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Maestros

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 18 de octubre de 2010, 06:53 h (CET)
¡Ah si los maestros fueran propaganda, qué buenísimos que serían todos! La Comunidad de Madrid, a trancas y barrancas y sabiéndose sin una oposición creíble o posible, se ha empeñado en deificar a los maestros, primero invistiéndoles de una autoridad en base a galones impuestos a golpe de decreto y ciertamente en muchos casos inmerecidos, y luego adobándolos con una publicidad artera y manipuladora de mentes ingenuas que, con músicas ñoñas y tópicos más falsos que un euro de piedra, pretende santificar a un colectivo que falsamente figura como homogéneo. ¡Los maestros al altar!, ¡fuera críticas!, ¡viva san Stalin!

No dudo que debe haber maestros excelentes, de ésos que algunos guardamos como oro en paño en la memoria, que merecen todos los halagos pero que, sin embargo y con toda seguridad, de plano los rechazarían porque su devoción y su trabajo fueron siempre la misma cosa. Pero de ahí a que todos los dómines sean dios encarnado, como que no, ni mucho menos. La Comunidad de Madrid se equivoca y hace un flaco servicio a la sociedad al colectivizar como sacrosanto a un estamento tan capital para el presente infantil y juvenil y las nuevas generaciones, eliminando de golpe cualquier clase de crítica posible mediante leyes ad hoc en lugar de endurecer la criba para eliminar del grupo a quienes no sólo no son capaces, sino que infligen daños irreversibles en buena parte del alumnado, quienes producen, más que talentos, rebeldes contra el sistema. Que haya en el colectivo buenos maestros no es óbice para los haya malos, incluso muy malos.

La corporativización es siempre un suceso lamentable, porque es amparar bajo la misma etiqueta a los capaces y los incapaces. Dar amparo, o sí o sí, a quienes defenestran las capacidades y futuro del alumnado, no puede sino ser entendido como un atentado contra la naturaleza primigenia de la enseñanza y contra los intereses del alumnado y aun del mismo futuro del país. Un profesor puede ser más que capaz de enseñar a un alumno a amar con toda su alma una materia… o justamente lo contrario, generando en este último caso a quien se rebelará contra un sistema que lo maltrata, entre otras cosas porque el nefasto profesor está protegido por una armadura de autoridad que le hace invulnerable de cualquier recurso que se pueda interponer contra su injusticia. Es decir, que la Comunidad de Madrid está convirtiendo al profesorado, con su proceder y su legislación a contrarrazón, en una fuerza fáctica, al modo e imagen como en esas sociedades caducas y anacrónicas del XIX y anteriores en las que el cura, el médico, el alcalde y el maestro, junto con el cacique, eran las fuerzas vivas (incluso vivísimas) del pueblo. Y los demás, claro, a obedecer, ¡ar! Cosa, por otra parte, muy del estilo de la señá Aguirre, quien entre su enfermiza anglofilia (¿por qué no se declarará súbdita de su simpática Majestad y nos dejará tranquilos un tiempito?) y sus maneras renovadoras de la España carpetovetónica de la restauración de los derechos de nobleza, está más que dispuesta a dar un salto evolutivo que nos posicione a todos, como poco, en el umbral del XVIII o anteriores.

Mal hacen los profesionales de cualquier ramo en amparar o cobijar a quien eventualmente desacredita al colectivo, pero es, adempero, uno de nuestros males más ancestrales. Pero peor está que se haga esto mismo desde el poder centralista, quien tendría el deber de separar la paja del trigo, buscando siempre la excelencia más allá de con anuncios publicitarios dirigidos a mentes inocentes y poco selectivas como las de los niños, o a gentes que piensan poco y no demasiado bien. La excelencia y el aplauso deben recibirlo sólo quienes lo merecen, aunque poco a poco, gracias a técnicas torticeras como ésta, nuestra sociedad se va convirtiendo en una suerte de circo donde la capacidad y el éxito están hostilmente divorciados. Basta con mirar alrededor y ver quiénes ocupan los sitiales de la notoriedad, no importa en qué ámbitos nos fijemos: si lo más granado que tenemos son quienes gobiernan, estamos listos; si nuestros adalides de la Cultura son los que reciben los premios o los de la ceja, apaga y vámonos; y si lo mejor de nuestra sociedad son los famosos, mejor que nos dediquemos a otra cosa.

España es un país que adolece de grandes males que autoridades como las de la Comunidad de Madrid parecen empeñadas en perpetuar. Es tan imposible que se mejore sin crítica como que pueda haber un colectivo de la enseñanza sin una criba permanente de maestros. El fracaso escolar en España es estrepitoso, y, lejos de hacerse algo porque los enseñantes estén capacitados o porque algunos garbanzos negros sean desmotados, se ensalza a todos, incluidos los culpables o incapaces, y se permite que la responsabilidad del desastre educativo caiga sobre los menudos hombros de la infancia y de la juventud, y hasta es posible que de los padres de éstos. Autoridades excelentemente torpes pero bien retribuidas, legisladores incompetentes y maestros incapaces, con esto, quedan eximidos de cualquier culpa. Bueno es que haya niños cerca sobre quien recaigan las culpas, bien se ve.

Y Lo más grave de todo, es que si las autoridades de la Comunidad se han empeñado en la causa de la santificación de un colectivo al que aplican la eximente completa de cualquier crítica, es de suponerse que las inspecciones no serán sino un apoyo a esta postura absurda y en, en cualquier caso, quienes protesten contra una injusticia o una parcialidad de un profesor, serán simplemente ignorados, y sus justas demandas resueltas con un escrito-formulario de vaya usted a protestar a Rita la Cantaora o de que todo está de perlas.

Un colectivo, en fin, que no es capaz de depurarse a sí mismo, es un colectivo condenado por ley a la degeneración, pues que entre sus filas los buenos tendrán su lugar seguro desde el que impartir sus enseñanzas, pero los malos también lo tendrán para perpetrar sus desafueros. Una sinrazón de la razón que, sin embargo, es razón que a la razón toca en esta mi Comunidad de Madrid de mis pecados. Siempre, en fin, nos quedará Bruselas o la divinidad para protestar contra ciertos desmanes del maestrazgo. Alea jacta est.

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