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Opinión
Etiquetas:   Consumismo  

Muro

Toms Pav n

martes, 11 de enero de 2005, 00:29 h (CET)
En el ao 120 de nuestra era, frente al mercado de Oinoanda, una ciudad suroccidental de Asia Menor, se levant una inmensa pared de 80 metros de largo y se llen de esl ganes dirigidos a los compradores. En los mismos, a base de citas de Epicuro, se les revelaba el error que supone vincular la felicidad a la adquisicin de objetos costosos, as como el gozo efmero que ello entra a y el sentimiento de frustracin en que desemboca. Adem s, se les haca saber que los objetos mimetizan en el plano personal aquello que precisamos en el psicol gico, de manera que acaban alterando nuestra jerarqua natural de necesidades cuando son elogiados p blicamente y exhibidos de forma bella, que a da de hoy querr a decir cuando los anuncia la televisin.

Por supuesto, en aquel tiempo no exist a la industria de la publicidad y las cosas eran muy distintas de las actuales, pero las personas y sus emociones no lo eran tanto. De hecho, Digenes, que fue quien mand construir aquella pared tras una lectura feliz de los textos epicreos, simplemente pretend a evitar a los compradores de Oinoanda una sensacin de resaca semejante a la que en la poca moderna se apodera de mucha gente al terminar las Navidades, una sensacin como de haber visto evaporarse a un tiempo las ilusiones del nuevo a o y las burbujas de una ltima copa de champ n con la que nadie brind por l.

Los sueos y las fantas as no se pueden materializar de la noche a la maana, pues requieren un proceso natural de maduraci n que, a medida que se prolonga, los hace ms deseables. Sin embargo, la publicidad ha conseguido persuadirnos de que no existe dicho proceso y que las legendarias playas de taca estn a la vuelta de la esquina, con lo cual, todo es cuesti n de agenciarse un buen deportivo y pisar el acelerador a fondo para ser el primero en colocar la toalla.

Llegar a casa cargado de objetos innecesarios no representa una particularidad de las sociedades industriales, donde el capitalismo slo ha acentuado una tendencia inconmovible. Que hayamos avanzado no significa que hayamos aprendido. O a lo mejor nicamente sucede que hay una serie de impulsos y respuestas interiores que nunca lograr dominar el ser humano, por mucho que se le prevenga. Al fin y a la postre, qui n no ha sentido alguna vez que le volva a traicionar un falso compa ero, o el desprecio repetido de una mujer de la que se enamor a sabiendas de que era inalcanzable? Y lo que es peor: qui n no ha reaccionado ante las voces que le alertaban igual que los compradores de Oinoanda ante aquel muro y aquellos eslganes pregonando contenci n?

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