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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La disfunción de la política estadounidense

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
martes, 26 de octubre de 2010, 07:19 h (CET)
WASHINGTON -- Para los que la ejercen, todo en política es poder: obtenerlo, conservarlo y ejercerlo. Pero para la nación, la finalidad básica de la política es conciliar. Si todos estuvieran de acuerdo en todo, la política sería innecesaria. Lo mismo que la democracia y las elecciones. Un dictador podría gobernar según gustos y políticas aceptadas universalmente. En ausencia de consenso, la política es la forma de resolver nuestras diferencias sin recurrir a la violencia. Una de las razones de que tantos estadounidenses estén descontentos hoy con la política es que la política ha abdicado de su papel central. No resuelve nuestras diferencias; las agrava.

Nunca ha existido una edad dorada -- como advierte el analista Michael Barone -- en que los estadounidenses gozaran de armonía bipartidista. Aún así, la actual repugnancia popular hacia la política parece particularmente contundente. Considere algunos resultados de sondeos recientes. El 48% de los estadounidenses reemplazaría, de tener oportunidad, a cada uno de los legisladores del Congreso, incluyendo los que le representan; sólo el 11% tiene una opinión "muy positiva" del Partido Demócrata, dato marginalmente mejor que el del Partido Republicano (7%) y ligeramente peor que el del movimiento fiscal (12%); el 77% de la opinión pública ve a las formaciones "más enfrentadas", un incremento considerable con respecto a 2009 (el 53%).

Parte de la indignación refleja claramente la deprimida situación económica. Los efectos de la contracción han sido excepcionalmente generalizados y personales. Más de las dos terceras partes de los estadounidenses dicen saber de alguien que ha perdido el empleo. Las elecciones inminentes pueden dar salida a parte de la decepción. Para esto sirven las elecciones -- para liberar el descontento y permitir el cambio. Tal vez.

La historia, sin embargo, aconseja escepticismo. Hay un ciclo regular de desengaño. Inmediatamente después de las elecciones, los ganadores están eufóricos. Pero sólo es cuestión de tiempo que se sientan traicionados, mientras la derrota ya ha desmoralizado a los perdedores de los comicios. Casi todo hijo de vecino está descontento con los líderes políticos, aunque a menudo por motivos diferentes.

La política se vuelve disfuncional en el sentido de que los líderes no pueden reclamar un apoyo amplio entre la opinión pública y las desavenencias se extienden. Las legislaciones se aprueban a menudo con el apoyo de una única formación.

Las tácticas legislativas han cambiado para frustrar el bipartidismo, como escribe Susan Davis en el National Journal. El veto legislativo del Senado se reservaba antes a las cuestiones más divisorias -- visiblemente, las raciales. Ahora los vetos son cotidianos. De 1919 a 1960, el procedimiento parlamentario para votar anteproyectos sin debate legislativo (la moción que impide el debate, que necesita hoy de 60 votos) se abrió en 27 ocasiones. De 2003 a 2006, cuando los Republicanos controlaban el Senado, hicieron uso de la moción para superar vetos Demócratas en 130 ocasiones. Desde 2007, cuando los Demócratas cogieron las riendas, presentaron 257 mociones, recoge Davis.

No es que la opinión pública se haya polarizado de forma acusada. En 2010, el 42% de los estadounidenses se declaran conservadores, el 35% moderados y el 20% de izquierdas, informa Gallup. En 1992, las cifras eran 43%, 36% y 17%. De forma que existe una desconexión cada vez mayor entre el polarizado sistema político y una opinión pública no tan polarizada. Hay por lo menos cuatro motivos de esto.

En primer lugar, los políticos dependen cada vez más de sus "electorados" activistas para recabar votos, fondos y estabilidad laboral (léase que no haya rivales favoritos). Pero los programas activistas están muy a la izquierda o la derecha del centro. De forma que cuando los políticos movilizan a sus electorados, a menudo ofenden al centro. En un sondeo, el 70% de los votantes censados decía que las posturas Republicanas eran demasiado conservadoras algunas de las veces por lo menos; el 76% pensaba de igual forma que las posturas Demócratas son muchas veces "demasiado de izquierdas".

En segundo lugar, la política se ha vuelto más moralista tanto desde la derecha como desde la izquierda. Ideólogos idealistas hacen campaña para "salvar el planeta", "proteger a los no natos", "recuperar la Constitución". Cuando los objetivos se convierten en imperativos morales, no queda espacio para el compromiso. La oposición no está solo equivocada; es inmoral. Es tachada de malévola, ignorante, peligrosa, o las tres cosas a la vez.

En tercer lugar, la televisión por cable e internet imponen a la política valores de ocio. Reina el parloteo incesante. El conflicto y el lenguaje impactante prevalecen; el análisis es aburrido.

Por último, los políticos hacen demasiadas promesas. Los presupuestos federales han incurrido en déficit en todos los ejercicios desde 1965 menos en cinco. El principal motivo, Demócratas y Republicanos desean elevar el gasto público y bajar los impuestos en la misma medida. Para ocultar su desinterés en cumplir lo que predican, ambas formaciones se culpan mutuamente.

Los políticos siempre se han atacado mutuamente. Pero la totalidad de estos cambios ha alterado el carácter del sistema. Muchos actores tienen un interés velado en perpetuar las desavenencias y las diferencias. Los colectivos de activismo político y sus aliados obtienen una rentabilidad psicológica (aires de superioridad) y beneficios políticos (más miembros y donantes) de demonizar a sus rivales. La televisión por cable necesita de combate, no de atmósferas de armonía.

El impulso es no legislar desde el centro, que sigue representando a la mayoría de los estadounidenses, sino desde "el electorado" de apoyo. La reforma" sanitaria del Presidente Obama fue buen ejemplo. Defendida firmemente por los Demócratas, fue combatida consistentemente por alrededor de la mitad de los estadounidenses. Siendo justos, George W. Bush gobernó de la misma forma.

El resultado es el descontento masivo. Las esperanzas desproporcionadas se ven traicionadas con regularidad. Los electorados conservadores o izquierdistas se sienten utilizados porque sus programas pocas veces se implantan en su totalidad. Son demasiado radicales o muy poco realistas. El centro se siente frustrado porque la desproporcionada importancia de los electorados obstaculiza las actuaciones en problemas veteranos (presupuestos, inmigración, energía). ¿Pueden resolver esta parálisis los comicios de la semana que viene? Parece improbable.

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