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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

Los campos de exterminio del Siglo XXI

José Vicente Cobo
Vida Universal
viernes, 15 de octubre de 2010, 22:00 h (CET)
Día mundial de los animales.

Un año más ha pasado la celebración del "Día mundial de los animales, una celebración que año tras año defiende la consideración de que todo animal posee derechos y que el desconocimiento y desprecio de dichos derechos han conducido y sigue conduciendo al hombre a cometer crímenes contra la naturaleza y los animales. En 1977 se proclamó la Declaración Universal de los Derechos de los animales que más tarde aprobaron tanto la ONU como la UNESCO, algo que tendría que haber traído un cambio al respecto, ¿pero qué ha cambiado desde entonces en nuestro trato hacia el resto de seres vivos que habitan el planeta Tierra? Nada.

Los mataderos de hoy día son una maquinaria perfectamente desarrollada del exterminio. Tan sólo en un país como España son aproximadamente 800 millones de seres vivos los que son asesinados bestialmente en un año. Esto es una autentica locura. En toda la Tierra se crían en la ganadería industrial 1000 millones de cerdos, 1300 millones de vacas, 1800 millones de ovejas y cabras y 13.500 millones de gallinas que antes de llegar a nuestros platos ricamente condimentados, pasarán por los cuchillos del matarife.

En total son 17.600 millones de “animales útiles”. Si a esta cifra le sumamos los muertos en la caza y todos los demás animales (pavos, gansos, conejos y otros), entonces por ejemplo en el año 1999 fueron asesinados 46.000 millones de animales. Y mil millones perecieron durante la crianza y el transporte.

Por consiguiente, en un mes y medio se mata la misma cantidad de animales como seres humanos hay en la Tierra, es decir más de 6.000 millones ¿Y para qué todo esto? Toda esta desgracia sólo para satisfacer el placer del paladar, que al fin y al cabo lo producen los condimentos. Pero con esto aún no es suficiente. Las consecuencias de la adicción humana a la carne son nuestra propia ruina, ya que los seres humanos nos quitamos así nuestra propia base para la vida. La codicia por la carne deja tras de sí un desastre medioambiental que ya no puede ser remediado.

Y hay otro hecho que no se puede silenciar: semejante cantidad de animales necesita lógicamente comida, y ahí está precisamente la esquizofrenia que año tras año le cuesta la vida a miles de personas. El ser humano mata a los animales y a la naturaleza e indirectamente también a sus semejantes para no prescindir de la fiesta de barbacoa con su vecino. Los hechos también prueban lo siguiente: Sólo una de las reses anteriormente mencionadas precisa 16 kilos de cereal para “producir” un único kilo de carne. En tan sólo un filete (250 gr.) hay por consiguiente tanta energía vegetal, que se podría preservar con ella de la muerte por inanición de 40 personas en un día. En los cerdos se necesitan 4 kilos de cereal por kilo de carne, en las gallinas 2 kilos.

Más o menos un tercio de la cosecha mundial de cereal se le da como comida a los animales de ganadería. En los países industrializados se trata casi del 70%. Si tan sólo se redujera el 10% del cereal que se utiliza como pienso, se podría alimentar a 225 millones de personas más. Si aprovechásemos por lo tanto el alimento de una manera directa, es decir nos alimentásemos de un modo vegetariano, obtendríamos del mismo trozo de tierra de 5 a 10 veces más cantidad de alimento. Esto significa: si la producción de carne se suspende, se puede alimentar a una gran parte de la población mundial. Por eso todos los que no quieren prescindir de comer carne son igualmente culpables de la miseria y de las muertes por inanición en el tercer mundo. Quien come carne, debería asumir esto conscientemente.

Nuestra sociedad del bienestar se preocupa mucho hoy por hoy de la pureza de los alimentos. Quizás deberíamos preocuparnos también por la pureza de nuestra conciencia. Especialmente en nuestro Occidente marcado por la Iglesia, el dogmatismo, que a menudo es ciego, impide el trato digno con los animales, la naturaleza y también con nuestros semejantes. No sirve de nada lamentarse siempre del hambre, de la muerte de los bosques y de la contaminación del medio ambiente en esta Tierra. Más bien en esto a cada uno se le pide el compromiso de cambiar su alimentación y dejar de comer carne, pues con ello también se acabaría con el sufrimiento de los animales.

Lo que también se corresponde con la enseñanza de Jesús de Nazaret quien ya indicó: “Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a los demás”. Los cristianos consecuentes aplican este principio también con los animales.

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