improvisadamente y nada se representa. El encanto de la fiesta de los toros es que no es un espectáculo de fantasías, aquí todo sucede de verdad y los actores a veces mueren para no regresar jamás.

Del teatro, del deporte, de la música, de la pintura y de la danza comparte elementos pero son diametralmente opuestos. El toreo como mejor se explica es poniéndolo en contacto con las religiones, quizás la más pagana de todas si quieren ustedes. Pues la corrida moderna tiene tres siglos de antigüedad nada más, pero hereda indisolublemente toda una mitología muy antigua, más incluso que el deporte, a pesar de los excesos verbales que se puedan producir cuando se gana una copa del mundo. Es una extraña religión que se basa en la exaltación del genio humano. Posiblemente este sea el motivo por el cual las nuevas visiones antihumanas y pseudos ecologistas deseen destruirlo, al ser precisamente eso, una exaltación del propio ser humano. En el ruedo se representa un hombre bajo la sombra de su propia soledad existencial frente a unas fuerzas desatadas de la naturaleza que le quieren destruir y que siendo mucho más fuertes que él no logran mermar su voluntad de imponerse. Por ello de igual forma y casi al mismo tiempo, el hombre, a base de ingenio y lucidez con un trapo llega progresivamente durante una faena a dominar al toro. Cuando esto ocurre queda patente que el hombre es el ser supremo por excelencia y que con su imaginación y capacidad domina la naturaleza completamente. No es fácil ser ajenos a las nuevas teorías y corrientes ilustradas que pretenden que la naturaleza prevalezca sobre el hombre, deshumanizándolo y convirtiéndolo en un animal carente de principios para luego poder ser manejado según sus “antojos ideológicos” sin capacidad de discernir. Esto es incongruente a todas luces pues se olvidan de lo que verdaderamente nos diferencia del resto, que nos es otra cosa que nuestra mayor virtud reflejada en aquel soplo divino llamado inteligencia.

Como es una religión exaltadora de lo humano, nunca ha tenido problemas con la religión católica. Los Papas de la antigüedad cuando criticaban a los toros solía ser porque un hombre se jugaba la vida, nunca con los criterios actuales. La santa madre iglesia y las corridas de toros persiguen un mismo objetivo: la exaltación de los valores humanos, unos en un templo de una forma solemne y otros dentro de una fiesta y de un caos organizado que son los toros. El valor, la inteligencia, la estética, la gracia, la heroicidad, la magnanimidad, la autenticidad, la compasión, el sentimiento, la sencillez, la creatividad, en definitiva el triunfo del hombre sobre la naturaleza. Evidentemente, la fiesta tienen un mensaje ético pero no para con el toro, que representa el caos y el mal que es vencido por el hombre. El mensaje ético que tiene la fiesta es la supremacía del hombre a través del brillo de las virtudes más apreciadas desde la antigüedad, por eso es una fiesta muy humanista.

Cometeríamos un error si pretendemos evitar, suplantar o esconder los elementos más bárbaros en apariencia en pro de un espectáculo más descafeinado pero políticamente correcto. Dulcificar una fiesta haciendo que al toro no se le mate en el ruedo ( como sucede en Portugal) , como algunos políticos han insinuado, no se puede consentir de ninguna de las maneras; se desvirtuaría totalmente. Es un acto de hipocresía absoluto, y pregunto. ¿El toro una vez lidiado para que sirve? Para llevarle a un matadero y morir electrocutado o acuchillado en silencio, y todo para que no se exhiba su muerte en público, así el acto hipócrita se redime, despoja y tranquiliza todas nuestras conciencias. A la corrida no hay que despojarla de sus elementos sangrientos, porque la vida en sí es sangrienta y tiene esos elementos, a pesar que esta sociedad timorata quiera ignorarlos.

González Viñas nos recordó esta mañana la evolución histórica de la afición taurina, pero no es menos cierto que a lo largo de los años se conserva que el mantenedor de la esencia en la plaza, el entendido de siempre, ha sido de escaso número frente a la gran masa de público mayoritariamente no muy entendido y de gran alternancia en los tendidos. Algo lógico y necesario si queremos ver al torero triunfar, pues dicho público amable y entusiasta facilitará el ascenso del diestro en la tarde, mientras que el aficionado entendido soportará el papel de juez para evitar desmadres creando un liderazgo espontáneo en el tendido en el que se encuentre. Con un porcentaje de un ochenta por ciento de gran publico y un veinte por ciento de aficionados evitaremos que la corrida se convierta en un juicio sumarísimo. Es obligado pensar de igual manera que sin el mínimo entendimiento cultural de la fiesta sería imposible entender las corridas de toros, por ello es clave lograr la transmisión de nuestra afición a las nuevas generaciones, ahora bien las plazas donde pesan muchos los aficionados se vuelven inaguantables como es el caso de Madrid y al revés en las plazas donde no hay afición se convierte en una verbena, de ahí el eterno equilibrio y la necesidad de la tensión entre ambos grupos.

Por último acabamos de abordar el futuro, del toro del mañana en una mesa redonda entre ganaderos y maestros. De este debate suscitado acerca del toro de nuestro tiempo, convertido en una máquina de embestir y en todo un atleta, podemos afirmar que igual que estéticamente se torea mejor, el toro ha tenido un crecimiento espectacular en su bravura. El toro del mañana es mucho mejor que el del presente y mucho mejor el del presente que el de ayer. Hay una mitificación del toro de lidia que es absurda, Si alguien tiene el interés de visualizar las imágenes de los toros míticos de la historia, uno observa que son muy mansos y que aguantaban muy pocos muletazos comparativamente con cualquiera de los de ahora no nos engañemos el toro de ahora resiste lo que no ha resistido ningún toro en la historia.

En esta constante renovación y reflexión que debe tener la fiesta debería ahondarse quizás algo más, si se me permite, sobre el aspecto exterior que de la fiesta, el que se tiene fuera de nuestras mentes taurinas. Son necesarias una campaña de marketing de renovada imagen, el acceso a las cadenas de televisión, facilitar el acceso a la compra de entradas y evitar el debate antitaurino puesto que siempre se realizan desde una óptica acusadora sin exponer ningún argumentos coherente, desde una falsa y vacía “modernidad” y “europeidad” sin nada detrás de esa fatua fachada.

Finalmente, tan sólo quisiera recordar el derecho a defender los fundamentos inviolables de una fiesta pura e integra que ha perdurado y perdurará siempre entre nosotros de manera, legal y libre, si nos lo proponemos, porque os recuerdo que la libertad no se negocia, sencillamente se ejerce.

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