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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Las ministras feministas no aceptan las críticas

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 11 de octubre de 2010, 00:57 h (CET)
En su conocida obra, Faust, el genial poeta y dramaturgo J.W.Goethe dejó escrito un pensamiento: “Cuando caminamos hacia la morada del diablo, la mujer nos precede a cien pasos” que, a pesar de los años transcurridos desde su muerte, sigue teniendo una vigencia mayor en la actualidad. Y es que, seguramente, por impacto de las corrientes feministas, aireadas por las activistas de la guerra de sexos, que han conseguido clavar su pica en Flandes, en esta ocasión y de forma metafórica, referida a esta sociedad en la que nos desenvolvemos; el colectivo de las mujeres ha impuesto, con inusitada virulencia e intransigencia, un cambio que ellas denominan como “defensa de los derechos de las mujeres”; pero que, en realidad no es más que una galopante, desmadrada e intransigente campaña para arrebatar, por todos los medios posibles, el lugar que ocupaban los hombres en la sociedad, para instalarse como las posibles “salvadoras” de la civilización. No sabemos si, por mor de un retorno a una nueva forma de matriarcado ( distinto al de la sociedad romana, por supuesto) o, es posible que, debido a un progresivo afeminamiento del llamado sexo fuerte, que parece que se está inclinando, cada vez más ( los armarios que tenemos en España son ya insuficientes para contener a tanto afeminado), a esta fórmula de la homosexualidad que puede que les resulte más “satisfactoria” y menos comprometida que la, cada vez más dificultosa y peligrosa, relación heterosexual. Lo cierto es que estamos asistiendo a una transformación de toda una cultura, en la que parece que se están volviendo las tornas. Es obvio que, en esta nueva etapa social, el papel del hombre ha quedado reducido al del malo de la película al que el cheriff del condado (las mujeres) pretende ponerle las esposas para apartarlo de la circulación. Evidentemente, a los que ya peinamos canas –las que nos quedan –, todos estos nuevos modelos familiares, que ahora parecen ser tan corrientes, estos que han puesto patas arriba al pobre Código Civil, –que va a tener que enfrentarse a toda una pléyade de situaciones inéditas que, si Dios no lo remedia, pueden llegar a ser tan numerosas que, de por si, llegarán a constituir una asignatura aparte en la carrera de Derecho –; superan nuestras facultades de asimilación y no conseguimos sintetizar el porqué de una transformación tan radical de este mundo en el que nos ha tocado vivir. Las mujeres, no obstante, parece que se sienten realizadas en él.

A lo que vamos. En realidad, lo que nos deja perplejos es la inconsecuencia, esta frivolidad con la que las mujeres son capaces de hacer, a la vez, una cosa y su contraria, esta capacidad de argumentar el haber estado postergadas por lo que ellas definen como “machismo” durante siglos; reclamar su derecho a igualarse a los hombres; pedir su inclusión, con los mismos derechos, en todas las facetas de la sociedad moderna; pedir que se las permita participar en el Ejército, la policía, los Consejos de Administración y los deportes que hasta ahora eran privativos de los varones; demostrar que son tan fuertes, tan inteligentes y tan dispuestas como los del género contrario para enfrentarse a cualquier contingencia de la vida con los mismo éxitos o fracasos que los hombres; y, a la vez, utilizar su debilidad, su condición de hembras para defenderse de los hombres. Esta es, sin duda, la argumentación de este feminismo que ha decidido presentar la batalla definitiva a los del género opuesto. Hasta aquí la teoría, la cantinela con la que “las miembras” del feminismo, como diría la señora Aído, nos machacan cada día en su empeño de convencernos de que son igual de capaces o más que los hombres para desenvolverse en cualquier teatro de operaciones. Sin embargo, vean ustedes lo que sucede cuando alguien se atreve a hablar mal de ellas, cuando un hombre emite una opinión sobre su comportamiento o cuando estiman que no se les reconoce el mérito que ellas, por definición, pretenden tener; no por su buena preparación; no por su inteligencia ni a causa de sus dotes para cualquier actividad; simplemente, por el hecho de ser mujer, como si todas ellas estuvieran cortadas por el mismo patrón y, por el único hecho de pertenecer al sexo femenino, ya tuvieran un plus añadido que las pondría por encima de los varones. Esta ha sido la argumentación para los famosos “cupos” esto que, de una forma especialmente artera, los tribunales, en una muestra más de la descomposición de la Justicia en España y de las interpretaciones sesgadas de la Constitución, han pretendido entender como una “discriminación positiva” ¡como si cualquier discriminación, por propia definición, pudiera ser positiva!

