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Etiquetas:   Columna deportiva   -   Sección:  

El deporte como elemento diferenciador de las sociedades

Miguel Terroso
Miguel Terroso
viernes, 15 de octubre de 2010, 22:00 h (CET)
Sin duda, una de las imágenes más recordadas del pasado Mundial de fútbol de Sudáfrica fue la de Jong Tae-Se, delantero de Corea Del Norte (el Rooney asiático), llorando de pura emoción cuando se entonó el himno del país liderado por Kim Jong-II en el primer partido que la selección asiática iba a disputar en el Mundial, frente a Brasil. Más tarde se descubrió que el autor de la imagen que dio la vuelta al mundo era norcoreano única y exclusivamente por convicciones políticas (de hecho, nunca había estado en Corea Del Norte), ya que su madre, ferviente comunista, le inculcó desde pequeño dicha ideología haciendo que su vástago renegase de su nacionalidad real, la surcoreana.

De cualquier modo, esas lágrimas llenas de emoción representaron de forma clara un pensamiento que fui experimentando a lo largo del Mundial de fútbol y que se prolongó durante el Mundial de baloncesto. Nunca me he tenido por una persona especialmente patriótica (especialmente en lo que concierne a la simbología que es inherente a todo nacionalismo), teniendo en cuenta que estamos en una época de implacable globalización y homogeneización de las sociedades que se alejan cada vez más del concepto tradicional de Nación y Estado. Sin embargo, y asumiendo que todavía no existe un sustitutivo social para las nacionalidades, las competiciones deportivas de selecciones se postulan como una genuina forma de reivindicar las peculiaridades, aún asumiendo que se caiga en el tópico, de las diferentes sociedades organizadas en forma de Estado. Se pongan como se pongan los amantes del deporte de club, nada como una competición internacional de selecciones para aglutinar a todo un pueblo en torno a una idea, a un concepto, que la rutina política, social o económica se encarga día a día de erosionar o fracturar.

El más claro ejemplo de esta idea lo tenemos en nuestro país. España ha sido siempre una nación con unos severos problemas de identidad nacional, con númerosos y profundos prejuicios endémicos en torno a los pilares básicos del Estado que ni tan siquiera los puntuales éxitos individuales de deportistas españoles lograban mitigar o cambiar. Hizo falta que un grupo de 23 futbolistas ganaran la Eurocopa en 2008 para en apenas un mes derribar los muros que políticos y periodistas no habían logrado echar abajo durante décadas. El rubor que mucha gente tenía en mostrar los símbolos nacionales desapareció de un plumazo, agrupando a una sociedad ajada por los conflictos como nunca antes en torno al fútbol (para bien o para mal), desarrollándose un espíritu colectivo que las generaciones más jóvenes no conocían.

Todo aquello se perdió al poco tiempo, al volver a empaparse el imaginario popular de las tensiones políticas, sociales y territoriales que acompañan a España desde décadas hasta que, otra vez, la selección española de fútbol logró aparcar el pesimismo y la decepción de todo un país brutalmente azotado por la crisis para, mediante su histórico triunfo en el Mundial, acrecentar la autoestima como Nación de España. Si se trata de un oasis en mitad de una compleja idiosincrasia social o bien es un punto de partida hacia una nueva concepción de España como país por parte de sus ciudadanos, solo el tiempo lo dirá. Lo cierto es que ha quedado más que patente la capacidad del deporte en general y del fútbol en particular en España para soslayar problemas que parecían insoslayables.

No sería descartable que en un futuro no muy lejano que las competiciones internacionales sirviesen no ya para poner a prueba el orgullo nacional, si no como muestra de los hechos diferenciales y las peculiaridades de unos pueblos sumidos en un proceso integrador del que las consecuencias están por ver.

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