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Etiquetas:   Entrevista  

“El periodismo y la literatura son brazos de un mismo río”

Antonio Pérez Henares, escritor
Luis del Palacio
viernes, 22 de octubre de 2010, 14:35 h (CET)
No es “La mirada del lobo, última novela de Antonio Pérez Henares, libro para ser leído en un abarrotado vagón de metro; aunque sin duda habrá lectores apresurados que lo hagan. Merece la calma y el silencio de una biblioteca o, mejor, la soledad de un fin de semana en una casa de campo, ante el fuego de la chimenea. Confieso haber disfrutado con él de las dos mejores maneras posibles: en un Buendía otoñal, no tan alejado de donde transcurre la acción del relato, oyendo cada hora las campanadas del reloj del Ayuntamiento y el crepitar de los leños, y en la severa aunque acogedora sala de lectura del Ateneo de Madrid, donde lo terminé. A los pocos días tuvo lugar la charla con su autor, muy poco antes de la crisis de gobierno, lo que nos evitó hablar de política (algo muy sano) e hizo que nos centráramos en asuntos mucho más interesantes: la concesión del Nobel a Vargas Llosa, la Naturaleza, la Prehistoria, los lobos, la caza y, desde luego, su libro.

Todo en él es descriptivo y muy vivo; características que se desbordan en el capítulo XIV, “Hambre”, especialmente emocionante. Abundan las descripciones como la contenida en el epílogo del capítulo XVI, “La sangre”, que pueden recordar al mejor Jim Corbett (mítico cazador, autor de “Mi India” y de “Los devoradores de hombres de Kumaon”) Y es que, en realidad, “La mirada del lobo” es un libro lleno de aventura, de caza, de naturaleza, en el que se recrea literariamente cómo pudo ser el nacimiento de la larguísima amistad entre los hombres y los perros y de qué manera estos derivan de aquellos lobos que cambiaron de líder y adoptaron al ser humano como jefe, hace unos treinta mil años.

Pérez Henares: Para poder escribir este libro era necesario conocer cosas de ese mundo, y ese mundo estaba muy vinculado con la caza. Como has comprobado, cada capítulo concluye con una especie de retazo, de epílogo, que recrea una vieja sabiduría mantenida por los viejos cazadores, de los cuales he aprendido esa y otras muchas cosas; como por ejemplo que el tipo de sangre que derrama una pieza tocada indica el tamaño de la herida y dónde la tiene el animal. Saber eso es esencial para que una partida de cazadores pueda finalmente hacerse con ella y que no quede abandonada en el monte. Hace unos años Juan Luis Arsuaga me pidió venir a una montería al estilo tradicional, porque deseaba observar cómo se seguía cazando con los perros de reala, que es como cazaban los hombres del Paleolítico. La técnica apenas ha cambiado: los realeros van con los perros a su lado y todos tienen funciones muy concretas: los más ligeros y los que tienen mejor oído van delante y son quienes levantan la caza. El despliegue en semicírculo es propiamente lobuno; en él se trata de cercar a la pieza o de acercarla hacia la línea de cazadores. Arsuaga fue testigo de una técnica de caza que se ha mantenido durante veintitantos mil años, en la que lo único que ha variado son las armas empleadas.




Antonio Pérez Henares.

Luís Del Palacio / SIGLO XXI

A pesar de no pertenecer a la trilogía “Nublares”, dedicada a la Prehistoria, ¿”La mirada del lobo” formaría, en cierto modo, parte de esa serie?

PH: Bueno, no cabe duda de que aunque formalmente no pertenezca a la trilogía, contiene elementos -por ejemplo aquel período de la Prehistoria que me fascina especialmente- y reminiscencias o ecos de aquella serie; aunque ni los personajes ni las situaciones tengan nada que ver. Sin embargo, el ambiente y el paisaje son los mismos.

¿Qué representa para ti un período tan oscuro e inabarcable como el de la Prehistoria?

PH: Siendo niño leí “La guerra del fuego”, de Rosny, más tarde llevado al cine por Jean Jaques Annaud. Siempre me ha fascinado ese mundo que, de alguna manera, he tenido muy cerca. “Nublares” existe; es una cueva y por encima de ella hay un poblado paleolítico y otro neolítico en Peñarrodás. El desconocimiento que tenemos de él nos permite la fabulación y la ensoñación. Desde niño estuve muy en contacto con la Naturaleza, y el mundo de los grandes cazadores del Paleoítico representó para mí el mundo de los sueños. Según fui teniendo más edad, me chocaba esa imagen tópica y acientífica que los concibe como unos seres semi bestiales, lo que no se corresponde con los hallazgos arqueológicos. En realidad somos nosotros hace un suspiro. Aquellas gentes demostraron su dimensión espiritual; lo cual puede comprobarse en Altamira o en cualquier otro lugar donde dejaran su huella. Hace poco he tenido en mis manos una flauta fabricada por alguno de aquellos hombres: hacían música como nosotros. Es que “son” nosotros sin la tecnología actual, pero con las mismas pasiones y capacidades, y, desde luego, con una plena dimensión espiritual y cognitiva.

