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La certeza de la nada
Mario López
Hoy mismo me conformaría con perpetuarme en este instante, vivir este momento eternamente. Pero, lamentablemente, sé que en otro ahora me encontraré leyendo estas líneas publicadas en mi columna. Y luego llegará otro ahora, y otro, y otro... en una cadena aparentemente interminable. Hasta que finalmente la nada me engulla en una eternidad sin tiempo, sin eternidad, sin nada. Tantas veces habría dado cualquier cosa por huir de este instante, y ahora daría lo mismo por perpetuarme en él. Así son las cosas cuando uno anda escaso de futuro, de la fantasía necesaria para hacerse ilusiones. Fuera de mí se agita el mundo sin cesar. Ya no, eso era antes. Ahora es otra cosa. La política con su lenguaje de gestos. Los escaparates y las vallas publicitarias. La prensa escrita, la radio, la televisión, internet. Vías de agua imposibles de cerrar en el casco de un universo que se inunda irremisiblemente.
Apenas nos da tiempo de ponerle nombre a nuestra era. Los principios y los finales se juntan en un tiemplo que se pliega como el fuelle del acordeón; como los nuevos campeones del mundo de motociclismo que aún no tienen la edad legal para conducir una motocicleta. Lo nuevo con lo viejo se funde, como el vómito y las heces de un enfermo en plena convulsión regurgitante. La globalización no es más que una manera de llamar al último espasmo de la bicha. Nos afanamos en vivir. No sabemos hacer otra cosa.
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