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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Una humanidad infeliz

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
lunes, 25 de octubre de 2010, 07:37 h (CET)
Hay gente que no es feliz pero tampoco sabe que es infeliz. Otra gente que pudiera ser feliz no lo es. Siempre te encuentras con alguien que está peor que yo. La desdicha llama a todas las puertas y parece que cada día nos cuesta más vivir sin lágrimas. Nos hemos rodeado de tantas mentiras, de tantos espejismos falsos, y los poderosos hacen tantas cosas por nosotros, contra la libertad nuestra, que uno a veces quiere hacer otras cosas pero no puede, el propio sistema de vida llega a talarte el entusiasmo de querer ser libre. La vida tenemos que vivirla de otra manera, cada cual primero consigo mismo, después con los demás, sin excluir de la hoja de ruta las estéticas morales ni la responsabilidad personal. La humanidad tiene que desnudarse de pesadillas y uno tiene que hallarse más en la belleza, beber de la belleza, creerse parte de la belleza, cueste lo que cueste, puesto que el mayor bochorno es sentirse perdido en esta selva de desgracias y desgraciados.

La salve de ¡triunfar, triunfar, triunfar, caiga quien caiga; o de ganar, ganar, ganar todas las batallas sin importar ética alguna!, lo que nos hace es más esclavos y más dependientes de las miserias humanas. El mundo que la humanidad viene construyendo, sobre todo en los siglos más próximos a nosotros, tiende con frecuencia a ensombrecer los labios de la alegría más honda. Todo se mueve y se conmueve con fines lucrativos, hasta adormecernos por dentro y sentirnos desamparados. Debemos abrirnos a las dimensiones de la belleza, que a veces no vemos o nos impiden verlas, respirar la propia universalidad de esa hermosura, algo que suele encontrarse en las cosas más sencillas y que a todos nos pertenecen por dignidad propia. "En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle", dijo Gandhi. Bella reflexión como bello propósito el de la ONU dispuesta a hacer más por la paz, los derechos humanos y el desarrollo. Todos hemos de hacer más, aunque sólo sea para ser más felices. Merece la pena el compromiso de proteger a quienes están atrapados en conflictos armados, de luchar contra el cambio climático, de evitar una catástrofe nuclear, de ampliar las oportunidades de mujeres y niñas y combatir la injusticia y la impunidad, de tender la mano hacia los desempleados… Al fin y al cabo, la tristeza se vence cultivando el corazón como el auténtico poeta.

Algún lector me podrá decir, ¿pero para qué sirve un poeta en estos tiempos? Cierto, también los poetas han perdido autenticidad, amén de ingenio y lucidez. Servidor lo tiene claro. En estos casos suelo extender la receta de Gloria Fuertes, que sí fue poeta de verso en pecho. Esta es su grafía: “El poeta tiene que ver con el verbo ver, / con el verbo sentir y con el verbo escribir./ El poeta sirve… como unas gafas,/ para que veas, hijo mío, para que veas”. ¿Quién no ha buscado la felicidad sin saber dónde, como un verdadero azorado en un laberinto de preguntas? La idea aristotélica de que sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego, puede ayudarnos a ese reencuentro con el gozo de sentirse vivo, y de uno sentirse yo. Al igual que la paz duradera no se consigue con la fuerza militar, la felicidad tampoco se alcanza con la fuerza del poder, sino con la fuerza del amor. Esta es la llave que abre todas las puertas de la satisfacción.

Es público y notorio que la riqueza por si misma no es suficiente para el logro de la felicidad. La historia que nos han vendido del estado del bienestar tampoco genera felicidad global y globalizadora. La humanidad tiene que aprender a vivir feliz, que no es fácil con tantas fuerzas contrarias, la misma vida familiar se tambalea. Tal vez sea lección meditativa la de los grandes educadores del ser (del ser humano), los artistas; aquellos que se sienten enamorados de la búsqueda. Al final de la obra alcanzan el deleite de visionar mundos diversos, pero mundos humanos o mundos que humanizan, que dan solución a los diferentes aspectos del vivir cotidiano. Por desgracia, los tiempos actuales, crecientes en injusticias, desigualdades e inmoralidades, lo que generan son desórdenes cerebrales que suelen rayar lo patológico.

Por mucho que nos siga persiguiendo la poesía por el planeta, ella sí que nos ama, una humanidad infeliz es para temerle. Cuidado con la legión de vendedores de felicidad. En tiempos de crisis abundan mucho más. Sus cebos para nada son versos curativos. He aquí su retahíla de sueños venenosos, que se contagian como la lepra: Las drogas como fuga. El placer a toda costa. El beso de la traición. El abrazo que mata… Stop… que la mala leche y el desánimo son tan explosivos que atizan donde más duele, en el corazón. Por mucha inclusión social y lucha contra la pobreza que nos rieguen la oreja los jefes de gobierno y los políticos de turno, lo que también necesita la humanidad con urgencia son personas en las que fiarse y confiarse. El planeta precisa más que de poderes, de personas dispuestas a desvivirse para los demás. Es la primera ley del amor, y la raíz que enraíza con el poeta que hay en ti. El poeta, que todos llevamos dentro, salve al mundo. Sé que esto no es un artículo. Es un desahogo… Pues haga el lector lo mismo. La vida es insoportable sin corazones que hablen.

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