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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Virus

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 8 de octubre de 2010, 06:57 h (CET)
Por delante vayan mis excusas a mis lectores por esta ausencia de varios días. No ha sido una cuestión personal o voluntaria, sino una imposición del sistema lo que me ha retenido lejos de mi columna habitual. En fin, que se me resfrió el ordenador a causa de un virus, y tuvo casi una muerte súbita. En la UVI de mi despacho fue precisa la concienzuda intervención de los sabios de la informática para reanimar lo que todo hacía parecer un cadáver; pero, gracias a Dios y a las manitas de estos expertos en destripar ordenadores, lograron localizar al escurridizo virus y darle un merecido matarile.

En estos tiempos que vivimos los ordenadores son un poco nuestra vida. Por más que hagamos copias de seguridad en discos duros externos y lo que sea (a menudo copiando los virus que ignotamente sestearán hasta que un bostezo criminal les arranque de los brazos de su Morfeo virtual para proseguir su andadura atilense), si el ordenador nos peta, estamos listos. En el mejor de los casos perderemos unos cuantos días de vida, si es que hemos sido previsores y al menos sacamos una copia de seguridad por semana; pero si no, podríamos perder toda la vida entera o gran parte de ella. Una lástima que la dictadura de la modernidad nos fuerce a grabar nuestra existencia en materiales tan extraordinariamente volátiles.

En fin, el caso es que como la operación fue larga y tendida (cinco días exhaustivos con sus noches para lograr recuperar algo más de 300 gigabits de información), tuvieron ocasión de informarme de cómo y por qué suceden estas cosas, toda vez que mostré mi absoluta perplejidad porque algún desaprensivo dedicara su tiempo vital a crear virus informáticos que destruyan en un porque sí las vidas de los demás, siendo que a esos “demás” ni los conocen siquiera y, en consecuencia, nada pueden tener contra ellos. Me desengañaron los técnicos, y hasta se echaron unas risitas por lo bajini, burlándose de mi inocencia de mamón de la red. “La red es el negocio de la información”, me dijo con suficiencia, “y el único sentido de ser que tiene, es espiarle sin tenerse que mover de sus despachos. Control de población”, sentenció.

Parece ser que hay varios tipos de productores de virus. Por lo pronto, tenemos a ésos que son los mismos que fabrican los programas y los aparatos, eso que se ha dado en llamar software y hardware. Contaminan los equipos y destruyen sus programas, y, así, más programitas y aparatos que vender. Una gloria, pero que, dicho en sus palabras, es lo mismo que lo de las farmacéuticas: te causan la enfermedad y te venden la cura. Todo un prodigio de la mecánica del mercado, y los ciudadanos sabemos mucho de esto cuando comparamos a esos virus de ceros y unos con los de la gripe aviar, la porcina o la de la santa madre del Misterio, y los ceros y unos de réditos que les procuran a las farmacéuticas.

Luego están los de los espías: esos personajillos que te odian o que quieren meterse en tus sitios y en tu ordenador, y, para ello, o hacen un programa que haga el trabajo sucio o contratan a un sicario informático que lo haga por él. Doy testimonio de que mi antivirus continuamente me está advirtiendo de intromisiones de personas o direcciones de IP que ni conozco, seguramente tratando de obtener información sensible o, quién sabe, si intentando descubrir mis fuentes de información, que son extraordinariamente sensibles. Por lo pronto, sé sobradamente que estoy en todas las listas negras que oficialmente no existen, así de editoriales como de Servicios de Seguridad de distintos orígenes. Si usted, lector, quiere estar en una de ellas, escriba con cierta frecuencia en su ordenador palabras clave como bomba, atentado, Al Quaeda y términos por el estilo, y verá qué acompañado se siente de ahí en más, incluso recibiendo la visita en su barrio de sospechosos paseantes y hasta encontrándose en su ordenador a visitantes inoportunos con más frecuencia de lo que quisiera.

Y, por fin, claro, están las mafias informáticas. Lo mismo un poco que los otros, el propósito de éstas es acceder a sus números de cuenta, sus pines, sus claves y contraseñas para vaciarle la cuenta o hacerle tanto daño como puedan, o nada más que poner su ordenador a trabajar sin que usted lo sepa para que ataque a intereses que son del todo ajenos a usted, pero de gran interés político o económico para vaya usted a saber quién. Chorizos sofisticados y guerreros informáticos, se dan la mano en estas lides como socios de la misma guerra sucia.

Internet es un enorme peligro, y en estos días de pláticas continuadas con los expertos en informática, he podido enterarme de que en este mundo que mueve tantos intereses hay pocos inocentes. No sólo utilizan la red para espiarnos en casa, sino que con regularidad nos toman una foto con nuestra propia webcam sin que lo sepamos, saben lo que escribimos, cómo pensamos, donde y en qué lugar de página ponemos el cursor y hasta tienen programas capaces de obtener un perfil psicológico nuestro con sólo buscar lo que sea en Google o en otro buscador. Los derechos fundamentales, con la red, se han ido todos de copas a las Chimbambas, aunque creamos que seguimos siendo invulnerables. No le extrañe, pues, si usted es de los que guardan su intimidad en su ordenador, que sus mayores intimidades, pecados y vicios sean la comedilla de su barrio. De las autoridades y sus Servicios de Inteligencia, ya lo son, no lo dude.

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