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Etiquetas:   El ciclismo desde la cuneta   -   Sección:  

Guillén lo tiene muy difícil

Álvaro Calleja
Álvaro Calleja
@alvarocalleja
sábado, 25 de septiembre de 2010, 08:16 h (CET)
El domingo acabó, quizá, desde mi punto de vista, la mejor Vuelta de los últimos años. Al menos, la mejor de las que mi memoria alcanza. La edición de 2010 ha tenido de todo. Ni una etapa aburrida, de esas en las que tus ojos libran una guerra contigo y acaban imponiéndose y cerrándose para volver a abrirse cuando aparece el ruido de las bicicletas bailando en los sprints, de esas que aprovechan como motivo los aficionados de otros deportes para decir que el ciclismo es aburrido.

Javier Guillén, Paco Giner y Abraham Olano, el tridente que ha hecho posible esta Vuelta, tiene un complicado, muy complicado, reto por delante. Tendrán que dejarse muchas horas para diseñar un recorrido en 2011 que vuelva a ilusionar a un país entero como lo ha hecho en 2010. Desde la crono nocturna de Sevilla, que nos trasladó al escenario de una película, hasta el circuito final por Madrid, homenajeando a la Gran Vía y mostrando lo mejor de La Castellana, con aquel podio acorde, por fin, a una carrera con la talla de una grande, la Vuelta a España ha tenido siempre, cada día, un motivo para quitar de nuestro vocabulario la palabra siesta.

En agosto, con un calor agobiante, único tema de conversación entre los corredores, Sevilla puso un color especial a una Vuelta especial, la del 75 aniversario, la de ‘La Roja’, la llamada a recuperar la grandeza de la ronda nacional. Bajo la luz de los focos, a orillas del Guadalquivir, los ‘forzados de la ruta’ comenzaron el viaje con destino, por ejemplo, al Castillo de Gibralfaro y a Valdepeñas de Jaén, rampas por las que volaron un belga y un vasco, Philippe Gilbert e Igor Antón, quienes probaron cómo les queda el nuevo color de la prenda que viste al líder. También Xorret del Catí se cruzó en su camino, allí donde un valiente francés, todo pundonor, todo casta, David Moncoutie, acudió a su cita anual con la victoria por tierras españolas. Fue un día antes de que los hombres de Eusebio Unzue, con muchos aspirantes y ningún líder claro, reclamasen su cuota de protagonismo. David López e Imanol Erviti, dos corredores como los de antes, de la escuela de Echávarri, herederos del abuelo Txente, conquistaron Alcoy y Vilanova i La Geltrú.

Esas dos victorias sirvieron como previa para los siguientes seis días infernales, en los que se iba a jugar media carrera. Pal, en Andorra, encumbró a Igor Antón e hizo revivir la terrible relación de Ezequiel Mosquera, el gallego simpático, con el triunfo. Tras dos días para Mark Cavendish, la montaña asomó de nuevo. Cuando Peña Cabarga, en tierra cántabra, aparecía, imponente, repleta de hinchas naranjas, al fondo del paisaje, una caída, varios corredores al suelo, sangre por todas partes, lanzó al infierno los sueños de un chiquillo que, a su vez, hizo soñar al País Vasco, territorio ciclista, entero. Antón, el líder del presente, el líder del futuro, dijo adiós, con una madurez brillante, sorprendente, a ‘su’ Vuelta.

Así, con la sombra del pequeño vasco presente, Joaquim Rodríguez, el gracioso catalán al que Karpets, compañero de equipo, objeto de muchas de sus bromas, mataría en ocasiones, se impuso en aquella maldita etapa. Un día después, en los Lagos de Covadonga, Carlos Barredo nos brindó una tierna victoria, muy sentimental, en casa, haciendo realidad un sueño, su sueño. El asturiano, que conoce aquel puerto como nadie, dominó cada una de sus curvas para finalizar en su cima uno de los días más bonitos de su vida. Más o menos, quitando la parte sentimental, como le ocurrió a Mikel Nieve en Cotobello, encontrando premio a una jugada maestra de Gorka Gerrikagoitia, que lanzó a sus chicos a la aventura como si de un videojuego se tratara y que acabó diseñando una de las estrategias más brillantes de la historia del deporte de la épica.

Cerrado el bloque de montaña, a falta de la esperada Bola del Mundo, con un día de descanso de por medio, Peñafiel se interpuso en el bonito guión de ‘Purito’, que se estrelló en la crono, perdiendo cualquier opción de vestir ‘La Roja’ en Madrid y dejando al trío de aspirantes en dúo, el formado por Vincenzo Nibali y Ezequiel Mosquera, el italiano que a punto estuvo de perder la Vuelta en un cambio de rueda y el gallego que sorprendió con su buen hacer en las pruebas contra el crono.

Con 38 segundos se presentaron ambos en la ‘Ciudad Imperial’, en tierra del ‘Aguila’, en tierra de Bahamontes, donde un precioso recorrido acabó con triunfo de Gilbert, el mismo que dominó las cuestas de Gibralfaro, y con Ezequiel cediendo 12 segundos más respecto al ‘Tiburón del Estrecho’, parando la diferencia en la general en 50. Un tiempo que debía recuperar el chico de Álvaro Pino, de 34 años para 35, el día siguiente sobre el hormigón que une la cima de Navacerrada con la Bola del Mundo, allí donde la nieve pasa instalada muchos meses al año, allí donde la afición permaneció el sábado pasado horas y horas esperando a sus héroes. Y, en especial, a uno, al gallego sin maldad, al gallego al que aplaudían como locos cuando atacó a un kilómetro de la Bola, donde fue protagonista de una bonita batalla que acabó perdiendo ganando. Mejor explicado, perdió la Vuelta pero ganó la mítica etapa y el corazón de miles y miles de personas.

No pudo ser, la Bola eligió a Nibali, justo vencedor, y dio la carrera como terminada a falta del paseo por Madrid, más bonito que nunca, celebrando el centenario de la Gran Vía y pasando por cada uno de los monumentos que decoran La Castellana para finalizar la Vuelta a España 2010 en Cibeles y deleitar al mundo con un podio nada envidiable al del Giro en Verona y al del Tour en los habituales Campos Elíseos. Javier Guillén, director de la Vuelta, tiene una complicada misión por delante.

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