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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Por un Ministerio del hartazgo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 8 de octubre de 2010, 22:00 h (CET)
Que en España sobran ministerios no es decir nada nuevo, porque los hay que nadie sabe para qué sirven, más allá de clocar a las criaturas del partido para que puedan dar rienda suelta a las simplezas sus titulares; sin embargo sí es nuevo apuntar que, pese a la crisis inventada ésta que nos devora el futuro, es imprescindible crear un par de ellos: el de la Corrupción, por ejemplo; o el del hartazgo, sin ir más lejos. Costará mucho dinero, no digo que no; pero merecería la pena poner algo de orden en el desconcierto, y, ya que por lo que se ve hay tanto político cuestionado por la cosa de la corrupción, no estaría de más regularla un poco, pues que tan “normal” es en nuestra vida política que rara es la semana en la que no saltan un par de casos en los que algunos cargos elegidos democráticamente han resuelto su porvenir en un pispás y un par de licitaciones. A lo mejor, hasta salen culpables y pasan dos o tres años entre rejas, pero con la vida resuelta, eso sí.

Este ministerio, ya digo, me parece imprescindible; pero no me lo parece menos el del Hartazgo. No conozco a nadie que sea pensante y que no esté hasta la corinilla de esta aberración política que vivimos, que es lo más parecido a hacerlo con los dedos metidos en el enchufe. Aquí, que nos estamos cayendo a pedazos como si tuviéramos la lepra, los hay que se dedican día sí y día también a cuestiones de mucha enjundia, tales como plantear el debate social de que si la voz “señorita” es ofensiva o no, si debemos liquidar nuestro idioma vulnerando todas las leyes gramaticales y teniendo que añadir siempre el femenino a renglón seguido del masculino cuando se habla de genéricos o gentilicios, o si los preservativos que se regalan en las regiones más deprimidas de España deben tener sabores o no. Cuestiones capitales, en fin, que nos tienen a todos de los nervios, y con unas ganas de que venga el apocalipsis, aunque nada más sea, que para qué cuento. No me extraña, pues, en esta tesitura, que el número de suicidios en España sea mayor que el muertos en la carretera, pongo por caso, y ya muy próximo al número de defunciones producidas por el cáncer o el infarto de miocardio. Si vivir es tener que escuchar cada día a Zapatero, la señá Trini, la señá Aido o la señá Sinde, como que no, vaya.

Y es que no es para menos, palabra. A uno, cuando escucha hablar a la señá Trini o al señor Zapatero, le entra una cosa que no sabe ni puede siquiera definir, pero que es algo así como un ahoguío a lo bestia. Pero, bueno, ¿y a éstos quiénes les puso ahí donde están?..., ¿la democracia?..., pues a lo mejor va siendo hora de que nos planteemos otro sistema porque éste, entre los personajes que eleva al poder y la maña que se dan los miembros electos en meter la mano en la caja o en hacer licitaciones al tresbolillo que les faculten para una vida de mucho relajo y mayor molicie (en chalés despampanantes, eso sí, y con casitas en el Caribe o en Riviera Francesa), estamos que trinamos, valga el símil. Pero es que si metemos a la señá Aido o a la señá Sinde en el baile, la cosa es como para tirarse de los pelos hasta procurarse una legítima alopecia. Nuestra realidad de hoy, nuestra actualidad política, es más de lo mismo desde hace ya seis años, y no se avanza ni un pelín en dirección alguna que no sea el precipicio. Como para desesperarse, vaya.

Permítanme que sea el agorero o el garbancito negro –que es mi papel- y que les diga a estos señores que si todo lo que se les ocurre es esta basura con la que inundan los medios de comunicación, y si toda las Justicia contra la corrupción es el que no pase nada de nada a los manguis, más allá de ser comedilla de programas cotilleo, como que mejor nos dedicamos a otra cosa. Habría que decirles que “señorita” es una voz recogida en el DRAE –que no es comestible ni navegable-, que los masculinos en los gentilicios o en los genéricos es una norma gramatical, al menos de mayor valor que esas leyes absurdas que ellos hacen con el hígado, tales como prohibir fumar, meterse en el ámbito doméstico a regular la convivencia entre padres e hijos o a cómo o cómo no conducimos y si, haciéndolo, nos metemos en dedo en la nariz.

Hartos, nos tienen hartos con sus simplezas insoportables y su infinita vacuidad. Con planteamiento como los antedichos, nada hay de extraño que un sesudo lector como el señor zapatero se meta con tal acierto al ruedo de hacer panegíricos sobre el Premio Nóbel concedido a quien probablemente no ha leído –por mi parte nunca pude, porque me resulta infumable y sus obras un ladrillo de tomo y lomo- y tanto más cuando ni se le ocurre qué decir que no sea una colección de simplezas amontonadas sin ton ni son. Todos sabemos que el Cervantes, el Nacional de Literatura, el Nóbel y aun el Planeta o el Alfaguara serán lo que sean, menos premios honorables, o, si no, ahí tienen al guerrero Obama instituido sin mérito como Nóbel de la Paz, de la misma forma que como tales se nombró a Begin y a Asat. Si Delibes no lo recibió, si no recibió Cervantes (aunque no estuviera inventado), Willimas Sakaespeare o Miguel Hernández –por citar sólo unos casos- ¿dónde va éste, con esa colección de simplezas?... Mentira, es todo una simple, infinita y aburridísima mentira que nos ha instalado de pleno en el erial del hartazgo. Pero, claro, ¿y qué otra cosa podemos esperar con talentos semejantes dirigiéndonos?... España saqueada, infinito; condenados, pocos. Crisis galopante, cinco millones y medio de almas (contadas las que han sido burladas a la estadísitca); soluciones no sólo ninguna, sino que sólo han servido nuestros próceres para multiplicar el daño. Bla, bla, bla, y sólo cosas sin sustancia, artificios de policastros y demagogia. Un ministerio de la Corrupción, por favor, es lo que hace falta ya, y otro del Hartazgo, y dejarse ya de disimulos. O, a lo mejor, lo que pretenden es empujarnos a todos al suicidio por desesperación, y solucionar así el problema del paro.

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