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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La señá Marcela

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 15 de octubre de 2010, 22:00 h (CET)
En mi novela “Germen de Dios, semilla del diablo”, la seña Marcela es un personaje auxiliar que asume la función de ser la gaceta del pueblo, esa ineludible cotilla que siempre está hocicando en las vidas de todos sus vecinos con el propósito de aventar sus miserias y sentirse así superior a sus semejantes, y, cuando no encuentra en ellos morboso material punible digno de ser exhibido en la picota, se lo inventa. Es el despreciable ser que lanza a diestro siniestro nuevas con la misma efusión que infundios, y el que dedica su vida a ese particular periodismo donde cualquiera que viva a su alcance es material de reportaje, y cuanto más siniestro, vergonzoso o humillante sea el secreto que podrá a la luz, tanto más recreativo. Ella es, en realidad, una síntesis de una forma de vida aparentemente caduca en la que muchas personas que se aburrían por carecer de vida interior alguna (más allá del secular fariseísmo que las caracteriza), se dedicaban en cuerpo y alma a sembrar la peste de rumores y hablillas que ponían en un fil la honorabilidad de sus semejantes, y lo hacían como si tal cosa, siempre por lo bajini y ante el auditorio de otras personas que, fingiendo inocencia, gozaban con lo mismo. La señá Marcela era la que se ponía en jarras, la que giraba histriónicamente la cabeza como un satélite que girara en torno a una tremenda idea capaz de derribar al mundo de su solio en el universo, la que se atizaba ostentosos golpes de pecho o la que, poniendo los morritos en pico y bajando o alzando la voz teatreramente para dar verosimilitud a sus cuentos, atraía hacia sí toda la atención del pueblo; pero eran los demás quienes, sin tanta osadía pero con pareja morbosidad, la concedían carta de naturaleza.

Parecería en primera instancia que este tipo de personajes pintorescos son una cuestión anacrónica, propia del insoportable tedio de una portería de un patio de vecindad o de la soporífera vida rural del XIX o anterior; sin embargo, la forma y modo no sólo no ha desaparecido, sino que se ha tecnificado, multiplicándose su poder gracias a la globalización de los medios de difusión. Demasiadas televisiones hay que prefieren llenar con esta clase de señás Marcelas una parrilla barata y eficaz que congregue ante la pequeña pantalla toda la morbosidad de esta subespecie humana, sin duda mayoritaria; y demasiadas televisiones hay que carecen de escrúpulos para no alimentar uno de los peores aspectos de la naturaleza humana: su capacidad de irruir sin derecho alguno en las vidas de los demás. Poco importa si el personaje popular en cuestión no da el juego necesario: se le inventa; poco importa si la vida de éste o aquél es de una simplicidad insoportable: se lo adereza con algún que otro escándalo, se lo ajusta a una vida impropia y oportunista, y listo. La cuestión es tener a quién despellejar o de quién reírse, esa gloria del ego que justificaba Platón como uno de los aspectos más abyectos del ser humano. En este orden triste todo el mundo quiere reír, a pesar de que sólo se puede uno reír de alguien.

La señá Marcela, lejos de desparecer como un elemento obsoleto de una sociedad aburrida, ignorante y caduca que ha derivado en otra moderna y culta, ha elevado a la enésima potencia su poder: la señá Marcela es la que ha inundado las televisiones de programas rosas, la señá Marcela es la que ha inundado los quioscos de prensa de revistas despreciables, la seña Marcela es la que ha inundado los telediarios de noticias absurdas, la señá Marcela es la que ha inventado Grandes Hermanos y excrecencias similares, la señá Marcela es la que atasca las carreteras cuando hay un accidente, por pequeño que sea, nada más porque quiere ver con sus ojitos algún muertecillo o un poco de sangre, y, lo que es casi más grave, la señá Marcela es la que con su voto elige al partido o a las criaturas que gobernarán, las cuales se ajustan, o sí o sí, a sus villanas emociones. El el Cielo manda Dios, en fin, y en la Tierra la señá Marcela con su voto.

No; lejos de desparecer engullida por la evolución, la señá Marcela involuciona con una salud de hierro y se multiplica en nuestra sociedad, siendo ya omnipresente. Cuando las encuestas desnudaron sus resultados sobre la cuestión de quién y por qué había elegido a Suárez como Presidente del Gobierno en aquel infausto 77, resultó ser que la señá Marcela lo había hecho… ¡porque era el más guapo! Un principio ideológico que se repitió después con Felipe González, con Aznar y, cómo no, con Zapatero, sin olvidarnos por ello de Gil y Gil, el doctor Cabezas y es posible que muy pronto la Cicciolina española o el friki que sea. Un cierto morbo, hoy, vale más que todo el talento del mundo. De ahí que se pinten canas los postulantes, pidan al incondicional auditorio metros para medírsela o basten unos ojitos claros cuando se tienen problemas para que las manos se encuentren cuando se pretende dar palmas. La señá Marcela es la que ha puesto a los objetos de sus desvelos al frente de la sociedad, reduciéndonos al conjunto a esta siniestra semblanza circense.

La señá Marcela tiene un músculo envidiable y una salud más vital que nunca: nos está enterrando a todos en su vacuidad insufrible porque vota, un derecho universal que está elevando el rebuzno a la categoría del canto gregoriano de la modernidad. Con ella y su carné de identidad, lo mismo podemos tener mañana de Presidente a Chiquilicuatre (sin ofender) que como rey a un Saboya, como ministra de defensa a una pacifista, como legisladora del aborto a quien niega la evidencia de la condición humana del feto o de ministro de trabajo a un productor de desempleados. Y eso cuando hacen algo, que también los hay de simple y oneroso adorno. Nada tiene que ser como debe, porque de lo contrario la señá Marcela no tendría a quién despellejar. No importa cuántos canales de televisión haya: todos son suyos, si es que quieren alguna audiencia; no importa cuántos libros se publiquen: sólo serán basura al gusto de la seña Marcela; y no importa lo importante que sea el país: elegirá quién gobierna el mundo, y los partidos políticos y los presidenciables lo saben, o de otro modo no estarían ahí tienen Obama, Zapatero, Sarkozy, Berlusconi o Ahmadinejad, sin ir más lejos. Y así está el mundo, claro.

El peligro de la modernidad, y aun de la supervivencia humana, no está en la proliferación nuclear, el cambio climático, las crisis inventadas, Nibiru o en el agujero de la capa de ozono, sino en la señá Marcela. Tiene en su mano el arma más poderosa de cuantas son imaginables, el voto, y gracias a él está configurando el mundo a su imagen y semejanza. Vean la deriva que lleva nuestra sociedad, y díganme si no es para tirarse de los pelos: sin más cultura que basura, sin más dirigentes que frikis, sin otro sistema de selección de presidenciables que su parecer morboso y sin otra tendencia emocional que hurgar en la vida de los demás, incluso Dios debe ajustarse a su deseo… o resignarse a ser crucificado nuevamente.

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