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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El intercambio de acusaciones económicas

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
lunes, 20 de septiembre de 2010, 07:20 h (CET)
WASHINGTON - Es un ceremonial tan predecible como las mareas. Con cada campaña electoral, caemos en la teoría económica de las generalidades. Las aseveraciones retóricas se vuelven más partidistas e interesadas. Estamos ya inmersos de lleno en este proceso. Las políticas del presidente Obama evitaron otra Gran Depresión -- o bien arruinaron la recuperación. Estos debates confirman el lamentable estado del discurso económico. La derecha rechaza la idea de que en ocasiones la administración tiene que salvar a la economía del pánico; la izquierda sólo ve la tabla de salvación en una administración con cada vez más competencias. Lo primero es una invitación a la anarquía; lo segundo amenaza el crecimiento económico a largo plazo mediante tipos impositivos más altos, regulaciones o déficits presupuestarios.

Cuando Obama fue investido a principios de 2009, la economía y losmercadosfinancieros se encontraban en virtual caída libre. Hacia verano, no lo estaban. Sólo un partidista intransigente puede creer que las políticas de Obama no tuvieron nada que ver con el cambio de tendencia. Su intervención decidida ayudó a aplacar la histeria imperante.

Cierto, muchas políticas de recuperación salieron de la Reserva Federal, y otras -- sobre todo el impopular Programa de Ayuda a Activos sin Liquidez (TARP) -- se iniciaron bajo la administración Bush. Las contribuciones de Obama incluyen la "batería de medidas de estímulo", un rescate a la industria del automóvil y una "prueba de solvencia" de las 19 entidades bancarias principales. La prueba de solvencia explora si las entidades necesitaban grandes inyecciones de capital o no. La mayoría no las necesitaba.

El proceso fue caótico y, aunque se pueden cuestionar muchos detalles, el impacto general fue enorme. Sin la agresiva respuesta de la administración, el producto interior bruto habría caído un 12% en lugar del 4% y 16,6 millones de puestos de trabajo se habrían perdido en lugar de 8,4 millones, según estiman los economistas Alan Blinder, de Princeton, y Mark Zandi, de Análisis en Moody's. El paro habría alcanzado la cota del 16%. Estas cifras también pueden cuestionarse (a mí me parecen altas), pero la dirección es desde luego la acertada.

Hasta cierto punto, achacar la culpa de la lenta recuperación a Obama es injusto también. Millones de estadounidenses estaban sobreendeudados. Extinguir las deudas iba a mermar por fuerza los 10 billones de dólares de consumo. ¿Podría alguien haberamortizado esto de forma realista? No. Tampoco se podría haber invertido con rapidez el colapso inmobiliario. La sentencia de culpabilidad de Obama resuelta de forma radical por la derecha está mucho más allá de la verdad. Sin embargo, no está fuera de lugar del todo.

La confianza es crucial a la hora de estimular el consumo y la inversión privada, y Obama castiga constantemente la confianza. Durante el último año, ha destruido parte de las buenas obras de sus primeros meses. Le encanta abrir frentes con los banqueros de Wall Street, las petroleras, las multinacionales y las aseguradoras entre otras empresas. Cree saber separar las políticas que dice promueven la recuperación de aquellas que atraen a su "electorado" de izquierdas, hasta cuando las políticas
partidistas elevan la factura al sector privado, obstaculizan la creación de empleo o agravan la incertidumbre -- y, de esta forma, minan la recuperación. Su "reforma" sanitaria encarece la contratación a los empresarios al obligar a contratar cobertura sanitaria por ley. La moratoria a la prospección en alta mar destruye puestos de trabajo; la estimación que hace la administración del empleo destruido llega a los 12.000 empleos.

La propuesta de Obama de subir los impuestos a las rentas brutas que superen los 250.000 dólares al año (200.000 dólares en el caso de los solteros) es el ejemplo más reciente de su enfoque engañoso. Satisface los instintos de izquierdas de "ir a por los ricos". Bueno, los ricos y la mayoría del resto de contribuyentes que terminarán pagando impuestos más altos para ayudar a cerrar déficits presupuestarios. Pero ahora mismo no.

Subir los impuestos en una economía débil no tiene sentido. Basta con considerar este sorprendente dato: Estos hogares acomodados representan casi un cuarto de todo el consumo, según Zandi. Subir los impuestos, estima, costaría 770.000 puestos de trabajo hacia mediados del ejercicio 2012. Richard Curtin, director del Instituto del Consumidor de la Universidad de Michigan, afirma que sus datos sugieren que la incertidumbre en torno al alcance de las bajadas tributarias Bush ya ha hecho que el consumidor acomodado limite su consumo.

Algunas pequeñas empresas también se verán afectadas, porque muchas (negocios individuales, negocios en régimen de sociedad y empresas con privilegios fiscales a nivel corporativo) declaran impuestos en función de las rentabilidades. Los tipos fiscales más elevados desalientan la contratación y el crecimiento. Nadie conoce la medida exacta, pero el Centro de Política Tributaria estima que los impuestos corporativos más altos afectarán a 725.000 devoluciones con alrededor de 400.000 millones de dólares de beneficios netos. Algunos de estos negocios son consultas médicas, bufetes de abogados o despachos de contabilidad en régimen de sociedades. Otros son contratistas, restauradores, floristas o fontaneros.

Toda la retórica partidista puede atribuirse al "la política de toda la vida". Cierto. Esa es la idea. En medio de unos comicios dominados por la economía, el discurso de campaña resulta inusualmente ajeno a las realidades económicas subyacentes. Los razonamientos ingenuos de la derecha chocan frontalmente con los razonamientos simplistas de la izquierda.

Sobre el papel, las elecciones aclaran cuestiones complejas y ayudan a resolver conflictos sociales. En la práctica, siembran la confusión con asiduidad y generan expectativas irreales, a medida que los políticos difunden falsas soluciones a los cuatro vientos y hacen promesas imposibles de cumplir. Los estadounidenses se enfrentan a decisiones económicas cruciales. ¿Cómo recortar el déficit presupuestario a largo plazo sin amenazar la actual recuperación? ¿Cómo controlar el gasto sanitario sin perjudicar a la sanidad? ¿Cómo ajustarse a una sociedad que envejece y conservar una economía potente? A éstos y otros interrogantes difíciles, el silencio es ensordecedor.

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