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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Universidades o comisarías políticas?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 23 de octubre de 2010, 22:41 h (CET)
El peligro de los estudiantes es que son maleables a cualquier estímulo que implique rebeldía. Se rebelan contra sus padres, a los que acusan de querer dirigirlos y de interferir en su libertad; se rebelan contra sus profesores, porque pretenden dictar las normas por las que se han de regir las enseñanzas en las aulas y se rebelan contra el orden público, porque lo identifican como un obstáculo para lo que ellos entienden que se les ha de permitir, moleste o no al resto de ciudadanos de una colectividad. No es que, la mayoría de ellos, tengan el espíritu destructor y, con toda probabilidad, si uno los trata uno a uno, seguramente pocos de ellos demostrarán tener ideas revolucionarias, más bien tiene la tendencia de ser generosos, altruistas y posiblemente algo ingenuos y, un mucho, faltos de experiencia; lo que produce el extraño resultado de convertirlos en reformadores de la sociedad, defensores de las utopías filo comunistas y detractores de la sociedad capitalista, la de la globalización y las leyes de mercado. Es evidente que los que armaron las algaradas de la banlieue de París en el año 1968; con líderes como Daniel Cohn-Bendit, constituido en un pretendido liberador de las clases necesitadas aunque, para ello, demostrara ser un sujeto peligroso, dispuesto a entregarse a las acciones más violentas, incívicas y deplorables. Pasados los años, aquellos jóvenes levantiscos que encendieron París con sus desmanes, han quedado reducidos a nada y, una gran parte de ellos, han colgado sus hábitos revolucionarios para convertirse en ciudadanos serios, que acuden a sus trabajos y cumplen, como los primeros, con las normas cívicas. Pero esta dolencia, señores, no se cura más que con unas dosis masivas de experiencia.

Lo que estos días está sucediendo en casa de nuestros vecinos los franceses, es la receta del libro de los activistas diplomados, de los antisistema pagados y de los provocadores extremistas que, infiltrados entre obreros y estudiantes, han llevado a cabo, con gran profesionalidad, su labor; que siempre empieza con un acontecimiento aislado que sirve de detonante del que se valen los sediciosos para exaltar a los obreros que, de buena fe se toman al pie de la letra las consignas de los agitadores y, por el letal efecto de la masa, pierden el sentido común como individuos para integrarse, con un elemento más, en la masa que, por raro que pueda parecer, se constituye en una especie de ameba supra personal que los va absorbiendo, a la par que crea una conciencia colectiva ajena a la de sus componentes que, en la mayoría de los casos, degenera en alborotos, destrucción de mobiliario urbano y ataques a las fuerzas de orden público; con la particularidad de que se va retroalimentando con las víctimas que origina o las que se producen en sus propias filas, lo que consigue elevar al paroxismo el espíritu revolucionario de sus integrantes. La segunda fase es conseguir mover a la masa estudiantil, siempre dispuesta a dejar libertad a su espíritu anarquista que se manifiesta mediante una explosión de su gran energía física, de la que se valen para, haciendo valer su condición de “intelectuales”, unirse a las algaradas; elevando el listón de lo que era una mera reivindicación obrera, a una confrontación de ideas y una crítica demoledora de las instituciones democráticas que, no lo olvidemos, son las que los ciudadanos han querido que fuesen a través de sus votos en las urnas.

Nos cuesta creernos que, todos estos dislates –ocurridos en sociedades que tienen fama de ser civilizadas, organizadas, democráticas y que gozan de un cierto bienestar, por supuesto muy superior a las llamadas democracias de Sur América o de los llamados países del este de Europa o, como no, las nuevas repúblicas asiáticas; convertidas en verdaderas dictaduras comunistas o socialistas en las que los ciudadanos son oprimidos, torturados y asesinados si no se prestan a ser sojuzgados por aquellos que presumen de velar por el bienestar del pueblo; surgen espontáneamente –, se generen espontáneamente y no se deban a poderes ocultos, muy difíciles de identificar, que están interesados en crear conflictos en determinados puntos de la tierra y que, con gran habilidad, van empleando sus peones en aquellos países que son gobernados por gobiernos débiles, en los que los gobernantes evitan comprometerse en acciones enérgicas, que corten de raíz tales ataques al funcionamiento democrático.

Por ello, cuando nos apercibimos de que, en nuestras universidades, aquellas instituciones donde se imparten las ciencias y el conocimiento, donde se examinan y analizan los distintos sistemas de gobierno y se estudian las filosofías que los grandes maestros del pensamiento nos han legado; son, a la vez, centros en los que cobija a grupos de activistas, especialmente entrenados para adoctrinar a una juventud fácil de dejarse impresionar por la grandilocuencia de estos expertos revolucionarios. Máxime, cuando los propios profesores toman parte activa en tales desmanes y los rectores, no se sabe si por cobardía, por un exceso de permisividad o por un excesivo apego a la poltrona, se dejan arrastrar por quienes pretenden convertir lo que es el Alma Mater de la cultura, el foro de la dialéctica y el razonamiento; el recinto de las libertades y el garante del respeto por todas las ideas; en virtud de una errónea interpretación de los derechos individuales y de una canallesca idea de que, los que no pertenecen a una determinada tendencia, los que piensan por si mismos y no quieren ser adoctrinados políticamente o los que pretenden defender sus propias opiniones; deben ser neutralizados y excluidos, para que la universidad quede convertida en una fábrica de clones, adoctrinados en una idea única, al estilo de las juventudes de Adolf Hitler.

Así, señores, cuando nos damos cuenta de que las universidades van quedado vetadas para todas aquellas personas, públicas o privadas, que pertenecen a la derecha o la izquierda moderada; por imposición de estos cafres de la cultura y vemos, horrorizados, como son consideradas “personas non gratas” y se les impide, con anuencia de las mismas autoridades académicas, que puedan exponer con libertad sus conocimientos, sus opiniones o sus tesis, ante los alumnos; no podemos menos que pensar que hemos sobrepasado la línea roja que separa una democracia de lo que es un sistema autocrático, totalitario y, evidentemente, absolutista. Estos días hemos tenido ocasión de ver, una vez más, como a una persona, una parlamentaria y presidenta de un partido político, una mujer que tiene las ideas muy claras, que ha defendido la españolidad del País Vasco y que ha luchado para que los asesinos de la ETA no sean tratados como simples presos comunes y gocen, sin embargo, de privilegios especiales de los que otros presos, con menos condena que ellos, no pueden llegar a acceder; la señora Rosa Diez, la portavoz de UPyD., debía dar una conferencia en la Complutense sobre un tema muy actual y de especial interés para una juventud, tan alejada de la política, como es la que se está formando hoy en día, “Regenerar la democracia”. No obstante, como ya le ha ocurrido en otras ocasiones (en la Autónoma de Barcelona, en febrero del 2008), el grupo de “reventadores de conferencias”, perfectamente sincronizado, se las arregló para recibirla con toda clase de insultos, groserías y demás ordinarieces, como es propio de un hatajo de descerebrados que lo único que saben es rebuznar, ya que los buenos estudiantes tienen suficiente sentido común para no incurrir en semejantes gamberradas. Lo malo de estas experiencias es que, la imagen que estamos dando de lo que es nuestro país, de nuestra democracia y de quienes nos gobiernan está resultando ser, como menos, impresentable.

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