Algo así como el ser humano actual, pero sin I-Pod…

PH: Muy parecido. Y, a propósito de ello, recuerdo que hablando con Juan Luis me dijo que estos inventos equivalen a lo que debió de ser el fuego para los hombres prehistóricos: algo que antes nadie conocía pero que como resultaba muy útil enseguida tuvo todo el mundo.

Y tu fascinación por los lobos…

PH: Viene de los tiempos en que mi abuelo me contaba romances de lobo del siglo XV. Me aprendí de memoria el “Romance de la loba parda”, no por Menéndez Pidal que lo había transcrito, sino por mi abuelo. Aprendí que el lobo es un ser real pero también mitológico; que siempre ha sido temido y admirado, odiado y respetado. En cualquier caso un animal fascinante. Me crié además con un mastín que venía de una pelea con los lobos. En mi tierra hubo lobos hasta el 57 y después volvieron a aparecer en el 98, lo que es motivo de alegría aunque también de preocupación para los ganaderos, que no deben ser quienes soporten los costes económicos que acarrea la defensa de esta especie. Siendo yo todavía un chaval tuve ocasión de conocer a Félix Rodríguez de la Fuente, ya que mi pueblo estaba muy cerca de la Hoz de Río Dulce y de Peregrina, donde él tenía su manada de lobos.

Y fue él quien produjo el cambio en la manera en la manera de considerar al lobo

PH: Así es. El lobo tiene, en su relación con el ser humano, tres estadios diferentes: El Paleolítico, cuando el lobo es un gran cazador y el lobo también lo es, coincidiendo en el hecho de que ambos son “cazadores sociales”, muy jerarquizados, con estructuras sociales muy complejas. Eso quizás fue algo importante para establecer este vínculo. El lobo tiene un jefe de manada y lo que hizo Rodríguez de la Fuente y ahora hace Carlos Sanz fue trasladar esa jefatura de un lobo a un hombre. La admiración por el lobo en el Paleolítico lo eleva a la categoría de tótem. Es un competidor al que se admira, y la relación que se establece con él es totalmente distinta a la que se produce en el Neolítico. Al cabo de miles de años, aquellos animales que cazábamos (muflones, íbices, jabalíes) empezamos a estabularlos y los convertimos en ganadería; es decir, en caza estabulada. Con el nacimiento de la agricultura y la ganadería nosotros tenemos ya nuestros “lobos domésticos”, los perros, que son destinados al cuidado de los rebaños. En el Neolítico es cuando comienza el odio del ganadero hacia el lobo y en su lucha es ayudado esencialmente por ese hermano del lobo que es el perro. El lobo, que es un animal tremendamente adaptable e inteligente, logra sobrevivir a esa batalla perpetua hasta la llegada del veneno. Cuando se decide su exterminio masivo por este método, su población cae en picado. Y, como señalabas antes, se le consideraba una alimaña y hasta los años 70, el lobero era recompensado con donativos por cada ejemplar muerto. El primer paso para su protección fue considerarlo especie cinegética. En el momento en que hubo vedas ya no fue tenido por alimaña. La labor de Félix fue providencial porque logró, con la pequeña población que entonces quedaba, protegerlo y hacer que se expandiera. En la actualidad se estima que hay unos tres mil lobos en España, con una población residual en Andalucía, sobre todo en la zona de Andújar y el río Yeguas.

La novela tiene dos protagonistas, Blanquino –el lobo- y el joven de Tari. Según avanzamos en la lectura vemos cómo se produce un acercamiento progresivo entre ellos y que ese acercamiento se basa en la mutua observación. Primero son camaradas en la cacería y más tarde se hacen amigos. Por otro lado, cuando Blanquino no acepta la rendición de su enemigo más acérrimo, el lobo de Badiel, y lo mata, se afirma que un código ancestral había sido violado ¿Puede existir alguna alegoría oculta en esta historia?

