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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Mal haya

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 12 de octubre de 2010, 00:45 h (CET)
Aunque no suelo prestar atención a los debates políticos televisivos ésos que intoxican la opinión pública regalando el veneno de una tendencia política envuelto en los papeles de colores del famosillo opinador de esa cuerda, el otro día no pude por menos que permanecer un rato viendo un programa en que los adoctrinadores se graneaban con cierta ferocidad un fuego inhabitualmente acerbo. El debate iba sobre el llamado Caso Malaya y sus implicaciones en la España de la corrupción institucionalizada que nos arroba desde aquellos luctuosos años 80 en que ciertas huestes alcanzaron el poder y dieron la vuelta a la tortilla. Traiciones, comisiones, cohechos, compras de jueces y policías, acosos, persecuciones, amenazas, comisiones ilegales, mafias internacionales campeando por sus fueros, especulación salvaje, involucración política de incluso partidos políticos, vistas gordas de las autoridades ante el flagrante delito y mil lindezas por estilo adobaban el debate, pareciendo por momentos que estaba presenciando un careo sobre las influencias y el poder real de la mafia siciliana y la camorra napolitana, si es que no de las andanzas delictivas de don Vito Corleone.

Ya digo que no suelo ver estos programas porque sé que los opinadores son los portavoces de los partidos que los promocionan y sufragan, y porque no tienen interés para mí los pareceres de bote de quienes se sabe son voceros de tal o cual tendencia; pero, sin embargo, cuando apoyados en algún experto que estaba siguiendo con exacerbado rigorismo el caso desde allá por cuando amaneciera, y quien aportaba datos comprobables que, en el mejor de los casos, eran escalofriantes, permanecí largo rato estupefacto ante la pantalla, incapaz siquiera de pulsar el botón de brujuleo del control remoto de la tele. ¿Era de mi España de la estaban hablando?... ¿Realmente era mi país ése del que se decía que se tuvo que acometer esta operación desde otro rincón de España porque la corrupción era tal que aquello era casi un Estado independiente y mafioso?... ¿Era mi país ése del que hablaban, en que poco menos que se insinuaba que la población era como el ganado o el grupo de esclavos inocentones que sostenía y alimentaba (con su voto y sus impuestos) a una recua de delincuentes que se travisten con las ropas de ciertos partidos, y a cuyas tinieblas afamados personajes reconocidos en medio mundo como solventes estadistas han hecho impúdicas fortunas?... ¿Realmente estaba escuchando bien, o quizás en los días que vienen veremos cómo honorables policías arrestan a todos aquellos difamadores que tales mentiras vertían sobre mi país?...

Sí; ciertamente hablaban de mi país, no había la menor duda. Y lo hacían, poco menos que figurando a ciertos partidos como organizaciones equiparables a ciertas mafias que pretendían controlar un predio en el que desarrollar su actividad delictiva, así para forrarse con el dinero de los ciudadanos y los haberes públicos como para organizar una red de poder en el que todas sus criaturas estén más o menos agarrados a un pezón patrio del que mamar de por vida. Un escenario en el que, según dejaban ver, había pocos o ningún inocente, y en el que incluso se arreglaban las leyes para que tales o cuales actos criminales no fueran delitos, no pudieran ser investigados o, simplemente, si algún juez se pasaba de legal, hubiera quiénes fueran con el soplo y los criminales se blindaran. ¿Y qué como resultado previsible de ese juicio que según los intervinientes se alargará hasta la vida eterna?...: pues que quedará en tablas porque la mayoría de los delitos, o eran imposibles de ser demostrados, o la red estaba tan intrincada que jamás se podría llegar al corazón negro de la organización, aunque todos dejaban caer sin decirlo nombres y apellidos que daban pánico, o, sencillamente, no convendría llegar a sus últimas consecuencias porque el mismo Estado y el sistema estarían en no entredicho, sino definitivamente desacreditados. En fin, que lo más probable es que por conveniencia política condenarían a un par de bindundis más o menos mediáticos, y listo, a seguir todo igual ya sea en esa, en otra o en todas las demás plazas patrias, ya que entre ellos se acusaban de que si éstos aquí, esos allá, abarcando toda la geografía nacional.

Tengo mis propias fuentes –en otra dirección, y ya expresadas hace años en “Sangre Azul (El Club)”-, y, añadidas a esto, el panorama de mi país no puede ser más desolador ni más desalentador. Lo que desde aquellos fatídicos años ha pasado en mi país no ha sido sólo la institucionalización de la corrupción, sino el derrumbe de cualquier clase de honestidad, ya sea ideológica o moral. Izquierdas y derechas, dejaron por esas fechas de tener sentido alguno para quedar todo comprendido en una masa de intereses espurios donde algunas mafias con semblante partidario que se hacían con el poder por los dineros y el control de la población, sirviendo a amos ciertamente inconfesables. Reparto de beneficios y territorios, bien se ve, entre familias que figuraban ser políticas para engaño del rebaño.

Entretanto y ante mi estupor, con la mayor naturalidad los opinantes continuaban aportando datos, botando acusaciones de uno a otro partido pero, en cierta forma, coincidiendo todos en que era un juego empatado en fuerza por los contrincantes que jamás resolvería el encuentro en más allá de cierta alternancia entre esos dos jugadores que usan los instrumentos del Estado allá donde los tienen para atacar al otro y defenderse o inmunizarse a sí mismos, entretanto a la población le endulzan su estar en la cadena de pagar el impuesto de protección con arengas para ingenuos, si es que no para tontos.

Algunas veces, desde esta misma columna, he sostenido que hablar de derechas o de izquierdas es un lenguaje tan caduco como anacrónico. Hoy, sólo existen intereses espurios, dineros de los que apropiarse (si no entendí mal, parece ser que incluso los dos grandes partidos han convenido en que deje de ser ilegal la financiación ilegal de los partidos), y poder para manejar a un rebaño de contribuyentes a sus intereses. Nada limpio u honesto permanece ya bajo la cúpula celeste, a nada se aspira en las almas que sea loable o plausible. El hombre de la calle sestea en la ignorancia voluntaria mientras las mafias políticas (que son iguales que las otras) se disputan truculentamente su voto para que controle el mercado tributario, urbanístico y de licitaciones públicas uno u otro capo. Mal haya la Malaya que corre el riesgo de despertarnos y que, despertados de nuestro letargo, podamos ver con hondísimo pesar que ni aquí ni allá pasará nada y seguiremos en las mismas, sólo que cada vez peor.

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