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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Labordeta

Fabricio de Potestad Menéndez
Redacción
jueves, 23 de septiembre de 2010, 11:04 h (CET)
La epifanía aragonesa se repite con José Antonio Labordeta cuando decide abandonar la enseñanza, cargado de Quevedos y de clásicos, y se integra como cantautor en la vanguardia sociológica que lucha por la libertad. Labordeta, el machadiano Labordeta, el cordial y lúcido maño, con su gorra, su gayata y su mochila era como estaba más poeta. José Antonio fue un triste y largo acento aragonés, un hombre de sol y cierzo, baturro en metáforas desatado. Fue profesor de entresuelo, pero estaba lleno de una música que lo redime todo. El diputado con menos votos, por la Chunta Aragonesista, pero el más querido.

La poesía que nos cantaba era radicalmente nueva a partir de unas herencias muy bien llevadas: su tierra y su socialismo. Pero lo que mete sobre todo en sus metáforas, en sus comprometidas canciones, es la cercanía de las cosas, la elementalidad de la igualdad, la fraternidad y la libertad. “Haremos el camino en un mismo trazado, uniendo nuestros hombros para así levantar a aquellos que cayeron gritando libertad”.

Labordeta culmina en sus “30 canciones en la mochila”, porque es gran poeta de las gentes y de sus sentimientos. Sus pensamientos, los da, no a través de complejos conceptos, sino a través de las cosas que vive y le viven. Tenía la ternura del hombre sencillo, del indígena popular y bueno, de biografía desvalida, pero profunda.

Muchos han sido sus reconocimientos: Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, Doctor Honoris causa por la Universidad de Zaragoza, Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, entre otros. Pero él vivía embravecido por los vientos del pueblo, como Miguel Hernández, y por el cierzo del Moncayo y la jota. Gabriel y Galán, arrogante, veía la pobreza desde arriba, Labordeta la cantaba desde la pobreza misma. Cantó a la vida con optimismo y la disfrutó con moderación y sencillez.

Su elección fue muy clara, pues sus canciones denotan que para él la vida es minucia y que hasta los grandes hechos y los grandes hombres, al final, quedan reducidos a minucias. Digamos que Labordeta ha cultivado la minucia con variedad, viveza, optimismo, compromiso social e ironía. Con menos lirismo también nos habríamos arreglado, pero era un poeta, un personaje, el enemigo dialéctico de Franco, el trovador de buena voluntad. El hombre.

En “Regular, gracias a Dios”, José Antonio Labordeta recuerda su infancia durante la Guerra Civil, los años pasados en Teruel recién casado, su breve estancia parisina, sus vivencias como cantautor durante el franquismo, la vida en Zaragoza rodeado de estudiantes y aquella experiencia maravillosa recorriendo España con una mochila al hombro. También reflexiona sobre los días pasados y el cáncer que cruelmente le ha postrado en esta última etapa de su vida. Y lo escribe sin sentimentalismos, pues vivió sobriamente, sin dramatizar la vida.

Su canción “El canto a la libertad” se ha convertido en himno de Aragón y en la esperanza de los desesperanzados que gozan de una libertad que no les sirve para nada. Así que ya saben: o se distribuye la riqueza o como dijo el entrañable y cascarrabias poeta: ¡A la mierda!

En mis tiempos de estudiante de Medicina, cuando todavía era profesor del Instituto Pignatelli, no era raro verle, con su camisa y pantalón vaqueros, por una taberna clandestina y de ciclostil, La cuadra de Félix, comiendo cacahuetes y bebiendo vino en bota mientras cantaba alguna que otra jota. Es, en fin, el mito de mi generación, el profesor genial, el aragonés universal que aprendió a rimar con los clásicos. Parafraseando a Machado, Labordeta hacía de la prosa otra cosa mucho más bella. Seguramente el día que nació le acunaron con una jota y ahora, en el día de su muerte, le despedirán con otra. Siempre estará en la memoria de todos aquellos que amamos la libertad.

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