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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Integrismo religioso

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 6 de octubre de 2010, 06:37 h (CET)
Hassan Sheata, entrenador del equipo nacional de fútbol de Egipto ha dicho que la piedad es la característica más importante para que un jugador sea seleccionado: “Sin ella jamás seleccionaremos a un jugador a pesar de sus posibilidades. Siempre procuraré asegurarme que los que llevan la camiseta de Egipto tengan buenas relaciones con Dios”. Egipto es uno de los países islámicos considerados moderados en el que el integrismo religioso le hace perder su cordura..

Según una noticias de la Associated Press “la entrada de la religión en los deportes en Egipto es parte de la gradual inclinación del país hacia el integrismo religioso durante las pasadas décadas, con más gente que ora en las mezquitas, más mujeres que adoptan en público el velo islámico, y una disminución de la tolerancia hacia los musulmanes laicos y las minorías cristianas. En el equipo de fútbol actual no hay cristianos”.

No hace demasiados años, tal vez no al extremo al que han llegado diversos países islámicos, también aquí caímos en el extremismo religiosos. Por imperativo legal se tenía que ser católico, aunque sólo fuese de una manera superficial, externa. Se hacían abundantes celebraciones públicas religiosas que atraían a mucha gente. Los estudiantes se veían obligados a participar en los tristemente famosos “ejercicios espirituales”. La asignatura de Religión era obligada, la católica, por supuesto. Los domingos los templos estaban a rebosar, más por miedo que por devoción.

Es de triste recuerdo los vejámenes a que nos vimos sometidos quienes abiertamente nos manifestábamos cristianos evangélicos, mejor conocidos por ‘protestantes’. Se clausuraban las capillas. Éramos considerados como desafectos al Régimen y tenidos por traidores. La policía vigilaba los domicilios particulares en donde nos reuníamos para adorar a Dios según dictaba nuestra conciencia iluminada por la Biblia. Los jóvenes que querían casarse por lo civil, el matrimonio evangélico no estaba reconocido, recibían en sus casas la visita de la guardia civil, que a su vez se informaba entre el vecindario de estos ‘malhechores’. Por otro lado teníamos que hacer reiteradas visitas a las dependencias de la policía y de la guardia civil. Si con todo ello no bastase, se demoraba exageradamente la celebración de la boda civil, con todos los problemas de planificación familiar que ello comportaba . Esto ocurría entre nosotros no hace más de cincuenta años. Quienes hemos sufrido en las propias carnes el integrismo católico no nos dice nada nuevo el islámico. Es el mismo ismo de distinto color.

Hoy, gracias a la misericordia de Dios ello es cosa del pasado, lo que no quiere decir que la simiente del integrismo religioso se haya destruido. Aparentemente está muerta a la espera, como lo hace cualquier simiente que se siembra en condiciones adversas y que yace bajo tierra a la espera del cambio climatológico que la despertará del sueño y se alzará lozana a la luz del sol.

El peligro de que vuelva el integrismo religioso se encuentra en la indiferencia pasota en que hemos caído. El integrista es una persona activa en la defensa y difusión de sus ideas antisociales. Sólo espera el momento propicio. Hemos de tener presente el resurgir de los movimientos de la extrema derecha europea que de vez en cuando nos sobresaltan.

Existe un antídoto contra el integrismo, sea del signo que sea: el amor, pero no un amor del estilo “haz el amor y no la guerra”. El verdadero amor que está estrechamente relacionado con Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es amor y derrama su amor en las personas que creen en su Hijo. Sí que es cierto que la gente desconfía. En nombre de Dios se han hecho y se siguen haciendo muchas barbaridades. Esto ocurre porque se usa el nombre de Dios en vano y en contra del explícito mandamiento que prohíbe tomar “el nombre del Señor tu Dios en vano, porque no dará por inocente el Señor el que tome su nombre en vano” (Deuteronomio 20:7).

Dios ha provisto de un test para descubrir quién es el que usa su Nombre en vano, y lo pone a nuestra disposición por medio del apóstol Juan :”Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (I Juan 4:7,8). Practicar el amor, no disertar sobre él, es lo que descubre si se ama a Dios o no. Los farsantes, los que aman de labios a Dios pero lo niegan con sus hechos, los que pronuncian su Nombre en vano, quedan desenmascarados por sus obras.

El integrismo religioso, que es el que tratamos en este escrito, es violento y sólo se le puede mantener relegado si se ejerce una fuerte presión sobre é. Si el muro de contención se rompe en mil pedazos, el integrismo encuentra el clima adecuado para medrar y hacer de las suyas. Por la parte humana, sólo la fe en Cristo infunde el coraje necesario para plantar cara al integrismo demoledor.

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