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La encrucijada del baloncesto europeo

Miguel Terroso
Miguel Terroso
sábado, 9 de octubre de 2010, 08:05 h (CET)
El triunfo del Regal Barça sobre Los Angeles Lakers (victoria que, sin querer quitarle el mérito a los de Xavi Pascual, hay que relativizar por la diferencia abismal de preparación física entre uno y otro equipo, sin querer meterme en terrenos más pantanosos como la motivación o la actitud defensiva) parece haber borrado de un plumazo las inequívocas conclusiones que se sacaron del Mundial de Turquía como la abismal diferencia existente entre Estados Unidos (capaces de ganar el campeonato sin apuros con un equipo que distaba bastante de contar con los mejores jugadores de la NBA) y el resto del mundo.

Y es que, en cierto modo, con la visita de Los Angeles Lakers no he podido evitar volver a reflexionar sobre un tema ya muy hablado de un tiempo a esta parte por los aficionados al baloncesto. No es la hipotética conferencia europea en la NBA, sino el modelo que se está amasando para la Euroliga, la máxima competición continental de clubes. Su esfuerzo por conseguir una competición sólida, viable económicamente y con amplio respaldo mediático es muy loable, pero pueden dejarse, o haberse dejado ya, demasiadas cosas por el camino en el afán de hacer crecer al baloncesto europeo.

En primer lugar, la Euroliga no es una competición análoga a lo que puede ser la Champions League en el fútbol, en la que en cada edición la juegan los equipos que han hecho méritos para clasificarse durante la temporada anterior. En la Euroliga, hay 13 equipos que disfrutan de una licencia de larga duración, es decir, para varias temporadas, ponderando aspectos como los resultados deportivos, la masa de aficionados o los ingresos televisivos, otras 10 licencias son anuales en función de los méritos de la anterior campaña y la restante, hasta completar los 24 equipos participantes, corresponde al ganador de la Eurocup.

De esas valiosas 13 licencias, 4 corresponden a equipos españoles (Regal Barça, Real Madrid, Unicaja Málaga y Caja Laboral Vitoria). Se dan dos circunstancias muy a tener en cuenta llegados a este punto. Una de ellas es que el máximo número de participantes por país es de 5, y la otra es que el Power Electronics Valencia consiguió ganar la Eurocup esta pasada campaña, por lo tanto ya estaban las 5 plazas cubiertas disponibles para equipos españoles. Pero un conflicto de mucha consideración se habría desatado si se hubiese dado el improbable caso de que el campeón de la Liga ACB hubiese sido un equipo diferente a esos 5. En una situación tan espinosa, habría sido la FIBA la encargada de elegir al equipo que habría tenido que quedarse fuera, una situación surrealista y que con toda seguridad iba a generar un conflicto de mucha envergadura.

Pero no es una situación tan rocambolesca lo peor del modelo ideado por la FIBA. El mayor daño que el sistema de las licencias A genera es en los equipos aspirantes a convertirse en la alternativa de los equipos más poderosos en este país. Un modelo que sistemáticamente cierra las puertas de la máxima competición continental al resto de equipos supone un hándicap muy importante de cara a obtener patrocinadores importantes y a ilusionar a una afición que al final se acaba cansando de que el techo esté en llegar a cuartos de final de los play-off.

Muchos piensan, y no tengo reparo en incluirme entre ellos, que las licencias A suponen un primer paso para crear una competición cerrada a nivel Europeo, con la esperanza de que desde ese modelo se pueda vender un producto similar al que la NBA vende en Estados Unidos. Pero hay varias circunstancias que no se pueden soslayar al hablar de este tema. En primer lugar es la gigantesca desigualdad existente entre los mismos equipos que son habituales en la Euroliga. Regal Barça, Panathinaikos, Olympiakos, CSKA Moscú y en menor medida Caja Laboral Vitoria y Maccabi Tel-Aviv los principales y casi exclusivos protagonistas de las Final-Four de los últimos años (con alguna excepción), a distancia casi insalvable en recursos económicos.

Otra, quizás más importante, es el factor de la identidad. En Estados Unidos no existe un apego tan grande por sus equipos como puede existir en Europa. De hecho, la única franquicia americana que no ha sufrido un cambio de localización a lo largo de su historia son los Boston Celtics. El resto, por diferentes motivos, han emigrado a otras ciudades en busca del dinero o los aficionados de los que no disponían con anterioridad. Eso es algo impensable en España y el resto del viejo continente, donde el valor sentimental y de identidad de los clubes es muy elevado. Una Euroliga cerrada supondría la no participación en la liga doméstica de Regal Barça, Real Madrid, Unicaja y Caja Laboral, lo que supondría una devaluación de la Liga ACB casi irreversible (consciente de ello, Eduardo Portela, el presidente de la misma, ya ha mostrado su disconformidad con el modelo ideado por la Euroliga) teniendo en cuenta que parece complicado que un seguidor del CB Granada o del CB Valladolid renuncien a su equipo y a su sentimiento solo por poder disfrutar de una competición continental de la que solo van a poder sacar tajada 24 equipos privilegiados elegidos de antemano. Y por supuesto, habría que ver si los grandes del baloncesto europeo estaban dispuestos a aceptar un tope salarial en aras de una competición más justa y equilibrada.

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