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Etiquetas:   Sobre el sentido com n   -   Sección:   Opinión

Sentido comn

F. L. Chivite

domingo, 9 de enero de 2005, 00:39 h (CET)


El sentido com n, afortunadamente, no atiende a nacionalidades. Esto resulta bastante irrefutable porque, desgraciadamente, escasea en todos los sitios por igual. Recuerdo que hace algunos aos le en la prensa la noticia de que un grupo de intelectuales, viendo que el sentido comn se hallaba en v as de extincin, propusieron que fuera declarado patrimonio de la Humanidad. Imagino que trataban de alertar a las autoridades para que empezaran a tomar medidas que favorecieran su conservacin. Pero no tuvieron xito. A la vista est. De hecho, yo tengo la sospecha de que las llamadas autoridades, los pol ticos, los cargos pblicos, nuestros, a menudo, iluminados y envanecidos representantes legales, son siempre los m s alejados del sentido comn. Y sus mayores enemigos. A n cuando ocasionalmente apelen a l frente a las c maras. Porque si hay algo que caracteriza al sentido comn es su pragmatismo. Su habilidad para detectar lo superfluo, el inter s espurio, el exceso de intencin. Y su sensatez para determinar sin ambages lo que es oportuno y productivo en cada ocasi n. Ambages quiere decir rodeos, circunloquios, ambigedades deliberadas. Pretender obtener beneficios de un proceso amparado en las ambig edades deliberadas y en la inquietud y el rechazo que ocasionan es lo ms contrario al sentido com n. Y lo ms caracter stico de los polticos iluminados. Muchas veces, desde el m s elemental sentido comn, resulta alarmante ver el desorbitado esfuerzo y gasto p blico que se realiza en sacar adelante enrevesados proyectos polticos cuyo disfrute es partidista. O buscan el agrado de unos a costa del malestar de otros. El plan del nacionalismo vasco que Ibarretxe lidera (a veces da la impresi n, disclpenme una vez m s, de que se trata de una carga que sobrelleva a su pesar), se ha convertido, como por otro lado era previsible, en lo peor que poda ser: un empecinamiento. Una obstinaci n de la que ya es imposible apearse. Y con la que habr que seguir adelante hasta el final. Sea cual sea el final. A sabiendas de que muy feliz no ser . Porque la discordia est en su principio. Empe arse en hacer historia es un error bastante habitual en los polticos iluminados y siempre he cre do que Ibarretxe no era uno de ellos. Por eso digo que parece que va impelido. Aunque, desde otro punto de vista, puede verse muy reforzado por la torpe beligerancia verbal de ciertos constitucionalistas. El ruido es contraproducente. Empeora las cosas. La estrategia de la furia resta razn a quien la ejerce. Eso tambi n lo sabe el sentido comn. Apelemos pues a la racionalidad de todos. Hay algo en el ADN humano que nos invita a confiar en ella. Incluso contra toda apariencia.

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