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Etiquetas:   La delgada línea roja   -   Sección:   Opinión

Los ricos también lloran

Antonio Pérez Omister
Antonio Pérez Omister
@esapo1
viernes, 15 de octubre de 2010, 22:00 h (CET)
Éste era el conmovedor título de un culebrón que causó sensación hace varios años y que tuvo el acierto de poner en evidencia las duras condiciones de vida por las que a menudo atraviesan los ricos ante la indiferencia de los pobres. La serie fue un éxito sin precedentes en todos los países donde se exhibió. Pobres de todo el mundo comprendieron lo mezquino de su actitud al pretender comer todos los días mientras algunos ricos tenían que renunciar a una de sus doncellas, a su masajista personal o a acudir diariamente a la peluquería para acartonarse convenientemente el tocado. Por no hablar de sus operaciones de cirugía estética y estiramiento de pellejos y liposucciones de lorzas y mantecas. Sus fláccidos cuerpos no tardaron en acusar semejante dejadez y abandono. Entonces se intentó vender el concepto de que la arruga es bella. Como en “La noche de los muertos vivientes”, momias, mojamas y reliquias del pasado empezaron a comparecer en televisión para mostrar públicamente los estragos que el tiempo había causado en sus otrora hermosos rostros y la madre Teresa de Calcuta estuvo a punto de convertirse en playmate del mes. Pero la cosa no cuajó.

Series como “Dinastía” y “Falcon Crest” reforzaron el convencimiento de lo injusto que era que los ricos tuviesen que envejecer como el resto de los mortales. Al grito de “Todos somos Ángela Channing” muchos pobres tomaron conciencia de ello inmediatamente y se ofrecieron desinteresadamente para envejecer, enfermar y morir por los ricos. Las absurdas leyes de la naturaleza, que impiden el libre mercado en semejantes situaciones y circunstancias, impidieron que el proyecto “Que otro se muera en mi lugar” se materializase. “¿No sería maravilloso poder contratar a otro para que enfermase por nosotros? ¿Por qué no han de donarnos sus órganos los pobres cuando nosotros los necesitamos?” Aterradoras preguntas para las que no había respuesta.

Aquello levantó ampollas en todos los gobiernos democráticos de Occidente que vislumbraron que una sociedad no puede ser justa e igualitaria mientras sus ricos no tengan asegurada su privilegiada condición como tales. Asociaciones para la defensa de los derechos humanos de los ricos y para la preservación de clases sociales en peligro de extinción, decidieron unirse a la causa en una gran campaña que recorrió el mundo dando conciertos y recaudando fondos.

La campaña fue un éxito particularmente en África donde se convenció a muchos desheredados de que no es necesario comer a diario, y que con un pequeño esfuerzo por su parte, suprimiendo una de esas superfluas comidas, podían apadrinar a un rico que así no tendría que renunciar a ninguna de sus comodidades.

Pero el problema estaba lejos de resolverse. En Europa, los pobres se habían malacostumbrado y ya nadie se contentaba trabajando por el placer de hacerlo. Pretendían cobrar por ello y tener días de descanso. Planteaban derechos laborales y otras abusivas exigencias como la de no poder ser despedidos en caso de ponerse enfermos. Asimismo, los salarios se habían disparado y los gobiernos intuyeron que deberían fomentar el voluntariado entre los jóvenes para hacerles ver que no hay manera más hermosa de servir a la sociedad que atendiendo a las necesidades de los ricos.

Se puso en marcha una nueva campaña de concienciación en la que se plasmaba con dramático realismo que, si bien un pobre podía pasar perfectamente con una prenda de vestir, y que con otra de quitaipón tenía solucionadas sus necesidades, esto era mucho más complejo en el caso de un rico. Si la esposa de un pobre no puede ir a la peluquería, no pasa nada. Su esposo no es nadie y ella tampoco. Además, siempre pueda peinarla una amiga o teñirse ella misma. Pero una señora rica no puede presentarse en su club de campo, o al tea-party, sin haber pasado antes por la pelu. Una Pitita, una Piluca o una Cuca no puede repetir vestido. ¡Es inconcebible!