PH: No tanto como una alegoría… En realidad se trata de una ficción literaria. Normalmente cuando un lobo ha perdido un combate ejecuta una serie de gestos rituales dirigidos a apaciguar a su agresor para evitar que este lo mate. El más típico es presentar la yugular al vencedor. En la novela, Blanquino rompe este código porque también se están rompiendo otros códigos. Entre los lobos sólo se reproduce el macho Alfa con la hembra Alfa; no obstante, entre sus descendientes perrunos la reproducción se realiza con independencia de esos liderazgos; cualquier perro se aparea con cualquier perra, cosa que no ocurre entre los lobos. Mi idea era expresar a través de esta ruptura de códigos, cómo se va troquelando la especie. Otro cambio de pauta es el propio ladrido, que no existe entre los lobos. Lo más parecido a él es un sonido que emiten los cachorros; es como si el perro se quedara en un estado de perpetua niñez con respecto a los lobos. Durante el Paleolítico el perro se convierte en compañero y aliado del hombre en la caza y en el Neolítico adquiere la condición de guardián de los ganados.

¿Vivimos ahora la época del “perro faldero”?

PH: Creo que sí. Aunque no se halla perdido la estirpe del perro cazador, el perro ha venido con el éxodo humano hasta estos enormes hormigueros y su función ha variado. Ahora sirve de compañía, de mascota, y se han adaptado muy bien. ¡A algunos les va mejor que a muchos seres humanos!

Entonces ya no vale aquello de “vida de perro”

PH: En todo caso nos tienen cogida muy bien la medida…

Leyendo el libro se aprecia el enorme afecto que sientes por los animales, muy especialmente por los lobos y los perros ¿Qué pasa con los gatos? ¿Estás de acuerdo con eso de que el mundo se divide entre los amantes de los perros y los amantes de los gatos?

PH: Un poco así es. En mi pueblo los gatos “andaban por ahí”, hacían su vida. Siempre he estado más cerca de los perros, aunque los gatos me parezcan animales magníficos. Quizá influido por mi condición de hijo de agricultor, para mí el perro siempre ha sido un compañero. El gato era otra cosa.

Volvamos al libro. ¿Cómo consigues esa aparente sencillez en la expresión? ¿Cómo te has organizado para escribir un libro así con todas tus ocupaciones?

PH: Me ha llevado bastante tiempo, y cuando me pongo a ello me suelo encerrar en la cabaña que tengo cerca de Albalate. En esta novela creo haber logrado algo bastante importante desde mi punto de vista de escritor. Una especie de lírica salvaje, alejada siempre de lo ñoño, impregna todo el libro. Es también una reivindicación de la Naturaleza tal y como es y no vista como una postal o con la carga de moralina estúpida de Walt Disney. Yo amo la Naturaleza tal como es, en su verdad; a veces en su verdad inocentemente homicida y no como una Naturaleza edulcorada y mema. Los lobos no son amigos, ni los corzos, ni los leones comen maní. Esta idea está haciendo un daño tremendo a la percepción que de la Naturaleza tiene la gente urbana. Esa idea, por ejemplo, que muchos tienen del “silencio de la Naturaleza” es absurda: la Naturaleza está plagada de sonidos, lo que ocurre es que nosotros venimos del ruido. Con respecto al lenguaje que empleo en el texto puedo decirte que uso un castellano que, casi por herencia, me viene de la zona donde he nacido, en las proximidades de Atienza, de Sigüenza, donde el lenguaje es riquísimo a la vez que sencillo. El castellano es muy conceptual y cada palabra define perfectamente un objeto, un sonido, un sentimiento. No se puede “chascar” una rama verde, sino una seca. La diferencia es muy sutil entre palabras aparentemente sinónimas. Ese es el castellano que he aprendido y el que defiendo.

Y a propósito de la defensa del castellano, es justo que nos alegremos por la concesión del Nobel a Vargas Llosa. Tuve el privilegio de conocerlo y de compartir un premio muy especial instituido por mis paisanos de Peñalver. Es un premio muy divertido que consiste en pesarte y hacerte un regalo en miel equivalente a los kilos que muestre la balanza. A mí me lo concedieron en 2002 y a él en 2004. Tuve la suerte de acompañarlo durante el día de la entrega. Hizo un discurso de enorme hondura en la plaza de Peñalver ante unas mil personas. Habló de Cervantes y aquellas gentes del pueblo lo entendieron y disfrutaron al máximo porque allí se habló castellano del mejor y quienes escuchaban lo emplean con toda su riqueza. Y es que deberíamos entender que nuestro “petróleo”, nuestra mayor riqueza, es nuestra lengua. Tendríamos que cuidarla mucho más y enorgullecernos de ella.

¿Sientes que seguir la actualidad y comentarla te resta tiempo para dedicarlo a la literatura?

PH: Excepto mi amigo Arturo Pérez Reverte y algunos pocos más, casi nadie puede vivir de la literatura. El periodismo no es para mí un castigo; es mi segundo veneno. El periodismo y la literatura son brazos de un mismo río. Escribir artículos y, sobre todo, reportajes me resulta muy gratificante. Llevo treinta y ocho años en la profesión y sé que si la dejara, me pasaría los días echándola de menos. Ser escritor y periodista no es ninguna contradicción.

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