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Etiquetas:   Artículo opinión  

La edad

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 15 de octubre de 2010, 06:51 h (CET)
Hace algunos años me comencé a desbarrancar cuesta abajo por la vida, que ya se sabe dónde termina. De aquí en más, sé que en cualquier lugar o al doblar cualquier esquina puedo tener un careo con la Parca, y tendré que debatir sobre qué llevo en mi mochila y por qué me desprendí de tantas cosas cuando ascendía hacia la cumbre. Pesaban, tal vez, o eran pecios de los naufragios del amor o la pasión que me recordaban el dolor o eran lías que se enredaban en mis talones, dejando apenas un tufillo de soledad en que varó la compañía de haber compartido el mismo mar con otras velas estruendosas.

Muchas, demasiadas cosas fui dejando atrás, como las huellas que conducen a quien se perdió en el desierto bajo un sol abrasador. Al comenzar el ascenso fui recogiendo cuanto el camino me ofreció, es verdad que sin pensar demasiado. Todo era nuevo, y seguí la política del cuervo: era bueno si brillaba. Sin embargo, pronto supe que el verdadero esplendor jamás se encuentra en el reflejo, y, poco a poco, se fueron convirtiendo en peso muerto las onzas de mi tesoro: un amor de casualidad, una fe heredada, una historia inventada, una sociedad ajena, una rebeldía de escaparate, mil lecturas obligadas o otras mil ensaladas que enterraban lo que era, todas ellas fueron echadas en la mochila como el fariseo echa piedras a la saca por cada misa que escucha. Al final la carga fue tanta y la cuesta tan empinada que tuve que plantearme hacer una criba. Fuera la idea que no era mía, tierra santa a los besos muertos y permitir que llegaran al puerto que desearan aquellas velas retenidas. El ascenso fue más liviano, y la vitalidad reemplazó cuantas cosas dejé camino de la cima. Conmigo era bastante para soportar la vida: fuera fes, fuera credos, fuera manías. Y llegué a lo más alto. Ante mis ojos se desnudó el mundo, mostrándome sus carnes podridas, y copulé con él, haciéndolo mío.

Pero al comenzar el descenso eché de menos lo que ya era propiedad del olvido. ¿Qué fue de aquello en lo que creí, qué de aquello a lo que recé, qué de aquellas velas que liberé o qué de aquellos amigos que dejé a un lado?... El vacío cuando inunda el vacío se multiplica, y entonces la nada es la más pesada de las cargas. Supe entonces que los hombres somos estructuras andamiadas en pretéritos, y que nada más somos aquello que ahorramos, siquiera sea morralla. Eché de menos lo absurdo y me supe desnudo de recuerdos en el descampado del olvido. No importa si se ronca, si a pesar de ello se sueña. Silencio.

Por algún milagro del deseo me convertí en un Teseo que se adentró en el laberinto y se enfrentó al Minotauro del olvido. No podía volver atrás a recoger los trastos que deseché en el camino, pero sí pude reedificar en la memoria parte de lo perdido a partir de ciertas motas que quedaban en la mochila: un olor que reconstruía besos, un rumor que izaba velas, una sombra que evocaba amigos o un éter que rescataba credos. Retornar a la inocencia es la obsesión de los viejos. La inocencia: ver el mundo y sus secretos siempre con ojos nuevos, sorprenderse ante la lluvia aun cuando se está calado, o sentir cada alborada como una caricia nueva. La edad va dejando a los hombres ciegos y los ancla en la oscuridad, negándolos la oportunidad de mirar hacia delante y permitiéndolos sólo ver lo de atrás.

Muy transitada era la cuesta de ascenso, pero la bajada, sin embargo, estaba casi vacía. Muchos, como los deshechos, quedaron atrás, en los brazos de un Morfeo que se travistió de infarto, en el vuelo cenital de un pegaso blanco o en la linde de un camino que desembocaba en el kilómetro no sé cuántos. El futuro es un mimbre que siempre sorprende porque se puede tejer ahora mismo. No se sabe en qué esquina nos está esperando, o desde qué sombra nos asaltará nuestro destino. Puede que mañana no llegue nunca o que siempre sea ahora mismo, puede que el tiempo finalmente expire o que descendamos el ascenso. La inocencia nunca pesa, lo mismo que el amor, porque son pétalos. Pesa el pesar y el desafuero, pesa el odio porque es denso, pesa la falta de osadía, pesa la tibieza y pesa acumular lo que se toca. La vida es una manca para quien sólo tiene valor lo impalpable. La bisutería de los bienes no tiene consideración para ella, ni da valor a los qué sino a los cómos, ni presta atención a los cuál sino a los porqués. Llegamos al fondo de la cuesta tan desnudos como comenzamos el ascenso, y, entonces, sólo tendrán valor nuestra cantidad de inocencia, los afectos que ahorramos y cómo y por qué vivimos. Será el capital con que paguemos a Caronte el peaje para cruzar la laguna Estigia.

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