Los pobres pueden usar zapatos de pésima calidad, y sus pies no sufren porque están acostumbrados a ello. Pero un Borja Mari, un Pocholo o un Chema, difícilmente podría calzar esos zapatones sin que sus lindos y tiernos pies se resintiesen y terminasen llenos de ampollas y callosidades.

Un país que no cuida a sus ricos, está condenado a perderlos. Los ricos son la sal de la tierra. Los evangelios apócrifos del libre mercado están llenos de ejemplos que invitan a amarles sobre todas las cosas: “Dejad que los ricos se acerquen a mí”, nos decía Bernard Madoff en su epístola a los avarientos. Algunos visionarios eremitas proclamaron que era un falso profeta, pero los fariseos de Wall Street no quisieron creerles y les acusaron de perjudicar al mercado de valores con sus jeremiadas. Luego vino el Apocalipsis del tocomocho bursátil en septiembre de 2008. ¡Los ricos habían sido estafados! Afortunadamente los gobiernos de todo el mundo acudieron en su auxilio para resarcirles las pérdidas. El dinero para “rescatarles” saldría de los salarios, de los subsidios, de las escuelas y de la sanidad pública. En definitiva: de los bolsillos de los pobres. Los pobres acabarían financiando a los mismos bancos que les desahuciaron sin compasión cuando no pudieron pagar sus hipotecas-basura. Algunos dirán que es irónico, incluso injusto. Yo digo que se trata de las leyes del mercado. Ésas son las únicas leyes sagradas por las que debemos regirnos. No importa que Jesús expulsase a los mercaderes del templo: volvieron a meterse dentro por la puerta de atrás para convertirlo en un templo pagano donde se adora a los falsos ídolos del libre mercado. Después bajaron las imágenes de los santos de sus hornacinas y colocaron las de los Botines y sus pegamoides bermellones prometiéndonos altos tipos de interés por nuestros ahorros.

Se acabó aquella soplagaitez del amor al prójimo. A no ser que el prójimo sea rico y pueda facilitarnos un aval bancario por nuestro amor. Porque si desde las instituciones y la educación pública no se fomenta el respeto y el amor hacia los ricos, éstos desaparecerán como los dinosaurios, los linces, o los contratos indefinidos. Yo creo, y esto sólo es una opinión personal, que deberían suprimirse los subsidios a los desempleados y todas las demás ayudas sociales, para rebajar así los impuestos a los ricos. Con lo que se ahorrarían podrían compensar una parte del oneroso gasto que les supone dejar propinas adecuadas en los restaurantes de lujo, o a los aparcacoches.

Desgraciadamente somos un país pobre. Más pobre que ayer, y más rico que mañana. Las bravuconadas y los sueños de grandeza de creernos una potencia económica del mundo mundial, han tenido un brusco final cuando hemos despertado de este falso sueño. Nos hemos levantado con un terrible dolor de cabeza. Una cefalea global. Un resacón de órdago producido por la borrachera del “España va bien” el “buen talante” y otras majaderías adulteradas con las que nos embrutecimos en el macrobotellón de la globalización.

No somos una potencia de nada. Más bien una impotencia de todo. Vamos de macho-man por el barrio de la vida y luego nos pega hasta el morillo que vive en el entresuelo. En el cole de Bruselas nos roban el almuerzo y los demás niños europeos nos zurran durante el recreo y no se “ajuntan” con nosotros. No importa cómo nos hagamos llamar: Aznar, Zapatero, Rajoy, Gaby, Fofó o Miliki. No nos quieren. Y sufrimos mucho, porque necesitamos ser amados y no hay nada más triste que el amor no correspondido.

Los países ricos también lloran, es cierto, pero tienen más opciones para consolarse que los países pobres. Las lágrimas de los países pobres son mucho más amargas y profundo su desconsuelo. No sólo no hemos superado a Francia en renta per cápita, sino que Brasil ya nos supera en PIB. Las baladronadas de un tonto de capirote, son aún más grotescas que las de un fanfarrón de taberna. Un necio, si además es malvado, puede ser más peligroso que un mono con un cuchillo. Al paso que vamos, pronto seremos nosotros los que tengamos que atravesar el Estrecho en patera para buscar trabajo en Marruecos.

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