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La (otra) gran oportunidad perdida para el baloncesto español

Miguel Terroso
Miguel Terroso
sábado, 2 de octubre de 2010, 09:32 h (CET)
Cuando se recuerda la gesta de la selección española de baloncesto en los J.J.O.O. de Los Angeles`84, donde el equipo logró la medalla de plata tras caer en la final ante Estados Unidos, muchos hacen hincapié en el poco partido que se sacó a aquella hazaña en el sentido de consolidar y expandir mediáticamente el baloncesto nacional y sus competiciones. Efectivamente, aquella fue una oportunidad que se desaprovechó, quizás porque la dimensión que adquirió la selección por entonces dirigida por el eterno Antonio Díaz-Miguel superó todas las expectativas y se pecó de inexperiencia para aprovechar el tirón de aquel equipo. Como consecuencia, al apagarse la llama de aquellos jugadores, el baloncesto doméstico volvió a verse relegado a una situación de precariedad que se acentuaría con la discretísima década de los 90 que padeció la selección nacional.

Muchos años después, concretamente en el 2006, y de la mano de un seleccionador humilde y discreto como era Pepu Hernández y de un grupo de jugadores muy talentosos que conectaron con la afición de forma pocas veces antes vista (a todo ello contribuyó el enésimo fracaso de la selección española de fútbol en el Mundial de Alemania), el equipo español de baloncesto recuperó su esplendor ganando de forma brillante el Mundial de Japón, el primero de su historia. No se trató de algo imprevisto o inesperado, porque España llevaba algunos años realizando muy buenos papeles en los campeonatos de Europa, pero aquella medalla de oro supuso el espaldarazo definitivo para poder llevar el baloncesto a un nivel más elevado en nuestro país. Y así lo declararon los diferentes estamentos del baloncesto nacional, mostrando su deseo de dar un paso adelante a nivel mediático para enmendar el error que se había cometido 22 años antes.

Pero 4 años después, y con una España eliminada en cuartos de final del Mundial de Turquía en el que ha podido ser el epílogo de la época más dorada del baloncesto español a nivel de selecciones, el “espíritu de Saitama” se puede decir que se quedó en una mera declaración de intenciones.

Y es que por ejemplo, la asistencia media a las canchas de la ACB desde la temporada 2006/07 (la primera tras el oro de Japón) apenas ha variado. Y eso que aquella campaña fue bastante prometedora teniendo en cuenta que público asistente medio a la totalidad de las canchas ACB se incrementó de 6098 a 6604 espectadores. Pero desde aquella temporada los datos se han estancado e incluso han disminuido, siendo la media de espectadores durante esta pasada campaña en las pistas de 6475. Y entrando en el apartado televisivo, los datos son discretísimos. La media de telespectadores de los encuentros ofrecidos por La 2 los sábados por la tarde no ha llegado al 6% de audiencia. Solo los partidos entre Real Madrid y Barça tienen un seguimiento más significativo, pero los encuentros en los que no están implicados ninguno de estos dos equipos sufren audiencias desoladoras. Algo mejores son los datos en las televisiones autonómicas, si bien estas suelen ofrecer encuentros de equipos de su C.C.A.A., factor que mueve en términos porcentuales a una mayor cantidad de gente en sus territorios. Y si nos ceñimos al seguimiento de la ACB en las secciones de deportes de los medios de comunicación, este es prácticamente marginal.

Las causas de esta opacidad son muy diversas. Se le puede intentar echar la culpa al fútbol y a la indiscutible hegemonía y tiranía que ejerce en el panorama deportivo nacional, factor que no por ser cierto deja de ser una excusa ante una manifiesta incapacidad de vender un producto atractivo y vibrante, que ya enganchó de forma masiva a la gente con la selección española de baloncesto, un equipo que por otra parte, ha trascendido, y por mucho, los límites del baloncesto en este país. Mientras tanto, el porqué del seguimiento residual del baloncesto de clubes seguirá siendo un misterio y una amenaza para un deporte hoy por hoy, deficitario al más alto nivel y que se desangra en las bases. La temporada pasada se dio la anómala situación de que la LEB Bronce, cuarta categoría del baloncesto nacional, desapareció por falta de equipos. Un sintomático y preocupante hecho para la formación de nuevos jugadores, condenados a un salto abismal entre categorías inferiores y el baloncesto profesional.

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