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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Alzheimer

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 24 de septiembre de 2010, 07:09 h (CET)
Ha borrado el desabrido olvido los caminos que conducen al recuerdo. A veces, sólo a veces, un olor famoso o un nombre entrañable sin saber por qué se ancla con desconcierto a algún ayer traspapelado, sin fechas precisas ni notas marginales, produciendo el cataclismo de un naufragio cuyo pecio son tablones que arman la estructura que enhiesta la angustia.

Se sabe rehén, pero no de quién. Por algún lado, en algún tiempo, sospecha que tuvo una vida. Pero se ignora, acaso no sabiendo qué o quién es. Desconoce que el presente es un hito conformado por muchos pasados, que una persona se andamia únicamente de pretéritos, de los ahorros de los ayeres, de certidumbres antiguas, de pavores vencidos, de derogados propósitos y sueños que hunden sus raíces en remotos almanaques.

La desmemoria forzó su puerta, saltó los pernos de las cautelas del pánico. La noche empujó por la ventana una luna que todo lo pintó de blanco, de nada, disparando las alarmas del miedo. Un día se le emborronó un recuerdo; otro, se le difuminó un calendario; más tarde, se desvaneció un nombre o se le desmayó afecto. Se olvidó de un semblante, perdió unos ojos en la umbría de la niebla de la memoria, extravió un pálpito, relegó un jadeo, disolvió en la nada un hijo. Se desmemorió de que me quería.

Sus ojos se hunden en el desgobierno de un alma que sabe que olvida. Sabe que una criatura sin hitos es una estepa sin caminos que vayan a alguna parte. Mira asustada, brujulea su alma husmeando piadosos estigmas que la proporcionen un lugar en el mundo o en su propia vida. Llora. Lo viejo es nuevo, desconocido lo familiar, inédito lo ordinario. Sabe que sabe, pero lo olvida. ¿Qué fue de ayer, qué de antes, qué de ahora mismo? Sabe que sabe, sí; pero lo olvida.
La fragancia de la madreselva le trae..., le trae..., nada: el dolor de otro olvido. «¿A quién pertenecen esos ojos que el espejo refleja, a quién esas arrugas, a quién ese gesto entre confuso y espantado? ¿Quién es éste que me acaricia? ¿De quién es esta mano que siento como mía?»

«Tampoco a mí me queda memoria», le digo; «pero sé que te quiero.» E invento con ella el mundo, el parque, el cuarto que nos contiene como un puerto destartalado que nos da cobijo de esta ardua singladura de la vida. «¿Qué es esto?», le pregunto, ofreciéndole una flor. Se sonríe, pícara, y gravita su cabeza, ruborosa, olisqueando la rosa. ¡Son tan prodigiosos esos quince años que restallan como por milagro entre los más de sesenta! «¿Qué es esto?», curiosea, devolviéndome la flor que aún está entre sus manos; «¿y quién tú?» «No lo sé», le replico; «sólo soy capaz de recordar que te quería..., que te quiero..., y no sé por qué.» La conforta no saberse sola en la desolación de la desmemoria.
Diez años lleva ya descendiendo sin descanso a la fosa del olvido. Diez años reinventando a cada rato universos, crepúsculos y fragancias, ojos, labios, besos. Diez años de Colón y de Quijote. ¿Cuántos quedarán todavía para llegar al fondo de todos los olvidos? Acaso ahí nos encontremos con todos nuestros recuerdos, y tengamos reunidos miles de universos, crepúsculos y aromas, ojos, labios, besos. Sí; quizás. Al fin y al cabo las personas sólo somos un esqueleto armado de pasados amontonados, ahorros de ayeres, reservas de pretéritos, acumulación de ansiedades y fiascos, un acopio de propósitos, alcanzaduras y fracasos.
Atesoro cada mirada suya, siempre nueva; cada caricia suya, siempre de estreno; cada beso suyo, siempre el primero; cada rubor suyo, eternamente el quinceañero. Los ahorro para mañana u otro día, para cuando lleguemos al fondo de la sima por la que vertiginosamente caemos, donde cada día se precipitan deshojados esos pétalos de memoria, para que nuestra caída se amortigüe en el más mullido lecho de universos y crepúsculos y aromas y miradas y labios y besos.

«¿Que quién soy?: No lo sé, amor. Sólo sé que el olvido no cesa de recordarme que te quiero.»

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