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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El sufrimiento

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 11 de octubre de 2010, 00:26 h (CET)
Nuestra sociedad está basada en el sufrimiento. Sufrimiento para los católicos (…en este valle de lágrimas…), sufrimiento para los cristianos (hasta Dios-Cristo sufrió martirio), sufrimiento para todos los credos religiosos (con sus infiernos y narakas) y para el mundo en general en lo rutinario, desde aquel afamado “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” (si te dejan), a ser carne de cañón por la patria, de sobrepresión por la escuela y desdichado (de ahí el número de divorcios) en el matrimonio. Sufrimos al nacer, y morimos sufriendo. Dolor es lo que produce el primer llanto, dolor lo que multiplica las lágrimas sobre las risas, y dolor es el canto de despedida que libera el último humor de nuestros ojos.

El hombre ha aceptado de tal forma su trágico destino que, de no ser verdad que estemos condenados al dolor, por su propio miedo lo ha convertido en su signo. Por eso goza con cuando duele, más allá de quienes padecen, sabiéndolo o ignorándolo, la perturbación mental del sadismo o el masoquismo. La guerra, y con ella la muerte, es el gran espectáculo de la Historia; la muerte como entretenimiento, el gran espectáculo de la paz, ya sea en las noticias de sucesos o como simple ocio cultural.

No me sumo a ninguna corriente novedosa si digo que estoy contra hacer de la sangre, el dolor y la muerte un espectáculo, porque ya lo he dicho por escrito en mis novelas desde que escribo, y de eso hace ya muchos años. Sí; ciertamente estoy contra los toros, aunque no los prohibiría si no se prohíbe también todo lo demás que, a mi juicio, es igual de canallesco o aún peor. La caza llamada deportiva, por ejemplo; o la pesca, verbigracia; o aun los zoológicos, esas cárceles inhumanas y depravadas en las que se adiestra a los niños y a los ingenuos en que los hombres, porque son la especie dominante, pueden ser tan crueles como les plazca con todos los demás seres vivos, y humillarlos, someterlos y sacrificarlos.

Nada hay de honorable en la caza, la pesca o los zoológicos. Así como el golf es el medio que utilizan para cerrar negocios buena parte de los grandes constructores y otras especies especuladoras, la caza no es sino el artificio sangriento, la ceremonia de sufrimiento y muerte que usan los grandes traficantes de influencias y los conspiradores del Estado. Nada hay de honorable en matar a una bestezuela que también tiene su vida y sus emociones desde un puesto en el que, cómodamente sentado, el dios de plastilina dispara su arma con mira telescópica… porque disfruta con la muerte de lo que sea, y, ya que no se tiene otra más a mano, vale con la de una bestia que Dios hizo tan libre como al propio hombre. Cuando se puede, sin embargo, como sucediera en la Guerra de los Balcanes, no faltan los cazadores que pagan millonadas por hacer eso mismo con seres humanos –hombres, mujeres o niños, tanto da-, haciendo los vendedores de puestos de francotirador en ciudades como Srebrenica u otros infiernos por el estilo, auténticas fortunas satisfaciendo la ansiedad predadora de estos desalmados.

Nada hay de honorable en matar, ni de regenerativo en la sangre (de haberlo, ya seríamos todos santos), ni de compensador en el sufrimiento. Los hombres deberíamos liberarnos de nuestro pánico a la libertad y aceptar que hay más caminos que el del dolor, y mucho más amables. Tal vez, viendo a esas criaturas que autistamente miden con pasos contados su jaula en los zoológicos, condenados de por vida sin haber cometido otro delito que ser bellos, podríamos transliterarlo y vernos a nosotros mismos encerrados en nuestra jaula de dolor y pánico, de sufrimiento pasado y sufrimiento venidero. Es posible nacer para ser felices, y es posible vivir sin hacer sufrir. Existe la posibilidad de amar también, la de gozar sobre el dolor y la de la sonrisa (no de la risa) sobre el llanto.

Hoy que la Física Cuántica está rozando las fronteras de una nueva concepción de la Creación, comenzamos a sospechar, tal vez a confirmar, que en realidad son nuestros deseos más profundos los que conforman nuestra realidad física. Nuestras emociones, por mecanismos que no entendemos del todo todavía, mueven esos mampuestos subatómicos para conformar la cárcel física en que nos presidiamos. Y como nuestras emociones están resignadamente ancladas en el sufrimiento y el dolor, sólo dolor y sufrimiento proyectamos hacia nuestro entorno y hacia el futuro, condenándonos nosotros y condenando a los que nos sigan. Por eso son un fenómeno cultural los toros (ya son miles de años que son toreados de una u otra manera), en la misma medida que la guerra, la tortura y la muerte son también fenómenos culturales, pues que llevan millones de años siendo celebrados en todos los rincones de la Tierra. No sé si algunas Comunidades Autónomas querrán declarar bienes de interés cultural, además de a los toros o esa Fiesta Nacional, la tortura, la muerte, la guerra o ese odio tan ancestralmente cultura que los españoles profesamos a todos nuestros semejantes. Cultura es, desde luego.

Tal vez, sólo tal vez, lo que sucede no es que estemos en la vida, sino que ella ya pasó y estemos ya en el Infierno, condenados a repetir una vez y otra nuestra tragedia hasta que comprendamos nuestro error; pero el pánico hacia nuestra libertad creativa nos impide ver que sólo el amor puede apagarlo. El amor hacia nosotros mismos, pero en la misma medida que hacia el resto de la Creación.

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