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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

El Papa en Gran Bretaña

Isaac Bigio
Isaac Bigio
martes, 21 de septiembre de 2010, 06:44 h (CET)
Benedicto XVI, quien se encuentra en una visita de media semana en Gran Bretaña, se convirtió en el primer papa en visitar el Palacio del jefe de la iglesia anglicana.

A diferencia de los países católicos donde el jefe del Vaticano es también la principal autoridad religiosa, el Reino Unido se formó luchando contra su iglesia.
Por ley solo puede ascender al trono alguien que sea de la Iglesia de Inglaterra, la cual fue formada por Enrique VIII (1491-1547) cuando quiso quebrar la autoridad de Roma quien le impedía divorciarse. La iglesia que él fundó mantenía muchos rasgos similares a la del Vaticano pero se diferenciaba en que sus obispos no eran subordinados de un papa extranjero sino del rey local inglés.

Muchos católicos fueron perseguidos y muertos por él (a uno de ellos, Thomas Moore, Benedicto XVI rindió un homenaje al visitar Londres). Las matanzas entre católicos y anglicanos se revirtieron dos veces, la primera cuando la papista María I (1516-1558) “la sanguinaria” hereda el trono de su padre Enrique VIII y se casa con Felipe (el más poderoso monarca que haya tenido España y Portugal), y la segunda cuando ésta es remplazada por su media hermana anglicana Elizabeth I (1533-1603) quien ataca a los católicos y evita la gran invasión de la Armada española.

Aún hoy la noche en la cual se revientan más fuegos artificiales en Londres es el 5 de noviembre en homenaje a la ejecución de católicos que se dio en cuando un complot en 1605 fue parado por la corona. Hasta 1829 los católicos carecían de los mismos derechos que el resto de los súbditos del Reino Unido.

Mientras Inglaterra y Gales son mayoritariamente anglicanas y Escocia presbiteriana, Irlanda se retuvo como la parte católica del Reino Unido. Los irlandeses eran considerados inferiores y hasta había letreros donde se prohibían a perros, negros e irlandeses. El conflicto de Irlanda del Norte entre nacionalistas irlandeses de origen católico y unionistas monárquicos de base protestante tiene sus raíces en esa época.

El reverendo Ian Paisley, quien fue ministro primero de dicha región, llegó a mostrar un cartel al anterior Papa Juan Pablo II calificándolo de Anticristo cuando en 1988 dio un discurso ante el Parlamento Europeo del cual él era miembro.

La iglesia católica ha mantenido algunos pocos millones de fieles en Reino Unido, particularmente los de origen irlandés, iberoamericano, italiano y polaco.

Desde hace 4 décadas las iglesias católica y anglicana tratan de limar sus diferencias. Sin embargo, en un rubro éstas se han acentuado. Los anglicanos no solo promueven el casamiento de sus sacerdotes sino que hoy aceptan que éstos se den con personas de su mismo sexo o que haya sacerdotisas.

Son precisamente los grupos feministas y gays quienes organizaron algunas protestas contra el Papa acusando a su clero de permitir abusadores de niños mientras que promueve la homofobia.

El Papa pareciera que buscase un aproximamiento entre su iglesia (la mayor de todas) con las otras dos mayores del cristianismo (la ortodoxa y la anglicana). En su alocución llamó a un mayor rol de la religión en la política y la sociedad, algo que se viene dando en un Reino Unido en el cual cada vez hay mayor apoyo público a las escuelas e instituciones creyentes.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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