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Sobre la crisis de Gobierno
Mario López
Lo de mover banquillo a veces funciona en el fútbol. En política, la cosa es más complicada. Por debajo de un ministro se encuentra toda una red de funcionarios que, en la mayoría de las ocasiones, arrastran hábitos adquiridos hace lustros, y los cuadernos de ruta del ministro difieren muy poco sea cual sea quien encarne al personaje. Los cambios en el Consejo de Ministros que ahora emprende el presidente de Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, no creo que vayan a provocar ningún tsunami en los diferentes ministerios afectados.
Lo que ya es otra cosa es la imagen que el nuevo Gobierno va a ofrecer. En el anterior gabinete había demasiado rostro inidentificable y algún que otro personaje muy cuestionado. Ahora, las principales carteras van a ser custodiadas por personajes enormemente mediáticos: Rubalcaba, Trinidad Jiménez, Leire Pajín, Rosa Aguilar... Son personajes públicos que tendrían un buen caché en cualquier programa televisivo o radiofónico de debate. Por mucho que nos empecinemos en mantener lo contrario, la realidad es que la labor de los ministros apenas nos pasa apercibida.
Juzgamos a nuestros ministros a partir de lo que leemos en la prensa o escuchamos en la radio. Algunos hechos muy relevantes nos llegan, pero poca cosa más. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos es muy sensible a los gestos y al carisma de quienes les gobiernan. Si hay que juzgar la crisis de Gobierno como una maniobra para ganar popularidad, habrá que hacerlo positivamente. Seguramente el cambio de ministros no hará variar en absoluto la política del Gobierno, pero lo hará más atractivo al electorado, que parece ser que es de lo que se trata.
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