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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Iglesia, nacionalismo, progresismo vasco ¿un cisma?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 7 de octubre de 2010, 06:55 h (CET)
Por si no tuviéramos bastante con el PSOE y sus incompetentes gestores; no nos viéramos en la necesidad de soportar al señor Rodríguez Zapatero al frente del gobierno de España; no estuviéramos obligados a apechugar con los extremismos del nacionalismo independentista catalán y vasco; como si no hubiéramos alcanzado el tope de nuestra paciencia y no estuviéramos hasta el cogote de tener que soportar una crisis que sabemos, positivamente, que, si se hubiera reconocido antes, si se hubiera afrontado, en su inicio, con más decisión y eficacia, utilizando las medidas drásticas de choque que requería la situación y se hubieran dejado de lado las preocupaciones sectarias y electoralistas de ZP y sus pensamientos keynesianos; seguramente otro gallo nos cantara a los españoles, ahora condenados a lucir el vergonzoso farolillo rojo que nos sitúa a la cola de la UE. De nuevo, dentro de esta barahúnda en la que los ciudadanos de a pie nos sentimos atrapados, admirados de que, sólo ha siete años, fuéramos un país floreciente, con una economía saneada, respetado por el resto de naciones de nuestro entorno y avanzando, a paso seguro, hacia un progreso que se nos anunciaba ya al alcance de nuestras manos; nos sorprende que en determinados estamentos religiosos, aquellos en los que muchos españoles, habían depositado su confianza como mentores de su vida espiritual, utilizándolos como intermediarios con el Supremo Hacedor; de pronto, ignoramos si por una orquestada campaña de los infiernos liderada por Luzbel o por una quinta columna integrada por estos progresistas de nuevo cuño que parece que han decidido acabar con la civilización cristiana para imponernos este relativismo de moda, a imagen y semejanza de la reforma que, en el siglo XVI, impulsó Martín Lucero. Sólo con la salvedad de que, entonces, los papas católicos estaban demasiado apegados a las riquezas temporales.

Lo cierto es que, no solamente en lo que constituye el edificio o la estructura de la Iglesia católica, sino que, en cualquier otra institución sea del Estado, de la industria, de la finanzas o del propio Ejército, si no existe una disciplina, si no hay una cadena de mandos y si los encargados de cumplir con los fines de la institución no se atienen a las normas de funcionamiento, a los preceptos, a los fines y a los medios para que la empresa pueda llevar adelante su cometido, no se puede esperar que su labor y sus esfuerzos queden recompensados por el éxito. No es que podamos decir que sea un fenómeno nuevo, ni que sea ahora precisamente cuando más se han venido mostrando las diferencias del clero vasco y catalán con respecto al del resto de comunidades del Estado español. Lo cierto es que, ya con Monseñor Setién, el que fue obispo de San Sebastián, sus apoyos al separatismo vasco ya dieron que decir a sus feligreses cuando “bendijo” aquel amaño de pacto con ETA, que promocionó el señor Zapatero, de espaldas a los españoles, en un intento de conseguir lo que él denominaba como “paz”; a cambio de entregarles Navarra e inmunidad para los que tenían delitos de sangre. Cuesta entenderlo pero así fue. En efecto tanto en Catalunya como en el País vasco no parece que sus pastores, los obispos, a pesar de ser las máximas autoridades religiosas de la Iglesia católica en cada diócesis, en ocasiones, cuando se trata de establecer prioridades entre su vocación religiosa o su fibra nacionalista, no parecen que consigan desprenderse de la segunda por mucho que ello signifique un apoyo, más o menos cercano, a los que llevan como enseña el independentismo o el nacionalismo radical.

