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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

La melodramática historia de Pávlov en clase de literatura española

Martín Cid
Martín Cid
@martincid
lunes, 20 de septiembre de 2010, 09:11 h (CET)
Parte I: el perrito y sus amos
La historia la conocemos más o menos todos y se refiere a la ley de reflejo condicionado. Dícese: si tocamos la campanilla y luego damos de comer al perro y repetimos el comportamiento durante algún tiempo, cuando volvamos a tocar la campanilla el perro creerá que va a venir la comida, por lo que empezará a salivar (así está más rico, supongo).

El pobre perro del premio Nobel se quedó con hambre ese día, de eso no cabe duda.

Ahí quedó la cosa y, algunas generaciones caninas más tarde, fue un tal John Broadus Watson quien formuló el conductismo, que pretendía convertir a la psicología en una ciencia natural alejándola de todo lo que oliese a freudiano o extraño. Porque (y contrariamente a lo que se podría pensar) el conductismo se diferencia del mecanicismo, ya que el conductismo admite las interacciones complejas.

Removiendo un poco el asunto, y teniendo en cuenta que el conductismo triunfó por encima de tipos que recetaban cocaína como Freud y otros excéntricos como Jung, la muy moderna ciencia de la psicología se desembaraza de todo componente místico y aparentemente superficial para lograr afirmaciones tal vez simples pero siempre certeras.

Como en la psicología, también tenemos al famosísimo A. Einstein expresándose muchas veces a la manera de un gurú y construyendo constantes metáforas con sus frases. Sí, lo llamaron el último de los físicos clásicos. Lo que estaba por venir: lo que ahora está: tipos de ciencia: lo real.

Y es que más allá de estas reflexiones academicistas o colegiales, lo cierto es que la sociedad moderna, siempre a la sombra de su constante avance, ha ido paulatinamente deshaciéndose de todo lo que no tuviese que ver con la ciencia o de todo aquello que no sea susceptible de ser convertido en ciencia.

Parte II: libros verdaderamente “de miedo”
Les contaré una anécdota vital y terrorífica que me acaeció el otro día: tuve el mal gusto de ver el libro de Segundo de Bachillerato de literatura… ni generación del 98 ni nada que se parezca a una verdadera historia de la literatura… un panfleto de doscientas páginas atiborradas de ilustraciones… etiquetas en cada autor para encasillarlo en determinado movimiento que nada tiene que ver con él (aunque no se lo crean, había leído a los autores)… un intento realmente absurdo de politización y actualización de la literatura española. El libro en cuestión hace un ridículo experimento de aglutinar los autores de importancia en movimientos literarios y relacionarlos con sus correspondientes hechos históricos como si el asunto “histórico” sirviese para dar alguna coherencia al cúmulo de despropósitos que contenía el texto.

La literatura se vuelve así ridícula para los alumnos del último curso de bachillerato por querer convertir un hecho psicológico y cuasi-mágico como un libro en un fenómeno encerrado en la probeta del intelectual fracasado y por tratar de resolver el “problema” de que la literatura no sea una ciencia reduciendo el comportamiento literario de los autores a mínimos comunes de estupidez para hacer el fenómeno comprensible a los estudiantes. De esta manera tenemos una especie de ciencia de la literatura, que ni es literatura ni es ciencia sino un agravio pestilente hacia las figuras más representativas del fenómeno literario.

Parte III: del perrito y sus defecaciones
Si los autores de semejante libro de texto tuvieron en cuenta al perrito del señor Pávlov o no, es asunto que ni lo sé ni me importa, pero sí sus consecuencias en un terreno que me importa y bastante. Siendo perfectamente consciente de que los teóricos del conductismo nada han tenido que ver con la elaboración de ese opúsculo de involución, quiero añadir y añado que someter procesos cognoscitivos humanos complejos (como la literatura) a simples enumeraciones y resúmenes y tonterías didácticas de toda clase y condición equivale a intentar jugar un partido de fútbol con un cacahuete: sí, sería divertido pero no por ello dejaría de ser la más absurda de las estupideces. Los jugadores se pasarían los noventa minutos tratando de encontrar el cacahuete perdido (si es que no se lo ha comido ya alguien) como los chicos de bachillerato se pueden pasar un año entero buscando la coherencia en su libro de texto.

Al final del encuentro, sonará el pitido del árbitro y, como estamos bien condicionados porque ya hemos visto muchos partidos, eso significará que el partido ha terminado y que nos podemos ir a casa o a tomar unas copas.
¿A quién diantres le importa un cacahuete?

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