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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La decadente democracia española

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 1 de octubre de 2010, 07:26 h (CET)
Es posible que, a lo largo y ancho del mundo, se puedan producir innumerables situaciones perturbadoras, que se cometan locuras inimaginables y se practiquen insensateces sin fin, sin embargo, creo que en esta España en la que vegetamos, porque no se puede calificar con otra palabra esta triste etapa en la que nos ha tocado vivir; en la que en apenas unos pocos años, se ha producido el cambio más inesperado en una sociedad, que parecía que había alcanzado la mayoría de edad cuando, después de unos años de posguerra, un periodo de reconstrucción y una evidente paz duradera. El fallecimiento de Franco trajo de la mano un cambio de régimen; un relevo esperado por muchos como una “liberación”, una era soñada, con la que confiaban que llegarían las ansiadas “libertades”, el “summum” del desarrollo de nuevas prácticas de gobierno del pueblo y para el pueblo; el no va más de las aspiraciones de un pueblo “oprimido” por la dictadura: la democracia y los partidos políticos. Así pues llegó la democracia y los partidos ( entre ellos el comunista) y se puede decir que, si su entrada fue con buen pie; de la mano de un hábil señor Suárez, que se amañó en mover con habilidad las piezas del rompecabezas político de una España, sostenida por los débiles pilares de una monarquía impuesta y unas cámaras que se estrenaban, como niños con zapatos nuevos, en un ejercicio de libertades que, sin duda, les venía ancho; ahora, pasado el tiempo, nadie puede predecir cómo será el resultado de la misma y, mucho menos, afirmar si en realidad al régimen de gobierno que tenemos en la actualidad puede continuar siendo considerado como democrático o, más bien, tiene tintes de catastrófico..

Lo cierto es que el advenimiento de la democracia no fue recibido con unánime satisfacción, ya que el señor Suárez, no sabemos si con el beneplácito de SM el Rey o presionado por el PSOE del señor F. González, forzó la máquina para implantar una serie de cambios que levantaron ampollas en la “vieja guardia” del anterior régimen y de la derecha, en general. La legalización del PC fue, sin duda, una acción excesivamente arriesgada, como se demostró después, el día del 23 F del 1981, y la aceptación del regreso del señor Carrillo, con su fama de responsable de los fusilamientos de católicos y nacionales en Paracuellos del Jarama (12/1936), no se consideró más que como una bofetada en pleno rostro de aquellos que fueron víctimas de la barbarie que se apoderó de una parte de la zona republicana, antes y después del levantamiento del 18 de julio de 1.936.

Aún así, para los mas optimistas, parecía que la transición se había hecho de una forma pacífica, algo brusca y un tanto precipitada, sin duda pero, si se la trataba bien, si se usaba el guante blanco y se tenía cuidado de no soliviantar demasiado a los militares, en gran parte adictos al régimen del general Franco; se suponía que podría funcionar. Existía una premisa esencial en la que se basaba todo el difícil equilibrio en el que se basó la transición: era condición sine qua non que, ambas partes, los nacionales y los rojos, para hablar sin ambages, debían correr un tupido velo sobre lo ocurrido en la Guerra Civil, olvidar las atrocidades cometidas por ambos bandos en liza y hacer una elipsis en el tiempo que dejara en blanco de odios, rencores, venganzas y represalias, las mentes de los españoles para que, la nueva etapa de reconstrucción de la democracia y la implantación de partidos políticos, se pudiera emprender sin los lastres derivados del enfrentamiento de las dos partes que lucharon entre sí en la Guerra Civil. Esto es, al menos, lo que debieron pensar los llamados padres de la patria, los artífices de la Constitución que, seguramente de buena fe, incurrieron en un exceso de confianza con respecto a la posibilidad de adaptación de los españoles a un sistema de libertades que, como se ha demostrado posteriormente bajo la égida de los socialistas, se ha convertido en un coladero por donde se han ido filtrando, ley tras ley, toda una serie de cambios, doctrinas, ideologías y filosofías, inspiradas en las ideas revolucionarias del propio Frente Popular y aderezadas con aditamentos sectaristas de nuevo cuño, aportados por quienes nos vienen gobernando, especialmente, desde que el señor Rodríguez Zapatero y su grupo de gobierno tomaron posesión del poder en España.

Lo verdaderamente preocupante es que, la evidencia de los resultados de los años de democracia que han transcurrido desde el año 1976, viene indicando que, el sistema democrático o seudo democrático que nos dimos los españoles, no parece que se adecue a lo programado, no coincide con lo previsto y, por supuesto, no colma las esperanzas que muchos pusieron en este tipo de gobierno de fundamentos democráticos. Antes bien, parece que los que nos gobiernan, bajo el palio de un sistema democrático, con urnas y posible alternancia de partidos políticos en la gobernación del país; no parece que, en la práctica, respete el trenzado de garantías previsto por Montesquieu, para sus tres pilares que representaban los poderes de un Estado moderno: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, con el fin de que mantuvieran un equilibrio, con absoluta autonomía los unos de los otros, de modo que, entre ellos, se vigilaran y controlaran mutuamente sin que, ninguno de ellos, pudiera hacerse con el poder absoluto.

Lo que se ha ido sucediendo después, demuestra que el pueblo español no parece que esté preparado para asumir las reglas de la democracia; antes bien, los “frutos” que se han recogido de esta experiencia de 34 años, nos vienen a indicar que, cuando se le da cancha, se aflojan las riendas, se le dan opciones de elegir, se le permite que deje aflorar viejos rencores, odios seculares, envidias larvadas y egoísmos inconfesables; en lugar de optar por la sensatez y el bien común, prefiere dar suelta a sus peores instintos; cayendo en lo que se ha dado por definir como progresismo: el libertinaje, el relativismo de la ética y la moral y un odio e intransigencia feroz contra la derecha y el sistema capitalistas ( representado por, al menos, la mitad de los votantes en España); poniendo de relieve su rechazo frontal a la libertad de mercados, la ley de oferta y demanda, el orden y la excelencia como medio de progresar y salir de la pobreza; un modelo que sigue imperando en todas las democracias occidentales. Las doctrinas de Keynes, la potestad del Estado “gran hermano”, absolutista y totalitario, con todos los poderes en su mano, artífice de un dirigismo económico de una producción controlada, se ha venido desacreditando a medida que uno tras otro han ido quebrando, cuando la poca competitividad de sus industrias, su paulatino empobrecimiento y la falta de estímulos para los trabajadores que despuntaban sobre el resto, los condujo a su propia destrucción, que quedó evidenciada con la simbólica caída del muro de Berlín.

La Inquisición que las masas socialistas y separatistas han puesto en marcha, desde que asumieron el poder en el 2008, nada tienen que envidiar a los Jacobinos de la Revolución francesa; en cuanto al fanatismo y sectarismo de sus seguidores. Han impuesto, de hecho, un sistema excluyente, con la complicidad de separatistas y comunistas, promoviendo pactos que han condenado al ostracismo al PP. Las consecuencias son patentes. España cae en barrena arrastrada por su economía, sus finanzas, su falta de solvencia exterior y su obsoleto mercado laboral; a lo que podemos añadir un política interna de engaño a los ciudadanos y de obstrucción a cualquier idea constructiva que venga de la oposición; en un claro intento evidente de romper la unidad de España e imponernos, su concepto arcaico y, evidentemente disgregador, de una España federal en manos de separatistas y comunistas. ¡Un panorama desolador!

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