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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Municipio pequeño, gran ciudad

Kathleen Parker
Kathleen Parker
viernes, 1 de octubre de 2010, 07:20 h (CET)
NUEVA YORK -- Tras llevar unas semanas viviendo en Nueva York, he sacado unas cuantas conclusiones del gran cisma político de América.

Como nos dijo Barack Obama en la convención Demócrata de 2004, no somos una nación de derechas o de izquierdas, etc., etc. Muy cierto, pero somos una nación de zonas muy pobladas y zonas menos pobladas.

Como chica de pueblo venida a la gran ciudad, son muy conscientes del atractivo y el miedo al gobierno centralizado. Dicho de forma simple, cuanta más gente se agolpa en espacios pequeños, más gobierno va a haber implicado en sus vidas cotidianas.

No es cuestión de revelación, por supuesto, pero es una metáfora útil de las dos formas de ver el mundo que conviven hoy en conflicto.

Si usted reside en una gran zona urbana, es muy probable que esté acostumbrado a obedecer montones de ordenanzas y reglamentos. Pero para el novato, el recién llegado de una vida dependiente casi por completo de su talento, la opresión del orden burocrático es un nuevo tipo de infierno.

No sólo me mudo desde un municipio pequeño de Carolina del Sur a través de un vecindario relativamente tranquilo de Washington, D.C., también abandono el solitario funcionamiento del escritor independiente para ingresar en la CNN, una organización internacional enterrada en capas de gestión y administración. No es que me queje. Sólo lo digo.

Pero entre las ordenanzas de las macetas en las terrazas y el reglamento de construcción que prohíbe encender velas de cumpleaños, he dicho más de una vez "Ahora ya sé cómo es vivir en la China comunista". Sin, por supuesto, las ventajas.

Nada es simple cuando hay 8,4 millones de personas ocupando un espacio de 303 millas cuadradas. Esto parece evidente, pero el impacto cotidiano de esas estadísticas no se aprecia por completo hasta que se experimenta. Hay cuatro ordenanzas de formulario diferentes para cada acción individual.

Tiene que ser así, se puede decir, o de lo contrario reinaría la anarquía. No se puede tener a 8 millones de personas siguiendo sus impulsos individuales. ¿Qué pasa si la mitad de los residentes de la ciudad se ponen a hacer hamburguesas un sábado concreto? Por otra parte, cuando el personal organizó una fiesta para mi cumpleaños hace unos días, las ordenanzas prohibían encender la única vela de mi pastelito rosa.

Puede que haya oído hablar de la cruzada del alcalde Michael Bloomberg contra las grasas saturadas, prohibidas ya en los locales de restauración de la ciudad. Bueno, vale, las grasas saturadas son malas y yo las mastico voluntariamente. No así el tipo que instaló la conexión.

"Ya no se puede encontrar una buena rosquilla en la ciudad", se despachaba. "Tengo que conducir hasta Jersey para encontrar una decente".

Pero Bloomberg se preocupa por las arterias del tipo del cable. Se imagina que la ciudadanía estará mejor gracias a estas normas, que es la idea detrás de todas las decisiones que últimamente han eliminado el libre albedrío (léase libertad) de nuestras vidas. Una cosa es promulgar leyes que nos protegen de la estupidez de otro, pero ¿no debería tener derecho el tipo del cable a ser idiota? ¿De vez en cuando al menos? Llevo 20 años sin probar una rosquilla, pero últimamente siento unas ganas incontrolables de acercarme a Krispy Kreme.

Son cosas pequeñas, no terriblemente importantes, pero también lo son las gotas de lluvia. Individualmente no son gran cosa. Juntas, se convierten en algo menos placentero. Inevitablemente, la mente divaga sobre la sanidad y el resto de programas públicos que pretenden hacer cosas buenas por las buenas personas pero que en el proceso eliminan la opción de ser individuos independientes.

Aquí es donde Demócratas y Republicanos se enfrentan a nivel fundamental. ¿En qué momento el bien común es malo para cada uno?

Muchos de los denominados estadounidenses de a pie que residen en los difamados estados Republicanos son personas que residen en espacios más abiertos y, por tanto, no ven la necesidad ni el beneficio de que el gobierno dirija sus vidas. El límite podría haber desaparecido casi por completo, pero la persona que prefiere horizontes más amplios tendrá poco uso que dar a burócratas con las instrucciones gubernamentales más recientes en mano (o desinstrucciones).

Aquellos que han optado por residir en las áreas Demócratas más densamente pobladas necesitan a terceros que mantengan el orden público y establezcan que van a canjear algo de libertad a cambio de la conveniencia y la riqueza cultural de la vida en la ciudad.

Son orientaciones completamente distintas de la vida cotidiana en general y del papel de la administración en concreto, y no estoy segura de que las dos se puedan reconciliar. Los de ciudad no van a comprender nunca a la gente de pueblo que prefiere la compañía de los árboles, y la gente de pueblo se quejará siempre de los arrogantes atrevimientos de urbanitas que creen saberlo todo.

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