Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El episodio de nunca acabar

Ruth Marcus
Ruth Marcus
sábado, 23 de octubre de 2010, 22:00 h (CET)
WASHINGTON -- Como esposa, comprendo lo que pasó Ginni Thomas.

En particular, como esposa de un marido que soportó unas vistas de confirmación mucho menos contusas y que ahora, como secretario de la Comisión Federal de Comercio, no es tan objetivo de críticas, siento su indignación. No hay rabia como la de una esposa cuyo marido ha sido menospreciado públicamente.

Mi marido es el Sr. Paso-Página. Yo soy más Lady Macbeth con Google Alert. En mi instancia de esposa, no en mi ser columnista, me acuerdo -- aún me pone los pelos de punta -- de cada comentario sarcástico, de cada comunicado injusto de prensa en su contra. Si teme que me refiera a usted, quédese tranquilo: Es que lo hago.

De manera que no me sorprende que, tras casi dos décadas, Ginni Thomas sigua consumida por la terrible injusticia que está segura se hizo a su marido durante la vista de su confirmación al Tribunal Supremo. Si sigue esperando la disculpa que cree que Anita Hill le debe, lo entiendo perfectamente.

De hecho, desde su punto de vista, Thomas lo formuló perfectamente en el mensaje que ella dejó en la línea del despacho de Hill en Brandeis: "Me agradaría recibir una disculpa en algún momento y montones de explicaciones del motivo de que usted hiciera eso a mi marido. Así que piénselo y desde luego rece y entienda el motivo de que lo hiciera. Bueno, que tenga un buen día".

Un cierre educado si consideramos que la persona a la que usted se dirige acusó falsamente a su marido de acoso sexual.

Así que de esposa a esposa, lo entiendo. Como periodista que cubrió cada sórdido detalle de las vistas Thomas-Hill, no. Ginni Thomas se equivoca en el quién debe pedir disculpas a quién.

(Probablemente debería decir aquí que conocí a mi marido en esas vistas. Él era ayudante de un senador Demócrata, yo era la corresponsal del Washington Post en el Supremo, y después empezamos a salir).

¿Alguien además de ellos dos conocen toda la verdad de lo sucedido entre Clarence Thomas y Anita Hill cuando él era un funcionario de la administración Reagan y ella una joven abogada de su gabinete? Puede que no. Pero como escribí cuando Clarence Thomas publicó su indignada autobiografía, el peso abrumador de las pruebas está de parte de Hill.

Ella se quejaba a sus amigos de aquel entonces del comportamiento de él, informando a uno de ellos, Susan Hoerchner, de que Thomas, entonces secretario de la Comisión de Igualdad de Oportunidades en el Empleo, le había "pedido salir en repetidas ocasiones... pero no parece aceptar un 'no'". Otro antiguo miembro de la Comisión, Ángela Wright, describió la forma en que Thomas la presionaba para salir, se presentó en su apartamento sin ser invitado y le preguntó la talla de su sostén.

Parte del comportamiento más raro que citó Hill -- Thomas preguntando por un vello púbico en su lata de Coca-Cola, y su gusto por el porno duro -- tiene reflejo en episodios del pasado de Thomas. Un compañero universitario, James Millet, recordaba "un episodio casi idéntico", según recogen Kevin Merida y Michael Fletcher en su biografía "Incomodidad Suprema".

Jane Mayer y Jill Abramson encontraron a dos más que se acordaban del incidente del vello púbico en la Coca-Cola en la Comisión.

¿Qué tiene que ver una esposa con esta información incómoda? Clarence Thomas ha seguido el camino de la negación indignada y, a menos que ella esté dispuesta a dejar que su matrimonio se derrumbe por ello, la vía de la menor resistencia puede ser que Ginni comparta ese destino.

¿Por qué pedir cuentas a Hill a estas alturas? Una explicación puede ser que Ginni Thomas ha terminado últimamente en el punto de mira de los medios por su papel como directora de un colectivo dedicado a denunciar la "tiranía" izquierdista del Presidente Obama. Tal vez haya reavivado sus sentimientos pendientes hacia Hill. ¿Fue coincidencia que hiciera la llamada la mañana en que el New York Times publicaba una crónica de portada con el titular, "Activismo de la esposa de Thomas puede plantear cuestiones judiciales"?

¿Y qué conclusión sacar de la otra parte de esta transacción, Anita Hill? ¿Por qué no borró el mensaje en lugar de remitirlo a la policía del campus? ¿Por qué difundirlo a la prensa y conceder entrevistas acerca de él? Un mensaje en el contestador de una línea de despacho no es exactamente algo intrusivo, y no hubo acoso posterior. Ginni Thomas pudo haber estado fuera de lugar, pero no amenazó en ningún sentido.

Mayer y Abramson titularon su libro "Juez extraño". Ese adjetivo se puede aplicar con justicia a todas las partes de este episodio de nunca acabar.

Noticias relacionadas

Un recién nacido en una bolsa de basura

Un niño muerto arrojado a un vertedero causa más interés mediático que cien mil abortos

Una boda de altura

Este Papa no tiene remedio

Montaigne

Un gran conocedor de la naturaleza humana

Donde los chef famosos acaparan fama, dinero y egocentrismo

“El explícito y voluntarioso elogio de la creatividad acaba produciendo más cretinos que creadores, porque pensar que la creatividad se encuentra en la radicalidad es un error colosal” Santi Santamaría

Trump no podrá detener el movimiento por los derechos de los inmigrantes

Aunque salga a perseguir a sus líderes
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris