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Etiquetas:   Políticos   -   Sección:   Opinión

En los zapatos del otro

Javier Vega

domingo, 9 de enero de 2005, 00:39 h (CET)
En tanto que figuras pblicas, los pol ticos tienen la mala suerte de estar expuestos a los ojos de todo el mundo cuando actan. Como en el caso de los artistas el xito de su carrera depende del grado de popularidad que sean capaces de mantener, as que se encuentran en una de esas situaciones esquizofrnicas donde lo que conviene y desea realizar una parte de su ser entra en flagrante contradicci n con la otra. Y no me refiero solo al conflicto entre el yo privado y el yo pblico, est tambin la contradicci n entre el yo-gobierno y el yo-oposicin, y a n podran mencionarse algunas otras. Adem s, estos conflictos se agravan por la estrechez de miras (visin-t nel lo llaman los ingleses) que caracteriza sus juicios, sus decisiones y las acciones que de ellas se derivan.

El poltico, en general, no es ni m s hbil ni m s torpe, ni ms listo ni m s tonto, ni ms honesto ni m s deshonesto, ni ms santo ni m s demonio que el resto de los mortales. Es su condicin de personaje p blico lo que le pone en la picota. Sin duda destaca por su habilidad manipuladora, como el mecnico por su habilidad manual o el doctor por su ojo cl nico, una 'deformacin profesional', una hipertrofia caracter stica del oficio; pero, por lo dems, son muy normalitos. Ya que estamos reflexionando sobre ponerse o no ponerse en los zapatos del otro me parece saludable empezar reconociendo que todos cojeamos del mismo pie, aunque a los pol ticos se les note ms.

La estrechez de miras se manifiesta, principalmente, por una incapacidad cong nita para imaginarse el futuro y una dificultad extrema para ponerse en los zapatos del otro. Al componer estas limitaciones que a todos nos aquejan, con la hipertrofiada voluntad manipuladora, nos encontramos con el panorama que hoy podemos contemplar tanto en la poltica espa ola como en la del resto de pases de que tengo noticia. Curioso, a la par que instructivo, resulta observar el comportamiento de nuestros partidos mayoritarios a este respecto.

El PSOE, olvid ndose de los recursos que puso en prctica mientras estuvo en la oposici n, hasta el ltimo momento, se queja de la pol tica destructiva que est llevando a cabo el PP, acus ndole de poco menos que confabularse con la extrema derecha y la conferencia episcopal para dar un golpe de Estado.

El PP, olvidndose de lo que vena practicando cuando estaba en el poder, hasta la misma v spera de las elecciones, acusa al PSOE de no conformarse con destruir al partido de la oposicin, sino de poner en pr ctica un proyecto de destruccin de las actuales instituciones del Estado para instaurar un nuevo modelo.

O sea, la revoluci n. Ambos partidos se acusan mutuamente de estar promoviendo una revolucin que destruir a la democracia.

Conociendo a los polticos y habida cuenta de los tiempos postmodernos en que nos encontramos, uno sospecha que exageran como solo ellos saben hacerlo, sin importarles los destrozos de vajilla -propio de elefantes en cacharrer a- que pudieran estar incurriendo. La inercia del sistema parece tan fuerte, y el desprestigio y la inanidad de los polticos tan evidentes, que nadie parece temer seriamente que pueda llegar a romperse. As que lea al mono!

En las actitudes del PSOE y el PP no hay solo incapacidad para ponerse en el lugar del otro, ni siquiera una comprensible desgana sino que, para decirlo claro y castizo, no les da la gana. Hay mala voluntad. Se realiza un serio an lisis de las razones del otro, pero no para encontrar reas de cooperaci n o ejercer una crtica constructiva sino para encontrar los puntos d biles por donde atacarle, desprestigiarle y descalificarle. Con el fin de permanecer en el poder, por quien lo ostenta, o de provocar el cambio, por parte de la oposicin.

Es cierto que la naturaleza del sistema -el mecanismo de acceso al poder- favorece este tipo de actitudes. Digamos que es una de sus debilidades, pero ello deber a obligar a los polticos a extremar las precauciones a la hora de utilizarlo, como har a cualquier persona responsable, y no entregarse con inconsciencia a desestabilizar la situacin. S ntoma de inmadurez, del sistema y de sus servidores. Solo llevamos 25 aos de democracia. Nuestros l deres estn haciendo gala de una gran miop a a la hora de discernir cuando estn desgastando al contrincante pero salvando al sistema y cuando est n tirando al beb con el agua de la ba era.

En la situacin pol tica espaola se est viviendo un momento de gran polarizacin. Hasta ahora esto se manifiesta principalmente a nivel de partidos, pero los pol ticos van a seguir haciendo todo lo posible por trasladar ese ambiente a toda la sociedad para rentabilizarlo al mximo. Compruebo, no sin cierto estupor, que pol ticos tan opuestos como Bush y Zapatero utilizan la misma estrategia para llevar a cabo sus polticas: Descuidan 'el centro' mientras se dedican con mimo a contemporizar con los extremos. Analizados con m s detalle, los hechos revelan una poltica mucho m s posibilista que la que predican sus gestos; pero los gestos se ven magnificados de inmediato por la lupa de mil aumentos que les aplica la oposicin, con el fin de presentarlos como gravemente peligrosos para el futuro del pa s.

El nico temor del -por lo dem s escptico- arriba firmante es que cuando uno confunde sistem ticamente los deseos con la realidad, a veces consigue que se hagan realidad ciertos deseos (profecas auto cumplidas lo llaman los ingleses).

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