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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

A la mierda, coño (O Castilla también existe)

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
miércoles, 22 de septiembre de 2010, 06:43 h (CET)
Dice mi suegra que “Líbrenos Dios de la hora del elogio final”. Que es lo que le ha pasado a Labordeta. Ahora que se ha muerto todas las lanzas de otros tiempos se vuelven palmas. Llueven los elogios cual estrepitosa tormenta veraniega, no cesan los halagos cual si de pretendientes a su herencia se tratara. Sin negarle un ápice de sus méritos artísticos, políticos y, al parecer, sobre todo humanos me entra una mezcla de vergüenza ajena y de envidia arbitraria.

Y con los elogios al fallecido llegan también los reconocimientos al papel histórico de Aragón. Y vuelven a llover los elogios, halagos y reconocimientos generales, intemporales y seguramente justificadísimos a Aragón, los aragoneses y el aragonesismo que sin renunciar a España defiende a capa y espada sus intereses propios. Y aquí sí que me entra la envidia justificada, descarada, malsana y casposa.

¿Por qué en el mapa político español existe Aragón, forjadora tanto de un imperio mediterráneo como de la nación española? ¿En cambio por qué no existe Castilla políticamente? ¿A quién le convino? ¿Quién lo exigió? ¿Quién cedió? ¿Por qué cedimos? ¿Por qué no se nos tiene en cuenta? ¿Por qué España nos margina y nos niega? ¿Por qué nos mindundea? ¿Por qué nuestros políticos no nos defienden? ¿Por qué transigen con las imposiciones de los demás? ¿Por qué cuando los políticos castellanos (“Y leoneses”) llegan al poder central se olvidan cínicamente de sus raíces, de sus pueblos y de sus gentes? ¿Por qué les seguimos votando? ¿Por qué los castellanos nos resignamos a no pintar nada en esta España de la que no podemos prescindir a pesar de su maldad con nosotros? ¿Por qué Castilla se resigna, se resignó ya hace muchos años, a no pintar nada en España? ¿Por qué “Castilla” es una palabra en peligro de extinción?

Pero sobre todo, ¿por qué no hay políticos de primera fila consagrados a defender nuestros intereses? ¿Por qué todos ellos doblan la cerviz ante los superpoderes de las calles Génova o Ferraz? Y es que Castilla debe buena parte de sus problemas a España pero tampoco puede vivir sin España. Hay aspirantes a políticos que en una ilusoria defensa de Castilla han puesto su mirada en el espejo deformante de otros lugares, de otras gentes, de otras idiosincrasias, de otras políticas ajenas e impensables en Castilla, consiguiendo tan sólo asustar a los castellanos, que jamás buscarán en ellos la urgente ayuda que necesitan nuestras tierras improductivas, nuestros pueblos deshabitados, nuestros campos envejecidos.

España, es cierto, ignora, rechaza y ahoga a Castilla pero Castilla es impensable sin España. El pecado es tanto de quienes buscan aplicar políticas “peneuvistas”, por abreviar extremadamente, como de quienes se conforman con la actual relación pecaminosa entre España y Castilla, descaradamente ofensiva para nosotros. O de quienes se resignan callando ante políticos perjudiciales para nuestros intereses, perdidos infructuosamente en provincialismos papanatas.

Aquellos que se derriten por la pernera cada vez que entonan la palabra “Cataluña”, como acaba de hacer Rodríguez Zapatero en el mitin del PSC nos desprecian porque nos olvidan, quizá porque Castilla arrastra el pecado original del centralismo, del que nos hemos beneficiado emigrando en masa a Cataluña o el País Vasco, y de la colaboración con la dictadura, como si aquí no hubiese habido represaliados de ambos bandos, como si ese dictador hubiese nacido en Castilla o como si Castilla hubiese sacado tajada económica o política de tal periodo político. Los políticos de cualquier signo que obran así (no nos olvidemos de Aznar hablando catalán en la intimidad cuando electoralmente le convino) ignoran intencionadamente la contribución histórica y la presencia actual de una Castilla que ha vivido más años independiente que unida a España. Eso sí, contando con la culpable ignorancia de unos y con la mala intención y el pecado político de otros, nuestros supuestos representantes políticos.

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