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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Un día triste

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 30 de septiembre de 2010, 11:46 h (CET)
Tal y como estaba previsto, la huelga general resultó ser un fracaso y ya la soledad de los trabajadores de presente y de futuro no puede ser más inconsolable. Es lo que pretendía el sistema, y es lo que con este teatrito del día 29 se ha conseguido. Y es algo que no afecta sólo y únicamente a los sindicatos que convocaron tan arteramente (para perder) la convocatoria, sino que afecta, tal y como dije en anteriores artículos, a todos los sindicatos y a todos los trabajadores.

Era de verse al final del día 29 y todo el día 30 cómo los opinadores oficiales del sistema se frotaban las manos y babeaban de placer, elevándose al Nirvana del éxtasis porque de aquí en más los trabajadores serán sólo y únicamente carne de cañón en manos de los depredadores de sus semejantes. La tristeza no puede ser más desoladora. Parecían adalides del poder económico, que ellos de su bolsillo pagaban los estipendios de los trabajadores o que pertenecían a una especie adversaria de la humana, cuando son simples asalariados que tienen hijos asalariados que tendrán hijos asalariados. Ninguna iluminación les alumbraba más allá de que sólo cobran por echar a los empleados por cuenta ajena a los cocodrilos del sistema. Y se equivocan, se equivocan mucho. Ni siquiera han ahorrado en insultos, atacando la huelga como si los trabajadores tuvieran otras armas distintas que ésa, precisamente en un sistema que cuando le sobraba se olvidó por completo de ellos.

Los sindicatos han hecho el juego al sistema interpretando el papel que se les había asignado. Como diría Calderón, interpretaron bien su papel. Pero es que también lo hicieron el Gobierno y los opinadores, de modo que se ha logrado lo que se ansiaba: abandonar a los trabajadores a la suerte de los esclavos. Nadie con fuerza, de aquí en más, podrá hacer nada por ellos, y, para lograr recuperar cierta vaga autoestima, ahora deben retrotraerse de verdad al siglo XIX y comenzar una lucha de clases que algunos ilusos creyeron superada, porque este orden nos ha implantado de tácito en el siglo XIX. Ha sido el poder y no los trabajadores los que han dado marcha atrás al reloj de la Historia, en un tan vano como absurdo empeño por reinstaurar el feudalismo capitalista. Ahora sí que habrá una feroz lucha de clases, imprescindible para recuperar todo lo que se perdió con los socialistas, con el costo que eso conllevará. Fracasados los intentos racionales y civilizados por hacer que se respeten los derechos de los débiles, sólo les han dejado la vía de los otros medios.

Los hay que no comprenden que el sistema ha muerto, que lo que queda de él es un cadáver que no tiene más futuro que los gusanos. Somos muchos, pero sólo son unos pocos los que mueven los hilos del mundo. Parece que son los bancos o las empresas los que cortan el bacalao, pero no es verdad, pues que los grandes capitales del mundo están en manos de unas pocas familias (el Comité de los 300), y hasta los mismos países les deben enriquecer o sí o sí, pues que éstos cada año precisan préstamos de estos señores a quienes cada año se les devuelven esos dineros con intereses para que les presten el siguiente más dineros que se los tendrán que devolver con más intereses. Así está la cosa.

La estratégica crisis que estos 300 produjeron hubiera sido la mejor oportunidad de los estados para zafarse de su cadena, pero los defensores del sistema, esos opinadores que se alimentan del pesebre de la miseria moral, se han esforzado hasta los cuernos de la luna por mantenerlo, sostenerlo y rehabilitarlo, así como han hecho los estados. No sólo no se aprendió nada de la crisis, sino que ésta sólo ha servido para volver a los mismo, pero siendo todos menos libres y estando en mucho peores condiciones. Tratan de rehabilitar un sistema perverso y consumido por su propia codicia que ha esquilmado nuestro planeta y ha producido más dolor y sufrimiento que el conjunto de todos los demás sistemas que han existido.

Ya lo hemos visto sobradamente: España no gobierna ni a España. Las órdenes vienen de fuera, de la sombra, del Poder Negro. Éste es el que ha forzado al mundo a la sumisión incondicional con esta crisis inventada, y los títeres de cada lugar los que se han encargado de extinguir los últimos focos de resistencia. Los sindicatos y los trabajadores ya no cuentan, han sido destruidos con esta artera maniobra. Alea jacta est.

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