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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

Gracias George... por ser tan Clooney en El Americano

Israel Arias
Redacción
lunes, 20 de septiembre de 2010, 15:18 h (CET)
Noche cerrada. Una cabaña en las montañas. La chimenea encendida y un vaso de whisky en la mano. Aparece George Clooney con su barba canosa y una bella mujer desnuda colgada de su cuello. Lo que le veremos hacer en pocos segundos no será bonito. Pero da igual. En dos planos ya nos tiene donde quería.




George Clooney.

Salvaba niños en el hospital, y le adorábamos. Se ponía los trajes de nuestras tiendas, y le adorábamos. Protagonizó el peor Batman de la historia, y le adorabamos. Vendía café a precio de oro, y le adorábamos. Ahora que en su última película encarna a un asesino a sueldo... incluso le queremos.

Después de mirar fijamente a las cabras, una irregular locura que generaba deseos de salir de cañas con todo el reparto, George regresa esta semana a nuestros cines con El Americano, un áspero thriller en el que demuestra no sólo que es un gran actor, sino también que sigue siendo muy inteligente a la hora de elegir sus trabajos.

Dirigido por Anton Corbijn, en esta ocasión Clooney es Jack, un consumado asesino que tras un ligero percance con varios cadáveres de por medio decide apartarse de sus labores. El letal sicaro se esconde en un pueblo italiano al pie de las montañas; como si fuera el también muy querido Marco. Pero un último encargo complicará su idílica jubilación anticipada.

Entre tanto, al bueno y compungido de Jack -o Edward, según le convenga- le da tiempo a tomarse unos vinos con el cura del pueblo (Paolo Bonacelli) e incluso a frecuentar el prostíbulo local. Sí. Clooney contrata los servicios de una meretriz (Violante Plácido) y aún así sigue siendo un hombre respetable. ¿Por qué? Porque se enamora de ella. Así es el bueno de George.

Entre la tragedia, la tensión -sospecha hasta de su propia sombra- y una lánguida resignación se mueve este enigmático personaje al que Clooney presta la misma cara que se le quedó al final de la sencillamente fantástica Up in the Air.

Él, sus acciones y sobre todo sus silencios son los protagonistas absolutos de este thriller poco usual, seco. Una película que no necesita de los artificios propios de Bourne o similares para mantener el interés durante su hora y media de metraje.

Noventa minutos de un americano en Italia en los que entre otras perlas podremos también escuchar uno de los himnos del verano. Eso sí, en la versión original. Aquella que cantaba Renato Carosone a mediados de los cincuenta y no su cansino remix.

Gracias a George.
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