Una muestra de la forma en la que las mujeres, en especial estas feministas- ministras que forman parte de este Gobierno que padecemos, a las que añadiremos por méritos propios a esta pija, de familia acomodada, conocida en política como Leire Pajín; entienden como se las debe tratar, la hemos tenido estos días en un hecho curioso a cargo, esta vez, no de un miembro de la oposición, sino de una personalidad de su propio partido, el PSOE, y no una persona cualquiera, sino un señor del peso de don Alfonso Guerra, el azote de la Derecha, el ojo derecho de Felipe González y uno de los llamados “padres de la patria”, por su intervención en la redacción de la Constitución de 1978. Y es que, el señor Guerra, se “atrevió” a criticar, con razón, lo sucedido en las primarias del PSOE en Madrid; en las que, tanto ZP, como Blanco y Rubalcaba se decantaron ostentosamente por la candidatura de Trinidad Jiménez, la que falló estrepitosamente como es de dominio general. El señor Guerra criticaba que, con la victoria del señor Gómez, parece que todos lo hubieran promocionado y todos se apuntasen a la victoria, incluso aquellos que han salido escaldados del evento. Utilizando su forma satírica de expresarse, el señor Guerra se refirió a Trinidad Jiménez como la “señorita Trini”. Nunca lo hubiera dicho. Toda la trouppe femenina del partido, encabezada por Leire Pajín y seguida de la Aído, González Sinde, Corredor, Garmendía y la propia . Jiménez, se pusieron en pie de guerra en contra de don Alfonso, que se ha visto obligado a precisar que en sus palabras no había ninguna intención peyorativa.
Como argumento, alegaban que no le habían escuchado decir a Guerra “señorito Gómez”, aludiendo al vencedor de las primarias madrileñas. Vamos a ver, sulfuradas señoras, o jugamos todos con la misma baraja o hacemos trampas todos; porque si, de verdad, quieren ponerse a la altura de los hombres, deben ustedes prescindir de estos tics femeninos, de esta piel tan delgada, de esta reacción tan “femenina” de sentirse ofendida ante cualquier expresión que se emplee para calificarlas y empezar a poner callo, a aguantar la crítica, incluso si es ácida y a soportar, sin pestañear, que se las juzgue por sus actos y no, como pretenden, por su condición femenina. Estoy convencido de que, el señor Gómez, a diferencia de esta jauría enrabietada, no se hubiera tomado a mal que Guerra lo hubiera nominado como “señorito Gómez”, en todo caso se lo hubiera tomado a broma y, es posible, que hubiera contestado con algo así como “Este cabronazo de Guerra no tiene cura” y todo solucionado, porque este es el lenguaje entre personas que no se toman la crítica como algo personal y peyorativo para su género. Ya empezamos a estar hasta las narices de estas gilipolleces de que, cuando a cualquier mujer, sea en un enfrentamiento por una cuestión circulatoria, sea por una intervención pública o por una lícita crítica contra sus actuaciones profesionales o sus capacidades para la gestión que realizan; utilicen siempre el latiguillo de “machista”, como una forma de defensa que excluye, de inicio, el entrar en el fondo de la cuestión que ha provocado la confrontación. Si quieren ser como los hombres, que aprendan a encajar las críticas, los trances de la política y los altercados en las cámaras, con la misma filosofía, entereza y sentido de sus responsabilidades de los hombres.

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