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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Los otros y yo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 14 de octubre de 2010, 07:09 h (CET)
A veces no sé, lo confieso, qué pasa conmigo que no entiendo a los otros. Tal vez sea un problema de idiomas y, aunque parezca que hablamos el mismo, ellos lo hacen en arameo y yo en esperanto; o de credos, y ellos rezan a un Dios de dolor y de llanto, y yo llorando no rezo; o tal vez sea que tienen sequía de utopías mientras yo sigo en la osadía de creer en países posibles y paraísos amables; o quién sabe si sea que los demás pisan tierra y ven la realidad que no me concierne, entretanto yo cabalgo por las nubes a lomos de un Clavileño que se desentiende de los molinos y de gigantes.

No sé qué pasa conmigo que no entiendo a los otros, o no sé qué les pasa a los otros que no se entienden conmigo. Tantas almas atiborrando el mundo y apenas si puedo tener más de una o dos personas a las que puedo llamar amigos, una amante a deshoras o algún poeta de auroras que perdió la noche en una alborada junto a la almohada de un ripio enemigo. Vamos por el mundo viviendo, dando la impresión de que ellos y yo nos entendemos, pero ya digo que es como si ellos fueran sansones y yo filisteo, cada cual anclado en sus sueños de barro o de charcos que reflejan el cielo, en sus esperanzas sin más allá que una loto o quiniela que compense deudas, o en la suerte perra que les empujó al divorcio o a los brazos furtivos de una princesa que se trasviste de fulana para huir de su palacio de seda y galas. Ellos da la impresión de que sueñan con pan, de que esperan un plan que haga más llevadera su mísera miseria y que la rutina no les sorprenda con novedades que sobresalten sus vidas de mierda, entretanto yo busco por bares y calles, por plazas y aires almas parejas que se desentiendan de los debates rosas y las doctrinas golosas de quienes quieren dirigir la manada para sentar sus reales en la cima del mundo y agarrarse a la ubre que alimenta sus egos sin alma; y cuando encuentro algunos afines de cualesquiera confines que sienten parejo, formamos jarana, de boca en boca corre el vino divino que nos une en el destino de vivir para nada, o nos rescatamos del olvido de ser don nadies para los otros y ser para nosotros nada más lo que somos, ocupando despacio un espacio en los márgenes de este cuaderno emborronado de corruptelas y medias verdades en que da nuestro desconcierto.

No sé qué pasa conmigo que no me gusta el fútbol y me parecen barbarie los toros, que no me interesan los avatares de las vidas frikis de esos ídolos de barro con que las almas normales entretienen su tedio, ni creo en el pánico, ni me atemorizan las alarmas a un inmediato apocalipsis. Demasiado me ocupa la ingente tarea de no ser nadie, y demasiado breve es la estadía en esta vida que no sé en qué mar desemboca como para ocuparme de lo importante y olvidar simplemente lo bello: respirar, por ejemplo, o sentir que respiro; o mirar no a lo alto, sino a quien camina a mi lado, tal vez; o escuchar no las arengas de los bancos con sus TAEs y réditos o las ventajas de la bolsa que pregonan los voceros del Gobierno, sino las décimas de los que sueñan o los sonetos de quienes viven sabiendo que lo hacen, sin ir más lejos. Después de todo, siempre hubo presidentes o dictadores igual de malos para el mandado, fórmulas o sistemas de gobierno que son las modas que para conseguir lo mismo imponen los tiempos, y ricachones y banqueros que viajan en espléndidas carrozas con los dineros confiados por los ingenuos, y sé que no puedo cambiarlo, que me faltan fuerzas para otra cosa que para darles lo poco que tengo, aunque, de vez en cuando, me escaqueo y se lo niego y lo gasto en vino, en mujeres que me quieren o en amigos que hacen a mi lado mi mismo camino, no sé si yendo al mismo horizonte o al mismo destino.

No sé qué pasa conmigo que no entiendo a los otros, y tampoco me importa. Sé que aun en multitud nací solo y que solo he de enfrentar mi última hora; que la vida no es más que un largo camino en que el destino a veces te pone un peregrino que te acompaña un trecho, y luego se va y te deja tan solo como antes, y se sigue andando no se sabe hacia dónde, a no ser almacenar en el alma paisajes y paisanajes, trinos y tonos, inclemencias del tiempo y del cuerpo, y clemencias de un Dios que nos regala alboradas luminosas y noches estrelladas que nos muestran con sus destellos las notas del más magnífico concierto. Sé que soy polvo que lucha con denuedo por regresar al polvo del que vino; pero, entretanto, goza la vida breve, goza el amor furtivo, goza al amigo y goza la propia existencia que regala más quebrantos que seguridades. Y en esa incertidumbre de hombre que siente voy adelante, camino y camino sin saber adónde, a no ser hacia allá, a lo lejos, un poco cerca de aquel siempre distante horizonte donde quizás hay un destino que tiene mi nombre y en el que tal vez todos mis desatinos tendrán entonces sentido. No sé qué pasa conmigo que no entiendo a los otros, o a los otros que no se entienden conmigo.

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