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Opinión
Etiquetas:   PLAN IBARRETXE  

El drama del Plan Ibarretxe

Antonio Papell

martes, 11 de enero de 2005, 00:29 h (CET)
CON toda probabilidad, los nacionalistas vascos no se han percatado completamente ni del alcance de su proyecto rupturista ni de las consecuencias, muy negativas para todos, que la pertinacia en semejante va podr a acarrear si el buen sentido no regresa a tiempo de impedir el desastre. Cualquier observador de la realidad se percatar f cilmente de que el rdago exorbitante planteado por Euskadi est produciendo una general y profunda irritacin porque la agresi n amenaza unos valores que deben ser intangibles, no por sagrados sino por garantes de la estabilidad poltica y social y, por ende, del progreso y del bienestar.

Es acertada la decisi n del Gobierno Zapatero de resistir las presiones acaloradas del Partido Popular, de no echar ms le a al fuego, de evitar en lo posible y por ahora la dramatizacin del conflicto. Pero si Ibarretxe y los suyos no toman pronto conciencia plena de la gravedad de su pretensi n, el propio Gobierno se ver impelido por la sociedad a radicalizar su respuesta.

La propia Iglesia ha resumido con acierto el sentir colectivo: poner en peligro la convivencia de los espa oles -dice la nota de la Conferencia Episcopal-, negando unilateralmente la soberana de Espa a, sin valorar las graves consecuencias que esta negacin podr a acarrear, no sera prudente, ni moralmente aceptable. En cualquier caso, es importante advertir que no es posible otorgar a las elecciones auton micas vascas de mayo trascendencia alguna en lo que se refiere a la solucin del contencioso. Porque ni cabe una reforma del marco institucional que no consiga un gran apoyo transversal, ni mucho menos una victoria de PNV-EA dar a respetabilidad y legitimara el bodrio jur dico con que Ibarretxe pretende pagar a ETA el precio de la paz .

La tragedia se mantiene, en fin, todava, en sus estadios puramente literarios. Y a n es tiempo de que el drama se desactive. Pero en caso contrario, el nacionalismo vasco tendr que enfrentarse, no con el nacionalismo espa ol sino con la razn y la voluntad de una gran mayor a ciudadana que se niega cerradamente a regresar a viejas querellas que la Constitucin de 1978 dej atrs.

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