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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Disciplina para Obama

Ruth Marcus
Ruth Marcus
jueves, 23 de septiembre de 2010, 06:50 h (CET)
WASHINGTON -- Las Wal-Mart Moms son pesimistas, lindando con la depresión, con el estado del país. Como, bueno, madres de niños que riñen, están molestas con los legisladores de Washington, incapaces al parecer de aprender a llevarse bien.

Y se muestran sorprendentemente compasivas con la difícil situación del presidente. Hasta aquellas que no votaron a Barack Obama evitan culparle de la actual tesitura. En todo caso, dicen compadecerle.

Pasé una velada fascinante la semana pasada escuchando a través de conferencia a los grupos representativos, 30 féminas en total, de tres estados sin decidir electoralmente: Pennsylvania, Missouri y Colorado.
Son, literalmente, compradoras de Wal-Mart - el gigante minorista patrocinaba el debate - que son examinadas para excluir a las partidistas encausadas de izquierdas o derechas y repartidas de manera homogénea entre votantes de Obama y John McCain en 2008.

Son amas de casa y profesoras, odontólogas y administrativas de facturación. La mayoría contaba al menos con alguna titulación universitaria. Todas ganan menos de 100.000 dólares al año, cantidades más cercanas a los 50.000 la mayoría, y para muchas la recesión ha pasado una factura dolorosa con maridos que pierden empleos y desahucios por impago o letras pendientes.

Todas dicen votar en noviembre, aunque a pesar de la intensidad de las campañas al Senado en sus estados, manifiestan bastante desconocimiento de los candidatos. A pesar de todos los ataques partidistas vertidos contra las cúpulas Demócrata y Republicana en el Congreso, saben poco de la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, y aún menos del secretario de la oposición, John Boehner.

Si yo fuera una congresista que escucha hablar a estas mujeres, me habría horrorizado su percepción de los legisladores como elitistas completamente ajenos -- nada interesados en la práctica -- a sus inquietudes.

Si yo fuera una congresista que se presenta a la reelección, me habría asustado su hostilidad.

Si fuera el presidente, me sentiría aliviado. Estupendamente no, pero sí aliviado.

No porque estas mujeres vayan a votar a Obama. Hasta sus partidarias en 2008, en su mayoría, se muestran reacias a repetir. La palabra
"decepcionada" surge con regularidad, junto a palabras más fuertes, como "fraude" o "me asusta". Pero estas frustraciones de las electoras con Obama se matizaban con muestras de realismo acerca de los obstáculos políticos y económicos a los que se enfrenta.

"Lo siento por él", decía una de las mujeres del primer grupo, de los barrios de las afueras de Filadelfia.

"Yo también", intervenía otra.
"Es un puesto durísimo", decía una tercera. "En realidad no creo que marque ninguna diferencia a quién vote. La economía era ya inestable cuando fue investido".

En St. Louis, una electora de McCain lo expresaba de esta manera: "El pobre Obama entra en escena y la gente espera que lo arregle todo. La gente espera demasiado".

Es fácil olvidar, en medio del clamor de indignación de los manifestantes fiscales y las mordaces manifestaciones de la izquierda decepcionada, que las cifras de popularidad de Obama siguen estando relativamente altas; son más elevadas en este momento de su presidencia que las de Bill Clinton o las de Ronald Reagan. Si los grupos estadísticos son un indicador, Obama dispone de algún tiempo para ganarse a estas votantes. No están tan indignadas como dubitativas.

"Es difícil confiar en él", decía una mujer de St. Louis, pero resulta que no se refería a que Obama no fuera digno de confianza -- quería decir que no estaba segura de que las cosas fueran a mejorar. "Han pasado un montón de cosas desde que llegó a la presidencia, así que tendemos a echarle la culpa", decía. "Y las cosas no van a cambiar de la noche a la mañana, así que ¿qué va a pasar? No se sabe".

Compare esto con la postura de las electoras hacia el Congreso, que suscita palabras como "pueril", "mentecato", "ciénaga" o "veneno". "Están muy alejados de la clase media obrera", decía del Congreso una mujer de Filadelfia. Otra decía: "No van a la verdulería. No saben cómo equilibrar sus presupuestos". Las reacciones a Sarah Palin eran igualmente encendidas. "Broma", decía una mujer. Otra hacia un gestode irritación.

Neil Newhouse, un experto Republicano en encuestas que examinaba los grupos, decía que estaba sorprendido por la aparente paciencia de estas votantes con el presidente. "He visto con anterioridad que la gente quiere que lo haga bien. Pero la manifestación clara de pésame al tipo fue una sorpresa para mí. Lamentan lo que heredó y lo que tiene que hacer para abordarlo... Hay una frustración que no ha sido capaz de calibrar. Hay una impresión definida de que no es el hombre al que votaron hace dos años, pero siguen teniendo esperanza en que aún pueda ser aquel tipo".

Al margen de lo que pase en noviembre, decía Newhouse, "Pensar que Obama estará acabado en 2012, no es el caso para nada".

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