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Etiquetas:   La delgada línea roja   -   Sección:   Opinión

Las muñequitas viejas

Antonio Pérez Omister
Antonio Pérez Omister
@esapo1
jueves, 21 de octubre de 2010, 06:52 h (CET)
Cuando la legendaria diputada Cicciolina comparecía en la Cámara, provocaba tal admiración que se levantaban todos los miembros del Parlamento.

Tras el escándalo Lewinsky, y antes de que Montilla las prohibiese en Cataluña, se prohibieron las corridas en la Casa Blanca y, mientras en todo el mundo occidental la honesta condición de becaria quedaba irremisiblemente asociada a la práctica del sexo oral, en España, lejos de rodearse de Cicciolinas o Lewinskys, nuestro cauto y casto presidente se rodeó de virtuosas ancianas para que le asesorasen, entre otras cosas, en temas de economía. Algo así como lo del estrafalario profesor Ciruela, que no sabía escribir y puso una escuela.

Las buenas mujeres, o mujeres buenas, como se prefiera, a falta de conocimientos más profundos en el peliagudo asunto de la macroeconomía, intentaron ilustrar lo mejor que pudieron la caótica situación con oníricas alusiones a “brotes verdes” y “cuentos de la lechera” remasterizados. La cosa sirvió para salir momentáneamente del apuro y ganar algo de tiempo.
Dice un refrán popular que no hay mal que cien años dure, “ni cuerpo que lo resista”, apostilla otro adagio. ¿Verán nuestros hijos y nietos los dichosos brotes verdes? ¿Hay vida después de la muerte? Lo pregunto porque tengo claro que el único sitio donde veré esos “brotes verdes” es sobre mi tumba.

Nuestra recuperación económica podría acabar pareciéndose al éxodo de los antiguos hebreos a través del desierto. ¡Cuarenta años de pertinaz sequía! Moisés inaugurando pantanos y separando las aguas del mar Rojo para llevar a su pueblo a la Tierra Prometida europea para que allí se hartase con el maná de los fondos de cohesión. ¡Un espejismo!

La economía española está clínicamente muerta y mantiene sus constantes vitales conectada al respirador artificial del gasto público. Pero ha entrado en coma irreversible. Deslocalizamos nuestro tejido industrial porque pensábamos que el chollo del limosneo comunitario no se iba a agotar nunca y que viviríamos eternamente del momio del ladrillo. Pero el burbujón inmobiliario pedorreó y le reventó en la cara a Zapatero y a sus octogenarias ‘Barbies’.

Entonces nos dimos cuenta de que lo que la UE nos daba con una mano, nos lo quitaba con la otra, y que no nos quedaban más recursos que el turismo de borrica y de botijo de toda la vida.

Lo que no se puede negar es que las “muñequitas viejas”, como las ha calificado algún medio, aportan una nota de color al ensombrecido panorama político español. La señora “colorines” De la Vega sorprende a diario con sus atuendos y complementos a una audiencia de casi 5 de desempleados que se preguntan ¿de dónde saca pa’ tanto como destaca?

Otros nos preguntamos si con un austero traje chaqueta no sería suficiente. Porque, mientras nos racanean hasta el último céntimo del subsidio, de la pensión o del salario, nos resulta chocante, por no emplear otro término, tanto despliegue “fashion” en unas ancianas ministras que pretenden pasar por quinceañeras, y de cuya gestión ministerial, que es lo que de verdad nos importa, tenemos nuestras serias dudas.

Ya que se nos ha impuesto este Gobierno “rosa” (como lo calificó su “amigo” Berlusconi) lo único que le pedimos algunos al presidente de este gobierno jurásico propio de un geriátrico, es que no nos ponga a ancianas malhumoradas al frente de los ministerios. Si están estresadas, a causa de la menopausia, del alzhéimer, o de su avanzada edad, que se queden en sus apartamentos de lujo de la Costa Azul haciendo ganchillo. Nadie se lo va a reprochar. Al contrario, muchos se lo agradeceremos.

Si están preñadas, que se queden en su casa y nos ahorren a todos el bochorno de verlas pasar revista a las tropas luciendo el bombo a modo de befa. ¿Qué mandarán a partir de ahora los oficiales a nuestros bravos soldados: “rompan filas” o “rompan aguas”? ¡Ya está bien de charlotadas y gansadas!

La ministrilla Ha-ido (y ha vuelto, desgraciadamente) debería plantearse a qué se debe el preocupante aumento de los suicidios entre los hombres separados o divorciados en nuestro país. Porque a fuerza de tanto “proteger” a las mujeres en nombre del “feminismo” políticamente correcto, se criminaliza a los hombres estigmatizando el “machismo” como sinónimo de violencia y maltrato. No es lo mismo no ayudar a la esposa a recoger la mesa, o a poner la lavadora, que matarla a palos. No es lo mismo. Una cosa es el machismo y otra muy distinta la violencia, sea del género que sea.

¿Deberemos convertirnos en ‘cazerolos’ si no podemos amar a las cacerolas? Si no podemos tocar cacerolas y teteras… ¿cómo vamos a ayudar en la cocina? ¿Acabaremos siendo como aquellos hombres que no amaban a las mujeres? Haremos voto de castidad en nombre de lo políticamente correcto.

En “Love Story” se decía aquella cursilada de: “Amar significa no tener que decir nunca lo siento”. Cuarenta años después de su estreno, al menos en la mojiprogre España: “Amar significa tener que decir siempre lo siento”.

Porque si te equivocas y te divorcias, tu mujer acaba convirtiéndose en un tornado de Arkansas que se lo lleva todo: la casa, el coche, tu sueldo y hasta tu colección de Airgam-Boys para venderlos en e-Bay.

De aquellos polvos estos lodos. Conste que me refiero a los “polvos” como residuo que queda de otras cosas sólidas, moliéndolas hasta reducirlas a partes muy menudas. Como la dignidad masculina: pisoteada y machacada hasta convertirla en polvo. ¡Polvo somos y al polvo hemos vuelto! Más bien al lodo.
Luego se quejan estas buenas gentes que ejercen desde la ñoñez más insufrible de abanderados de la progresía, si les abuchean. Deben resignarse a ello como los malos toreros, o los pésimos actores y comediantes del “NO A LA GUERRA” que les auparon a cambio de subvenciones y prebendas. ¿No a la guerra? ¿A qué guerra se refieren? A la de Afganistán que ya se ha cobrado casi 100 muertos no, desde luego. Cuando no se tiene nada que decir, lo más inteligente es permanecer callado, aun a riesgo de parecer estúpido, que abrir la boca y confirmar que se es estúpido.

Primero fue la mofa de la “preñada alférez” y ahora su mentor se queja porque le abuchean y quiere modificar el protocolo de determinados actos públicos para evitar las rechiflas. Lo mejor que podría hacer para evitarlas es dimitir y así no tendría que asistir a ningún acto oficial ni soportar las pitadas que, dicho sea de paso, van con el sueldo.

Si se abuchea a los primeros espadas, a los picadores y banderilleros, cómo no se va a abuchear a los maletillas que saltan al ruedo furtivamente para después salir corriendo cuando comprueban horrorizados las dimensiones del morlaco y lo afilado de sus pitones.

¡Ay, maletilla! Si no sabes… ¿pa’ qué te metes?

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