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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

¿Una guerra comercial con China?

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
miércoles, 29 de septiembre de 2010, 06:52 h (CET)
WASHINGTON - Nadie familiarizado con la ley arancelaria Smoot-Hawley de 1930 debería disfrutar ante la perspectiva de una guerra comercial con China -- pero parece que es ahí a donde nos dirigimos y probablemente sea a donde deberíamos dirigirnos. Aunque la ley Smoot-Hawley no provocó la Gran Depresión, contribuyó a su gravedad al despertar las represalias generalizadas. Al plantar cara a los subsidios de China a la exportación se corre el riesgo de iniciar un ciclo de represalias parecido, en un momento en el que la recuperación económica global es débil. Es un riesgo que, desafortunadamente, tenemos que asumir.

En una década, China ha pasado de ser una enorme nación pobre a ser un coloso económico. Aunque su renta per cápita (6.600 dólares en 2009) es sólo la séptima parte de la de Estados Unidos (46.400 dólares), el tamaño absoluto de su economía le dota de su creciente influencia global. China superó a Japón este año como segunda economía nacional más grande. En el año 2009 desplazó a Alemania como mayor exportador, y también se convirtió en el mayor consumidor energético del mundo.

El problema es que China nunca ha aceptado genuinamente las reglas básicas que gobiernan la economía mundial. China sigue esas normas cuando conviene a sus intereses y las rechaza, modifica o ignora cuando no es así. A toda nación, incluyendo Estados Unidos, le gustaría hacer lo propio, y la mayoría lo ha intentado. La diferencia es que la mayoría de los países restantes suscribe la legitimidad de las normas -- obligando a menudo al sacrificio del interés económico inmediato -- y ninguna es tan grande como China. La vulneración de los reglamentos por parte de ellas no es amenaza para la integridad del sistema.

Las peores violaciones por parte de China implican su divisa devaluada de forma artificial y su promoción del crecimiento económico apoyado en la exportación. Estados Unidos no es la única víctima. El abaratamiento de las exportaciones y el encarecimiento de las importaciones por parte de China perjudican a la actividad comercial de la mayoría de países, desde Brasil a la India. De 2006 a 2010, el porcentaje de exportaciones mundiales de China pasó del 7% al 10%.

Un remedio sería que China revalorizara su divisa, reduciendo la competitividad de sus exportaciones. Los presidentes estadounidenses llevan años invitando a esto. Los chinos reconocen que necesitan un consumo nacional más fuerte pero parecen dispuestos a dejar que el yuán (RMB) se encarezca sólo si no perjudica seriamente a sus exportaciones. De ahí que el encarecimiento de alrededor del 20% permitido desde mediados de 2005 a mediados de 2008 se viera equilibrado casi por completo por la productividad más elevada (léase mayor eficiencia) que rebajó los costes. China cortó en seco hasta este gesto cuando la economía global se vino abajo y sólo recientemente ha permitido que la divisa se encarezca. En la práctica, el yuán apenas se ha movido.

La medida en la que el yuán está abaratado y el número de empleos estadounidenses que se han perdido no están claros. El Peterson Institute, un grupo de investigación, afirma que un incremento del 20% del cambio crearía de 300.000 a 700.000 empleos estadounidenses durante un período de dos a tres años. El economista Robert Scott, del izquierdista Instituto de Legislación Económica, estima que el comercio con China ha costado 3,5 millones de puestos de trabajo. Esto puede ser demasiado, porque da por sentado que las importaciones de China desplazan a la producción estadounidense cuando muchas pueden desplazar las importaciones de otros países. Pero todas las estimaciones son elevadas, si bien muy por debajo del descenso total del empleo durante la recesión de 8,4 millones de puestos de trabajo.

Si China no revaloriza el cambio de su divisa, la alternativa es la adopción de represalias. Esto puede iniciar una guerra comercial, porque China respondería en la misma línea, comprando tal vez menos Boeing y más Airbus y sustituyendo la soja estadounidense por la brasileña. Una propuesta de los Representantes Tim Ryan, D-Ohio, y Tim Murphy, R-Penn., definiría la manipulación del cambio de la divisa -- que China practica claramente -- como subsidio a la exportación susceptible de imponerse "aranceles a la importación subsidiada" (impuestos aduaneros que equilibran el subsidio). Esto tiene sentido económico pero podría ser declarado ilegal por la Organización Mundial de Comercio. Un comité de la Cámara aprobaba este enfoque la pasada semana; la Cámara en pleno podría aprobarlo ésta. Idealmente, la medida legislativa convencería a China de negociar una revalorización significativa del cambio del yuán.

Menos ideal y más realista sería la repetición del periodo de la ley
Smoot-Hawley, justamente cuando la tambaleante economía mundial menos necesita un enfrentamiento entre sus dos miembros más grandes. El nacionalismo económico, una vez desatado por doquier, podría demostrar ser difícil de controlar. Pero hay una gran diferencia entre aquello y la actualidad. La Smoot-Hawley era flagrantemente proteccionista. Docenas de aranceles aumentaron su tipo; muchos países adoptaron represalias. En contraste, la medida estadounidense hoy pretende contener el proteccionismo chino.

El sistema comercial post-Segunda Guerra Mundial se apoyó en el principio del beneficio mutuo, y ese principio -- aunque comprometido con asiduidad -- ha perdurado. China quiere un sistema comercial subordinado a sus necesidades: amplios mercados a la exportación para financiar el empleo necesario para conservar en el poder al Partido Comunista; fuentes dedicadas a proporcionar el crudo, los productos alimentarios y demás materia prima esencial; y la superioridad tecnológica. Otros países ganan o pierden dependiendo de lo bien que satisfagan los intereses de China.

La colisión se da entre dos conceptos del orden mundial. En calidad de principal artífice y garante del viejo orden, Estados Unidos se enfrenta a una elección espantosa: resistirse a las ambiciones chinas y arriesgarse a una guerra comercial en la que pierde todo el mundo; o no hacer nada y dejar que China remodele el sistema de cambio. Lo primero sería peligroso; lo segundo, potencialmente desastroso.

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