Resulta un contrasentido el que, la mayoría de fieles católicos, recordemos con gran claridad aquellas palabras del Evangelio, pronunciadas por Jesús, cuando dijo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, cuyo sentido es tan meridiano y, en cambio parece que algunos prelados las tengan olvidadas. Esta la paradoja en la que incurren algunos de nuestros pastores, añadamos que con gran escándalo de una gran parte de su feligresía, cuando los que debieran dar ejemplo de obediencia a su superior, el Papa; los que debieran informar a sus diocesanos de que los hombres somos todos hermanos; sin parar mientes en ADN`s, o en genotipos –porque Dios así nos lo enseñó –; se metan en unos berenjenales como, por ejemplo, poner en entredicho la legitimidad del Papa para nombrar a sus vicarios, los Obispos, o pretender imponer a SS los nombres de aquellas personas que, por sus raíces y sentimientos nacionalistas, piensan que pueden favorecer a la causa independentista. En el caso concreto del obispo Mons. Munilla, aparte de ser recibido de uñas por el PNV, como hizo patente el señor Egibar con sus descalificaciones; muchos de los sacerdotes de la diócesis ya manifestaron su disconformidad por medio de un escrito en el que ponían en cuestión su nombramiento.

Lo verdaderamente curioso es que, cuando parecía que había amainado la tormenta nacionalista causada por la elección del Mons.Munilla como obispo de S.Sebastián y la de Monseñor Izeta como obispo electo de Bilbao; de nuevo –quizá influidos por la inyección de confianza que les ha transmitido el PNV, al haber conseguido doblar a ZP y sacarle nuevas transferencias y, parece lógico que también existan otros pactos que se mantendrán, de momento, en el arcano de lo no oficial – se hayan movilizado este elenco de sacerdotes que apoyan al nacionalismo excluyente vasco, acompañados por el habitual elenco de meapilas y demás católicos que están convencidos de que ellos tienen la piedra filosofal para convertir al catolicismo, heredado de San Pedro, en otro en el que se recojan aquellos cambios, que ellos estiman que deberían hacerse, en lo que hoy en día continúa siendo la doctrina de la Iglesia.

Estos contagiados del progresismo imperante, estos que se apuntan a lo que se estila en un determinado sector de la sociedad, que se esfuerza en negar la autoridad y la escala jerárquica, ésta que constituye la columna vertebral de toda sociedad y que se basa en la necesidad de que exista alguien que se ocupe de imponer orden, de hacer que se cumplan las leyes y de evitar que el más poderoso, el más fuerte o el más agresivo imponga sus leyes al resto de los ciudadanos; han llegado en su temeridad, en su ofuscación nacionalista y en su desconocimiento o malévola interpretación de la autoridad pontificia; a atreverse a poner en cuestión la autoridad papal y se han erigido en los pretendidos adalides de una Iglesia, basada en las teorías de las comunidades hippies o de las prédicas del camarada Lenín, en las que todo se debería, en teoría, basar en un acuerdo mayoritario; posiblemente tomado en comunidades territoriales donde, cada una de ellas, podría acabar por construir su propio estilo de religión y su particular concepción de lo bueno y lo malo. Unos quisieran ordenar a las mujeres, los otros abolir el celibato de los curas, algunos abogar por los nuevos teólogos de la liberación y, claro, tampoco faltarían los que pretenderían, como el famoso caso del Papa Luna, que cada autonomía de España tuviera su propio Papa, evidentemente, nacionalista.

En momentos de evidente crisis de la Iglesia católica, cuando los numerosos casos de pederastia denunciados hacen tambalear la fe de los feligreses en quienes tienen a su cargo adoctrinarlos en la fe; es obvio que protestas como la que comentamos, rebeliones de una parte del clero o de feligreses; presuntos reformistas que ignoran la labor de la Iglesia durante siglos y que pretenden, de un plumazo, cambiar todo lo que ha permanecido desde la llegada de Cristo, sin que ello fuera previamente tratado en un Concilio ecuménico; es tanto como darles a los enemigos del catolicismo las armas para introducir más desconcierto entre la comunidad de fieles católicos. O así me lo parece.

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